La tierra del fuego, de Sylvia Iparraguirre

Descubrí la novela de Sylvia Iparraguirre, La tierra del fuego, dando clases; y la propuse en quinto año del secundario como lectura obligatoria. Mis estudiantes se apasionaron como yo lo había hecho. La autora toma unos hechos reales e increíbles que sucedieron en el siglo XIX para ficcionarlos (entendiendo por ficción el trabajo con la trama, el narrador, la estructura novelística).

   Es importante mencionar que muchas autoras y autores argentinos aluden a la historia, por una parte, y por otra, recordar que la novela histórica nació en el siglo XIX, en pleno Romanticismo, con las características de que, si bien los hechos son enmarcados en un contexto histórico, los personajes famosos son secundarios. Huelga decir que la estructura es cronológica, como las de todas las novelas de la época. Por el contrario, la recreación de la historia de las y los autores contemporáneos es muy variada. La tierra del fuego ha sido reconocida ampliamente por la crítica, pero no está de más volver a referirnos a ella para promover su lectura.

  Sylvia Iparraguirre nació en Junín, Buenos Aires en 1947. Es narradora, ensayista y filóloga, egresada y luego profesora de la Universidad de Buenos Aires. Más reconocida por su labor filológica y crítica que por su trabajo como escritora, publicó dos libros de cuentos: En el invierno de las ciudades (1988), que obtuvo el Primer Premio Municipal de Literatura; y Probables lluvias por la noche (1993). Su primera novela, El parque, es de 1996. La tierra del fuego (1998) fue traducida al alemán y al italiano, y obtuvo en 1999 el Premio de la Crítica a la Mejor Novela, el Premio Club de los XIII y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (México).

  Mi propósito es develar cómo a partir de unos ciertos hechos históricos, es posible construir una ficción que los recrea, a la vez que se aparta de estos, tanto por los procesos de imaginación como por la construcción ficcional a la que me referí arriba. Los hechos históricos en que se basa la autora son los siguientes: En uno de sus viajes de relevamiento de las costas, el capitán Fitz Roy se topa, como en otras ocasiones, con canoeros yámanas o yaganes[1]. En una oportunidad tiene la idea de llevarlos a Inglaterra para “civilizarlos” y que ellos luego, devueltos a su tierra, hicieran lo propio con su comunidad. Así es que en un viaje llevan a cuatro yámanas (uno de ellos muere): Orundellico, conocido como «Jimmy Button» o «Jeremy Button» (1815-1864), de 15 años, según el comandante del HMS Beagle. Lo llaman “Button” porque el contramaestre lo cambia por unos botones de nácar. Los otros tres yámanas son dos jovencitos (uno de ellos muere en Inglaterra) y una niña, a quien apodan Fueguia. Los trasladan en 1830 a bordo del Beagle, hasta Inglaterra y los regresan a su tierra natal en la misma nave en 1833. Durante su estadía en Inglaterra estudian en la Saint Mary School y Orundellico es presentado en la corte de St. James al rey Guillermo IV y la reina Adelaida.

Muchos años después, en 1860, el joven habría estado presente en la matanza de Wu Laia, en la que ocho hombres de la goleta Allen Gardiner de la Sociedad Misionera Patagónica fueron asesinados por los lugareños.

A partir de estos hechos históricos, Iparraguirre construye la novela con numerosas marcas de autorreferencialidad[2], como las tres preguntas iniciales que se plantea el narrador: qué contar a quienes le requieren vía postal el relato de los hechos; en qué idioma, (la carta que debe contestar proviene de un funcionario del Almirantazgo Británico); y a quién se dirige, ya que la trasegada carta que le ha llegado está doblada en la firma y no se distingue si la rúbrica pertenece a McDowell o McDownes. Tres preguntas fundamentales de las y los escritores.

  La carta está dirigida a John William Guevara, el hijo de una criolla de la tierra y de un marino de las invasiones inglesas que fueron repelidas desde Argentina. Ambos vivieron en concubinato, apenas entendiéndose. Los lugareños de Lobos, donde el padre de John se instaló, se acostumbraron a verlo, y hasta había participado en una avanzada contra los ranqueles[3].  Cuando llega la carta, John ya cuenta con cincuenta y tantos años. El emisor es un funcionario del Almirantazgo Británico de la Armada Real, quien escribe que desean saber “qué fue del desdichado indígena…”. Algo inusual, pero que le da a la autora un motivo de escritura, y un narrador ficcional, y a las lectoras, lectores, la oportunidad de conocer unos hechos tal vez algo ignorados. El siguiente paso, es que Guevara se confunda en el pasado, se trastorne un poco por todo lo que ha vivido y por esos mismos hechos; y termine hablando se sí mismo (de joven se había enrolado en la Armada británica, por su condición bilingüe), justificándose:

…toda historia debe tener su escriba y ya no quiero contar lo que usted me pide sino lo que yo quiero contar (…) el acto de escribir se justifica a sí mismo y no requiere ninguna explicación[4]

  Luego, la autora hace que coincida el primer viaje de John (Jack, le decía su padre) con el viaje del capitán Fitz Roy por el sur del continente americano, cuando Jack contaba unos dieciocho años, edad cercana a la de Omoy Lume (ese es el nombre indígena que le da Sylvia Iparraguirre a Orundellico). Se hacen casi amigos en el viaje, Jack comprende cómo sufre y calla Omoy Lume, llamado Jemmy Button por los marineros. No voy a abundar en detalles, ya que el propósito es promover la lectura de la novela. Lo cierto es que ya en Inglaterra, Jack y Jemmy comparten algunas andanzas, hasta que Jack se embarca nuevamente; y en tierras lejanas, en un viejo diario encuentra noticias de los nativos.

  Sí me interesa remarcar que la autora, en la voz del narrador, cuenta las diferencias culturales entre ingleses y yaganes. Estos son más humanos: “En Wu Laia todos atienden enfermos. Son las enseñanzas, Jack…”[5]. Imaginemos las tabernas y callejuelas sucias del Londres del siglo XIX. Omoy Lume se asombra de forma notoria. Lo cierto es que cuando sucede la matanza de todos los tripulantes de la Allen Gardiner, perteneciente a la Sociedad Misionera Patagónica, se produce un hecho desmesurado: la Corona Británica enjuicia a Jemmy Button como líder; Guevara viaja a Malvinas a presenciar el juicio, y tal vez como una forma de respaldo a su amigo. El juicio se produjo verdaderamente: “…Cuando el juicio empieza saltan acusaciones, enfrentamientos internos, una demanda por despido y denuncias por maltrato a los nativos mientras Jemmy Button escucha en silencio. Cuando habló, en un inglés casi olvidado, dijo que su tribu no era responsable de la masacre, que enterraron a los muertos y que le gustaría mucho que las misiones no vuelvan a llevarse a sus hijos. Al otro día un barco inglés salía rumbo al cabo para llevar al hombre del que seguían desconociendo el nombre y lo dejaban en su tierra…”[6]. Lo que agrega la autora es que Omoy Lume culpa a los onas[7] y dice que son caníbales. Este argumento, más el de haber enterrado a los muertos, lo salva y aleja a los blancos de Wu Laia.

   En cambio, cuando por la noche se encuentran Jack y Jemmy, quizá para una despedida final, Jemmy le confiesa a Jack que efectivamente, todo pasó como lo acusaban. Que ellos estaban cansados de que se llevaran a sus hijos a Malvinas para una causa misionera y los hicieran trabajar; cansados de los blancos loberos que no respetaban a las madres ni a sus crías, como desde tiempos inmemoriales hacían los yaganes, en una muestra de respeto por la naturaleza y su propia sobrevivencia.

   El último recurso de ficción que merece ser mencionado, es que el escrito-carta-novela no cuenta con capítulos, sino con “pliegos”, hecho que se debe a que Graciana, la concubina de Guevara, es analfabeta; y le ha llamado tanto la atención la febril tarea de escritura de Jack, que éste le encarga que vaya cosiendo las partes de la escritura que él termina. Así, la ficción introduce lo artesanal de la escritura también.

   Para terminar, mencionaré las hermosas descripciones de la llanura y del mar, que en la mirada de Guevara son análogos; la verosímil presentación de la sociedad londinense y el entramado imaginario que la autora produce para traer hasta nuestros días un caso más de los atropellos de la “civilización” a los primeros pobladores de estas tierras. Es de destacar ese modo de ficcionar la historia, que se diferencia de la mera novelización de hechos, como hacen o han hecho otras autoras o autores con notables excepciones. El trabajo de la trama, la idea de un narrador, su procedencia, los problemas que atañen a la escritura, e inclusive, lo que ésta tiene de artesanal. Todo está dicho allí, a la vez que la propia narración atrapa a la lectora, lector, por el suspenso que supone conocer desde el principio los hechos, que luego se van desgranando entre imaginería, personajes reales, y temas que atañen a la propia literatura


[1] Habitantes de Tierra del Fuego, al sur de Argentina, en una tierra inhóspita y muy fría.

[2] En la teoría literaria, se considera la autorreferencialidad a la referencia que la literatura hace de sí misma. En pocas palabras, cuando se escribe se cuenta una historia (si se trata de narrativa), a la vez que se dejan indicios de cómo escribir: así, la literatura hace referencia a sí misma.

[3] Pueblos originarios del noroeste del país.

[4] Iparraguirre, Sylvia, La tierra del fuego (1998) Buenos Aires, Alfaguara. Iparraguirre hace aquí una fuerte defensa de la Literatura.

[5]Ibidem; pág 149.

[6] https://www.jotdown.es/2021/05/el-curioso-caso-de-jemmy-button/

[7] Los Selk’nam u onas era en otro grupo de pueblos originarios habitantes de Tierra del Fuego. Por cierto, no eran caníbales.

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