El irlandés como final del trayecto

Como Ulises en su regreso a casa después de la guerra de Troya, dos son las odiseas que nos acompañan en esta obra: la trayectoria de un hombre importante en la mafia italoamericana y la política sindicalista estadounidense, Frank Sheeran, y el viaje por los submundos del crimen organizado de uno de los grandes directores del cine mafioso, Martin Scorsese, que ha madurado para culminar con El irlandés (The Irishman), una magnífica obra reflexiva.

Dos décadas después de Casino volvemos al subgénero predilecto de Scorsese con esta obra donde reúne a su dúo emblemático: Robert De Niro y Joe Pesci, y en el que se identifica un mismo movimiento naciente de la mano de otros directores conocidos, como Almodóvar en Dolor y Gloria o Quentin Tarantino en Once Upon a Time in Hollywood, donde se rinden un homenaje a ellos mismos volviendo al género que los formó. Y, debéis permitirme decir que, Scorsese se ha hecho un homenaje como dios manda, cerrando una gran trayectoria profesional.

El cine mafioso de Scorsese

Los conocedores del cineasta sabrán de su predilección por la mafia, de cómo siempre ha sabido plasmar la vida de los gánsteres, como vemos en Casino o en Goodfellas. Pero El irlandés es diferente. En lugar de observar a un De Niro encarnando a Sam Rothstein o Jimmy Conway matando y apaleando en una vorágine sangrienta; vemos a Frank Sheeran, violento cuando considera oportuno, pero sensato y reflexivo. Lo que buscan Scorsese y De Niro es que, a partir de una actuación casi impecable, donde observamos a un personaje más cercano, acompañemos al viejo Sheeran en un viaje por su vida.

Una historia diferente

Este viaje ya se intuye en el plano secuencia del inicio, recurso muy utilizado por el director, encargado de enseñarnos la residencia donde se encuentra Sheeran. No obstante, el recurso aparece de forma diferente. Mientras que en Goodfellas y en Casino se utiliza para mostrarnos las influencias mafiosas del protagonista o presentarnos a los integrantes de una banda; en El irlandés alude al viaje de un hombre que ahora se encuentra en la fase final, quizás en el purgatorio de Dante, donde confiesa los crímenes que recuerda. Sobre todo uno, posiblemente el único que le quita el sueño.

En este viaje por los recuerdos de Sheeran, nos acompañan sus dos grandes aliados: Russell Bufalino –Joe Pesci– y Jimmy Hoffa –Al Pacino-. De estos no hace falta mencionar su virtuoso trabajo, la nominación al Oscar de actor secundario habla por sí sola. Sin embargo, quizás hay que añadir que Pesci se desmarca de los típicos personajes psicópatas que solía interpretar para el director, con un Russell tranquilo y pausado; y que Al Pacino ha aprendido rápido a actuar bajo la dirección de Scorsese, con el que no había trabajado antes.

El viaje del espectador

Tratándose de una obra nominada a diez Oscars, es necesario hablar de algunos de los elementos creadores de uno de los regustos más remarcables de El irlandés: la sensación de haber viajado por las distintas décadas representadas. Gracias a la fotografía de Rodrigo Prieto puedes ver cómo eran aquellos tiempos y vivirlos como y con Sheeran. Unos años 50 con tonos brillantes y cálidos: felices, unos 60 ausentes de oscuridad total -el oscuro se muestra azul verdoso- y, a partir de los 70, con cada vez menos color, la tristeza y la vejez van haciéndose un hueco entre la tonalidad.

A la maestría fotográfica de Prieto le acompaña la banda sonora de Robbie Robertson, capaz de hacerte bailar con los géneros más brillantes de aquellos años, el doo wop, el jazz y el folk, de músicos como The Five Satins en In the still of the night. Además de una arriesgada, pero brutal composición propia, Theme for the Irishman (que literalmente significa Tema para El irlandés) evocadora de una espiral de tristeza, violencia y traición -quizás avisando de lo que sucederá-.

Este realismo por los recuerdos de Sheeran se agrava con los pequeños diálogos muestras de lo cotidiano, clásicos de Scorsese. Además de los temas de siempre como los códigos de la mafia, los límites impuestos por el poder y la lealtad. En el guion adaptado de Steven Zillian es fácil observar la intencionada fidelidad al libro de Charles Brandt en el que se basa, titulado I heard you paint houses (He oído que pintas casas), aludiendo a la maestría mafiosa a la hora de hacer que los escenarios del crimen sean muy sangrientos; referencia que sale varias veces en el filme.

Asimismo, Scorsese también se desmarca de algunas de sus tradiciones. Mientras que en Casino y Goodfellas las mujeres son clave, en El irlandés, pasan a segundo plano, ya que lo importante es la vida y reflexión de un viejo hombre. Sin embargo, lo que hace del guion una obra maestra es la lógica interna de la trama con tres hilos temporales conectados que acaban uniéndose en un cuarto hilo en la residencia, como cierre de una gran vida.

Pero lo que logra que esa magia acabe confluyendo en una realidad creíble son los efectos visuales. El cineasta ha logrado que el propio elenco de actores pueda aparentar 50 años en una escena y, en la siguiente, 80. Esto es gracias a la nueva tecnología por la que apostó Scorsese de la mano de Industrial Light & Magic, que rejuvenecía a los actores a partir de efectos visuales y con la ayuda de dos cámaras complementarias. Y, aunque esto va a gustos, a mí me ha parecido un trabajo mejorable, pero muy logrado por ser la primera vez que se utiliza, y que podría abrir una nueva puerta en el cine.

La culminación de una trayectoria

Scorsese es capaz de transformar un camino lleno de retos y trampas, en un trayecto por un jardín de flores y aires refrescantes. Donde la mafia, pese a sus macabros pensamientos y actos, es tu amiga y te ríes con ella, y donde los personajes más extraños, acaban siendo los que mejor te caen. Y, sin querer, en esa mezcla de lealtad, violencia y traición, acabas entendiendo y apreciando a los gánsteres italoamericanos del siglo pasado. El cineasta capaz de darle luz a la oscuridad ha vuelto a hacerlo en una última pieza, cerrando todo un subgénero que, estoy segura, ya lleva su nombre.

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