Blow Up: El bosque y los árboles

Hay muchas razones por las que ir al cine. La mayor parte de las veces, es para distraerse o pasar un buen rato. Con frecuencia se trata de querer ver una buena película. Lo que nunca se va al cine para hacer, es dormir. Blow Up es una película difícil, no porque su construcción sea compleja, sino porque es una película lenta y pausada, sin prisas y sin estridencias, que invita a descansar cuando hemos tenido un día duro. Es difícil porque requiere poner toda la atención en ella para no perdernos los pocos momentos en que, de improviso, ocurren pequeños eventos determinantes. Se trata de una película que se pasa como un sueño, entre escenas sin mayor importancia y un aparente crimen que pasa desapercibido.

Si nos guiamos por la estructura en tres actos nos encontramos que el primero, que se reduce más bien a la presentación de espacios y personajes (o más bien personaje, pues el protagonista es el único personaje con cierta entidad), ocupa la primera media hora. Conocemos al fotógrafo saliendo de un albergue para gente sin hogar, y conduciendo a su estudio al volante de un Rolls Royce. Hace una sesión de fotos, desprecia a todo el mundo, se aburre, se marcha a pasear… y entonces toma las fotos de una pareja en el parque. Ella sale corriendo tras él, pidiéndole los negativos, pero él la rechaza y sigue tomando fotos cuando se va. Ése es el momento decisivo, el del crimen, y sin embargo no vamos a saber que aquí ha empezado la historia hasta 10 minutos más tarde, cuando al regresar al estudio se encuentra con la misma mujer.

Antonioni se deleita en dilatar el momento de la acción, hasta tal punto que es difícil reconocer una acción como tal. Interpuesta entre las escenas de un día corriente en su vida, la trama del asesinato se hace difícil de distinguir de las demás escenas hasta que, al avanzar el filme, se va descubriendo el suceso oculto y ocurren acciones claras de encubrimiento. Asimismo, cuando el fotógrafo encuentra al cuerpo esa noche, cabe preguntarse si el cuerpo está realmente ahí o simplemente es lo que él espera encontrar: una confirmación, una prueba fehaciente de que no ha perdido la cordura. Al desaparecer todo su material, solamente queda la ampliación, demasiado borrosa, del supuesto cuerpo.

Aunque en realidad no puede haber duda de que se ha cometido un crimen y de que el cuerpo está ahí, no es el crimen en sí el objeto de la película, sino la percepción e incluso la paranoia. Entronca con una sensibilidad cultural muy propia de los 60, que se ve reflejada en las obras de Thomas Pynchon y más tarde en adaptaciones como Puro Vicio (2016), en los que la realidad se compone de escenas que se suceden con más o menos sentido pero sin más integridad en el relato que la que aporta el tema en sí. La conclusión, si nos empeñamos en buscarla, consiste en la reflexión de que la realidad es una construcción.

Es una reflexión que queda muy bien definida por la irrupción de los mimos al principio y al final, viviendo y performando una realidad que no existe materialmente, pero que hacen existir con su voluntad e imaginación. Además, se hace énfasis en ello repetidas veces. Cuando conocemos al protagonista por primera vez, se nos presenta como un pobre. Cuando nos encontramos en el parque por vez primera, el crimen ni tan siquiera se nos intuye posible. Hacia el final, cuando ve y sigue a la mujer del principio, termina apoderándose del cuello de una guitarra de los Yardbirds, que termina por desechar en la calle. En ese momento, pasa de ser una pieza de coleccionista a ser un pedazo de basura. La frase en que se resume todo ello llega no mucho después, cuando alguien que se encuentra en Londres dice, con total convicción y totalmente fumada, que está en París.

La desaparición del cuerpo, a la mañana siguiente, nos invita a pensar, como el protagonista podría sentirse tentado de hacer, que todo ha sido, de hecho, un sueño. Que nada de eso pasó. Que en el silencio de los árboles no se esconde un tirador ni un cuerpo, sino solamente el silencio de los árboles. ¿Ha pasado realmente algo de lo que no haya pruebas de que pasó? Esa es la pregunta. A un nivel más general se puede plantear la pregunta como “¿qué ha pasado?”, o incluso como “¿ha pasado realmente algo?” Al final, la única certeza que realmente le queda al protagonista, es que está viendo un partido de tenis. Sin raquetas, sin pelota y, sin embargo, indiscutiblemente real.

En lo que, en cierto modo, constituye una reflexión demasiado actual, se señala un grado inevitable de ficción en lo que percibimos o queremos percibir como realidad. En un tiempo de noticias falsas y hechos alternativos, es útil recordar que rara vez hubieron verdades que no estuvieran en disputa, o realidades que fueran sólidas más allá de la conciencia de cada uno. Antonioni nos recuerda, como tantos otros antes y después de él, la fragilidad de nuestro mundo.

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