Mirar al otro

SO SHE DOESN´T LIVE (2020) dirigida por el realizador bosnio Faruk Loncarevic ha ganado la Palmera de Oro de la 36 Mostra de Valencia. Se ha impuesto a otro film prodigioso como THE STAFFROOM (2021) de la croata Sonja Tarokic. En uno y otro, dos personajes sometidos a la presión de un grupo, vale decir, a la presión de una sociedad empeñada en mediatizar y coaccionar al individuo. Todavía más cuando ese individuo parece estar al margen de la corriente. Buscando un nuevo camino. Una nueva forma de ser y de hacer.

En SO SHE DOESN´T LIVE, Aída (Aída Buvka) ha hecho borrón y cuenta nueva. Ha dicho adiós a un novio maltratador, iniciado una nueva relación y mantenido firme, tras desoÍr comentarios de sus amigas y de su madre, dispuesta a animarle todo lo posible para que regrese con su ex.

Su ex es un hombre joven, que le ha golpeado sin más. Que está dispuesto a ser perdonado, pero no a perdonar.

El film de Loncarevic es un relato en el margen del margen. Al margen de todos, salvo del espectador. Filmada en cinco días y con un presupuesto no superior a los 20 mil euros, la película se mueve del hecho –real-: el asesinato de Aída a manos de su novio y de su mejor amigo; a un arco mayor. El de una sociedad anestesiada que ha conseguido sublimar la violencia como un acto trivial y aparentemente domesticado.

Loncarevic contextualiza su historia en un presente cercano. En un entorno rural y bucólico, lejos de cualquier urbe. Allí, los personajes son abrazados por la Naturaleza, para terminar siendo abrasados por la naturaleza humana.

Lejos del calor de los medios, de los ojos de otros, el crimen de Aída transcurre esta vez delante de los ojos del espectador. Esta vez, no hay posibilidad de escape, ni de mirar para otro lado. El realizador se encarga de llevarlo hasta allí, de introducirle dentro de aquel margen.

Sin mando a distancia, el espectador se convierte en testigo de una atrocidad, de un crimen que transcurre sin piedad. Peor aún, sin remordimientos.

Con la cámara directamente instalada en el patio de butacas, y con una puesta en escena que hace de la austeridad la mejor virtud del film, Loncarevic rueda apenas  una veintena de planos secuencias que permiten al espectador detenerse a escudriñar todo lo que ocurre y se oye dentro del encuadre. Sin poder ir a ningún otro lado, sólo queda afinar los sentidos para aquel contrapunto entre aquello que se ve y aquello que ocurre.

Una experiencia inmersiva de imágenes y sonidos que llenan la pantalla de a poco. Los personajes se mueven dentro y fuera del encuadre. Nos dejan entrar en ese mundo tranquilo y pasmosamente violento, a través de charlas tranquilas y acciones cotidianas.

El realizador no tiene prisa alguna. Mientras retrata aquél universo, el espectador termina asistiendo a la anatomía de un crimen. Un antes y después minuciosamente detallado. Un antes y un después pavoroso. Todavía más hacia el final, donde la indiferencia arroja una última mirada a la oscuridad.

En una sociedad donde el individuo se acostumbró a mirarse y hablar sólo de sí mismo, Loncarevic nos obliga a mirar al otro. A revisitar los fantasmas socioculturales, esas sombras que terminan interrumpiendo el río de la vida.

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