La palabra, ese misterio que nos habita

Hace algunas semanas empecé a escribir artículos acerca de las palabras y sus orígenes, al primero me fue dado titularlo: “La diversidad de la lengua española (o lenguas españolas)”, a raíz de un libro que Claudia Vaca, poeta y escritora boliviana, me obsequió: el Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española, de Edward A. Roberts y Bárbara Pastor y sucedió que Denise Armitano, escritora venezolana, después de leer el breve ensayo, me envió el enlace de otro artículo, que lleva el título: “De permanencias, mudanzas y olvidos. Algunas reflexiones en torno a las palabras”[1], de Thays Adrián Segovia; a los pocos días, mi hermano Bolívar me remitió, vía correo electrónico, el libro La invención de las palabras, de Gregorio Hinojo Andrés; horas después, otra amiga, Angélica Guzmán, escritora boliviana, me facilitó el libro El infinito en un junco, de Irene Vallejo, una amena historia de las bibliotecas y, por supuesto, del origen de algunas palabras. Dicen que las casualidades no existen y esta serie de hechos parecen comprobarlo.

Así que, para honrar el azar, que es otro de los nombres de Dios, decidí seguir escribiendo e investigando acerca de la palabra: Unidad de la lengua, dotada de significado y/o significados, sésamo que abre puertas para el diálogo o el silencio. Recordemos a Guillermo Sucre: “…hay dos silencios: la misma palabra que calla no es la que habla”.

Palabra: “El origen de este vocablo es muy sencillo en la historia inmediata, pero, muy complicado en su origen y evolución. Procede del latín ‘parábola’ que significaba ‘comparación’, ‘semejanza’, traducción del griego παραβολη′ que tenía el mismo significado; se conserva, como en castellano, en la mayoría de las lenguas románicas: fr. parole, it. parola, cat. y occ. paraula, port. palabra, con la fonética propia de cada una de ellas”.

Las mayores invenciones del ser humano no son las grandes obras de ingeniería o de arquitectura, nuestra mayor invención es la palabra que sirve para comunicarnos, sin ella no habría entendimiento y, sin entendimiento, no habría progreso. Digo la palabra, porque el lenguaje tiene muchas formas y, los animales, también lo poseen. La palabra es una construcción intelectual del ser humano, la que ha dado lugar a las innumerables lenguas y/o idiomas. El gran Julio Cortázar lo dice con énfasis: “Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seríamos, como el resto de los animales, mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos…”; y Ortega y Gasset remarca: “Las palabras no son palabras, sino cuando son dichas por alguien…”, parafraseando a Octavio Paz decimos que la palabra funda tanto al hombre como a la naturaleza; la palabra evidencia el reino de la memoria y de las imágenes y como nosotros, los seres humanos, las palabras necesitan de otras palabras para ser y estar, para habitar el mundo.

Desde que el ser humano aprendió a dar nombre al cosmos, a las cosas, a la naturaleza y a apropiarse de ellos nominándolos, las pa­labras estuvieron asociadas a lo divino, a lo oculto, al misterio, al poder. La Biblia nos dice que primero fue el Verbo y el Verbo era Dios. Pasó mucho tiempo para que el hombre fuera uniendo sí­labas para formar palabras, pala­bras para construir frases, articu­lando sonidos para expresar ideas. Sabemos que tuvimos que bautizar las cosas, los animales, a nosotros mismos; que tuvimos que expresar las rabias, las du­das, los temores, los sentimien­tos. Sabemos que fue menester inventar un sonido para cada es­tado del alma y, otro, para enun­ciar nuestras necesidades, para crear y, también, para destruir.

El narrador como brujo, creando ilusiones con sus palabras, creando el animal en cada pala­bra, trayendo la esperanza de la comida del mañana. Usando los dibujos, como una representación mágica de la idea y de la sensación que pretendía comunicarnos. De aquí, entonces, que la fuerza comunicadora de las palabras le den un carácter divino a todo lo manifes­tado. Para realizar un profundo estudio de la historia de las palabras habría que tomar en cuenta las casi seis mil lenguas hablantes o que se hablaban a lo largo de nuestra historia. Gregorio Hinojo Andrés, en su libro La invención de las palabras, aclara que sería una temeridad irresponsable pretender saber “cómo apareció el lenguaje humano y cómo se crearon, se encontraron, se «inventaron» las palabras, en la larga noche de los tiempos; resolver esta cuestión es uno de los problemas más difíciles que tiene la ciencia moderna”, una tarea pendiente que aún se discute.

Sin duda alguna que existen palabras que provienen de épocas remotas, que se acuñaron en ciclos muy antiguos, de lenguas primitivas, para seguir la Biblia y el verbo creador quizá fueron inventadas en el Paraíso Terrenal y siguiendo esta lógica, mientras conversamos, una palabra se ha perdido para siempre y con ella un árbol, un animal, un insecto, una flor, una acción, una caricia, una manera de decir madre, río, viento, lluvia, amor o, simplemente, un recuerdo; sin embargo, otra palabra ha nacido… 

En mi poemario Diario de los caminos incluyo una prosa titulada “El día que no está en el Génesis”: Atardeció y amaneció y fue el octavo día de la Creación, la Divinidad miró su obra y quedó satisfecha y se dijo, a sí misma, que lo demás se lo dejaba a los seres humanos, ellos harán los caminos y crearán las palabras, con las que cada día irán nominando lo que vean y lo que sientan e irán instaurando la historia que yo no puedo contar, dijo, y cerró los ojos.

La Piedra Rosetta

Apenas nos preocupamos de nuestra lengua, mucho menos de preservar otras. En mi país, Bolivia, varios de nuestros pueblos indígenas están a punto de desaparecer y con ellos su cultura, sus lenguas; a propósito de la preservación de las lenguas, Vallejo nos informa que: “existe una iniciativa llamada Proyecto Rosetta que aspira a proteger de la extinción a las lenguas humanas. Los lingüistas, antropólogos e informáticos responsables del proyecto, con sede en San Francisco, han diseñado un disco de níquel, donde se las han ingeniado para grabar, a escala microscópica, un mismo texto, en su traducción a mil idiomas. Aunque muriese la última persona, capaz de recordar alguna de esas mil lenguas, las traducciones paralelas permitirían rescatar los significados y las sonoridades perdidas. El disco es una piedra de Rosetta universal y portátil, un acto de resistencia frente al olvido irrevocable de las palabras”. Lo de “Piedra Rosetta” alude al descubrimiento de “un bloque de piedra granítica de unos 760 kilos que, dos décadas después, resultó ser un elemento clave para descifrar los jeroglíficos egipcios”[2]. Recordemos que en América latina y en el mundo entero, la resistencia cultural es la que permitió conservar los idiomas originarios y el español se enriqueció con esas palabras, como otras lenguas lo hicieron con las de los pueblos que conquistaron, para muestra un botón: el griego, adoptado por varias civilizaciones.

Palabras y energía

Así como la realidad crea las palabras y, éstas, la lengua y la lengua también crea la realidad; la realidad existe en la medida que se la nombra, el universo fue creado para ser nombrado y las palabras recrean nuestras experiencias cotidianas. Nuestras acciones, nuestros pensamientos, como nuestras palabras son creaciones de nuestro intelecto y de nuestro espíritu, y al ser creaciones son energía, como toda la creación del universo. La energía brota de tu mente, de tu espíritu y de tu boca y genera otras energías que vuelven a ti, porque todo en el mundo está conectado. Al liberar energía, ya sea positiva o negativa, estamos permitiendo que el cosmos vuelva en energía infinita. Las palabras que usamos corrientemente afectan nuestra forma de pensar, abrimos o cerramos puertas, creamos o destruimos con ellas y generamos acción, energía, que se traduce como comunicación; por lo tanto, debemos cuidar qué es lo que comunicamos. Hay palabras y palabras, las engendradas con amor nos enaltecen, las malparidas con violencia, que arañan cuando se las escucha, nos degradan.

De libros y bibliotecas

Mucho antes de que la Historia y las historias de los pueblos pasaran a la escritura, ya sea desde piedras, tablillas de cerámica, pergaminos y, por fin, al papel, como lo conocemos hoy, los seres humanos las contaban de generación en generación. Así se transmitieron los mitos y las leyendas que sobreviven hasta ahora, y así se cantaban gestas, como las de la Ilíada y la Odisea.

Irene Vallejo, en su hermoso libro El infinito en un junco, la invención de los libros en el mundo antiguo, nos recuerda: “Antes de la invención de la imprenta, cada libro era único. Para que existiera un nuevo ejemplar, alguien debía reproducirlo letra a letra, palabra por palabra, en un ejercicio paciente y agotador. Había pocas copias de la mayoría de las obras, y la posibilidad de que un determinado texto se extinguiese por completo era una amenaza muy real. En la Antigüedad, en cualquier momento, el último ejemplar de un libro podía estar desapareciendo en un anaquel, devorado por las termitas o destruido por la humedad. Y, mientras el agua o las mandíbulas del insecto actuaban, una voz era silenciada para siempre. (…) No olvidemos que el libro ha sido nuestro aliado, desde hace muchos siglos, en una guerra que no registran los manuales de historia. La lucha por preservar nuestras creaciones valiosas: las palabras, que son apenas un soplo de aire; las ficciones que inventamos para dar sentido al caos y sobrevivir en él; los conocimientos verdaderos, falsos y siempre provisionales que vamos arañando en la roca dura de nuestra ignorancia” (…) “La Biblioteca hizo realidad la mejor parte del sueño de Alejandro: su universalidad, su afán de conocimiento, su inusual deseo de fusión. En los anaqueles de Alejandría fueron abolidas las fronteras, y allí convivieron, por fin en calma, las palabras de los griegos, los judíos, los egipcios, los iranios y los indios. Ese territorio mental fue tal vez el único espacio hospitalario para todos ellos”.

Las palabras manuscritas tienen un poder evocador que está más allá del mensaje mismo, se presentan como fantasmas del pasado y nos emocionan, por eso nos conmueven. “Leer Buenos libros es como conversar con las mejores mentes del pasado”, René Descartes. Antonio Basanta, en Leer contra la nada: “Leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse. Leer, aun siendo un acto comúnmente sedentario, nos vuelve a nuestra condición de nómadas”.

Los libros humanos

Se cuenta que en la Roma de los césares había un comerciante, tan rico como ignorante, de nombre Itelio, que gustaba de agasajar frecuentemente a la nobleza romana, pero como no tenía qué conversar con ellos se le ocurrió la idea de una biblioteca viva. Ordenó que 200 de sus esclavos más instruidos se aprendieran un libro, cada uno, y cuando se hablaba sobre un determinado tema, Itelio hacía llamar al esclavo que había leído el libro respectivo, y éste recitaba un pasaje apropiado al tema de la conversación. Pero un buen día, que hablaban animadamente sobre la Guerra de Troya, el hombre libro no pudo estar presente porque sufría de horribles dolores de estómago y el mercader tuvo que pasar, literalmente, un papelón.

Desde el nacimiento del libro impreso, en 1449, el Misal de Constanza, en la imprenta inventada por Johannes Gutenberg, siempre estuvo amenazado, primero por la censura, luego por la aparición de la radio, del cine y de la televisión y, ahora, desde la propagación de la internet han sido muchas las voces que se han alzado, presagiando la desaparición definitiva del libro en formato papel, reemplazado por el libro electrónico. Y si bien es cierto que los e-Books ganan terreno cada día que pasa porque constituyen verdaderas librerías de bolsillo, al punto de amenazar con dejar a las bibliotecas, convertidas en museos, también es cierto que en esta década se producen muchos más libros de papel que antes, incluidos los piratas, por supuesto. Yo creo que mientras haya lectores, el libro impreso no va a desaparecer, porque ya es un objeto de culto y lo sagrado siempre encuentra la forma de sobrevivir. El libro impreso establece una comunión entre el lector y autor, al tenerlo en sus manos el lector está poseyendo algo del alma del escritor. Ambos formatos, el de la tinta sobre el papel y de la tinta electrónica, van a convivir por muchos años. Lo terrible sería que, como afirma Hugo Correa Luna en un artículo sobre este tema, a alguien autoritario se le ocurriera averiguar a qué temperatura arden los e-Books.

Palabras olvidadas

Hace tiempo ya, en una siesta tuve un sueño: Atardeció y me encontré con un libro extraño en una biblioteca abandonada. La obra era un tratado de palabras olvidadas, abrí al azar y me encontré con “Celícola”, una poética palabra que nombra a los habitantes del cielo, esa región del aire que quisiéramos anidar. “Esplín”, otrora muy usada por los poetas para referirse al tedio de la vida, práctica en desuso de la burguesía. “Merculino”, para aquello relativo a los miércoles. “Adamar”, amar con pasión y vehemencia (atención románticos) y “Desantañarse”, que quiere decir quitarse años disimulándolos, que en estas épocas está muy de moda, para satisfacción de los cirujanos plásticos, aunque la añeja palabrita ya no se use. Cerré el compendio y lo trasladé a los estantes de mi morada, como remedio para cuando la melancolía me asaltara En alemán existe una hermosa palabra Heimweh, que no tiene una traducción precisa al español, sería algo como la nostalgia del hogar, la añoranza por nuestra casa, nuestros seres amados y nuestras cosas. Cuando mi hija Carmen Lucía era niña y yo viajaba, siempre ocultaba algún juguete suyo en mi mochila, para que lo encontrara cuando estuviera lejos de casa; sin saberlo, por pura intuición, estaba convocando la palabra Heimweh.

Misterios de las palabras: Hay palabras sencillas como silla o montaña; palabras/tema como amor o soledad, que nos inspiran numerosas y diferentes historias; las hay homónimas, que se pronuncian igual, como Asia y hacia, pero que tienen significados distintos; bipolares u homógrafas, como papa, papá o Papa, que se escriben igual, pero que tienen significados diferentes; también las hay polisémicas o de múltiples personalidades, como masa, que no es la misma, si la dice un panadero, un físico, un albañil o un sociólogo.

Thays Adrián Segovia en su artículo: “De permanencias, mudanzas y olvidos. Algunas reflexiones en torno a las palabras”, nos recuerda que la mudanza de las palabras a lo largo de los siglos sucede en forma lenta, pero inexorable: “hay pérdida de palabras de una generación a otra; dicha pérdida tiene su origen en eventos como éxodos, variaciones en el modo de hacer tareas, introducción de tecnología y nuevos oficios. Todas, transformaciones que suelen dejar palabras por fuera, pueden venir acompañadas de nuevas o actualizar otras”. Luego afirma: “A través del tiempo, la lengua ha ido incorporando palabras nuevas exigidas por la dinámica sociocultural. En un conocido ensayo, El tamaño del mundo, Uslar Pietri se preguntaba “¿De qué tamaño era el mundo para el hombre del Neolítico? ¿O para un habitante de Sumer, o de la Atenas de Pericles; del París de Abelardo o de Rousseau?”. Y respondía que, tal vez no era el mundo, sino el conocimiento lo que crecía y se daba a conocer por medio de palabras. Quinto Horacio Flaco, poeta, en su Epístola a los Pisones o Arte poética contempla la pérdida y el nacimiento de nuevas palabras como hechos naturales, inherentes a la dinámica de la vida: “Como caen primero las hojas viejas cuando los bosques cambian al fin de cada año, así las palabras caducas fenecen y las recién nacidas prosperan lozanas”. También plantea Horacio la opción de un renacimiento “si lo quiere la costumbre, en cuyo poder están el capricho, el derecho y la ley del hablar”.

Y luego Thays Adrián Segovia hace referencia a Estefanía Enríquez San Miguel que según Adrián “revisa la diferencia entre palabras anticuadas y arcaicas. Sostiene que las primeras son utilizadas por una generación que las conoce, sabe sus significados e identifica su contexto de uso y las segundas, ya no se utilizan, están en vías de extinción o desaparecidas por completo del vocabulario de una lengua”. Las palabras, pues, no son absolutas, cambian de significado como dice Gramsci, semánticamente muchas de ellas no significan lo mismo ahora que hace un siglo. Porque la vida misma cambia y nuestra manera de ver el mundo se amplía, se ensancha, adquiere otras dimensiones, se valoriza y, a veces, anula los significados anteriores, creando otros, más acordes al lenguaje cotidiano

Neologismos y lenguaje políticamente correcto

Adrián establece: “La dinámica de un espacio social como el tecnológico y sus prácticas trae nuevas voces, otras se resemantizan, unas dejan de usarse y algunas se rescatan. Valga un ejemplo, el de los artefactos para reproducir y escuchar música: fonógrafo, “picó”, tocadiscos, plato, reproductor de discos compactos o CD, “discman”, IPod y, de más reciente data, los teléfonos inteligentes. Hoy día se “consume” música y para ello no suelen comprarse discos sino “descargar” temas y escucharlos en forma aleatoria; además se archivan en “carpetas”.

Leí Fahrenheit 451 en la década de los setenta cuando estaba descubriendo la prodigiosa literatura norteamericana. En un ciclo de cine pude ver la adaptación cinematográfica, realizada por François Truffaut, en el año1966, una versión fiel al libro, si la comparamos con la última de Ramin Bahrani para HBO, en la que el personaje Guy Montag es de color y Beatty, el capitán de bomberos, es un personaje mucho más cruel y perverso que en el libro; es así que en esta versión se hace énfasis en las causas que motivaron la quema de libros, diálogos que van más allá de los incluidos en la novela original, como: “Un libro es un arma cargada en la casa de al lado… ¿Quién sabe cuál puede ser el objetivo del hombre que ha leído mucho?”, o que se quemó “La cabaña del tío”, de Harriet Beecher Stowe porque ofendía a los blancos. En esta cinta se hace referencias a que ciertos libros ardieron porque ofendían a las feministas y luego, se incluye referencia a libros y autores que ofendían a ciertos grupos, minorías o mayorías. En esa línea podemos afirmar que también se podían incinerar novelas como Lolita de Vladimir Nabokov o “La Casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata porque provocan a la pedofilia, o prohibir todas las novelas y cuentos porque sus personajes son machistas, feminicidas, homofóbicos, parricidas y/o incitan a la infidelidad o, a la traición e incluso al suicidio. Estaría prohibido contar la historia de Jack, el destripador, porque sería fomentar los feminicidios. En Bolivia ya se dio el caso de un viceministro que pretendió censurar algunas de las mejores novelas nacionales, por considerarlas machistas.

El año 2016 sostuvimos un diálogo con el poeta venezolano Reynaldo Pérez Sá, acerca del poder de las palabras. Él afirmó que las palabras, de tanto usarse sin sentido, terminan gastándose; que para él ya era muy difícil incluir las palabras revolución y socialismo en uno de sus poemas porque en Venezuela, esas palabras, ya no tenían sentido. Lo mismo podemos decir en Bolivia, ya que esas y otras palabras, como Pachamama, voto, vivir bien, referendo, Estado de derecho y otras perdieron su verdadero significado y habrán de pasar muchos años para que su carga semántica vuelva a tener el significado original y apropiado. Barrera Tyszka, citado por Adrián, afirma que: “el poder ha devaluado las palabras”.

El idioma dentro del idioma

En un diálogo con el poeta Pavel Grushko, éste definió a la poesía como “el idioma dentro del idioma”, por eso los poetas debemos cuidar de las palabras que tomamos de la lengua para decir un poema, esas palabras que nos prestamos del infinito deben ser incorporadas como si fueran la primera vez que un ser humano las escribe, las lee, las escucha, no importa que sean las más antiguas, en el poema deben ser tan nuevas como el poema mismo.

Gregorio Hinojo Andrés, nos advierte que: “Hasta hace unas décadas se pensaba que la metáfora y la metonimia eran figuras retóricas o poéticas propias de la poesía y de la oratoria; hoy, afortunadamente, la mayoría de los especialistas en semántica reconocen que son la forma esencial de la creación y evolución del léxico, porque no son una forma de la lengua sino del pensamiento. No sólo hablamos con metáforas, pensamos también con ellas”, no es difícil reconocer cuando alguien habla así con naturalidad, decimos que esa es una persona que ha leído mucho.

Para cerrar este artículo, mi poética:

La literatura es la perfecta metáfora estelar del tiempo, porque encierra el pasado, el presente y el futuro. Es infinita, como si cada libro fuera tan solo la palabra de un libro perpetuo que se escribe sin cesar. Está en eterno movimiento, nominando los mundos interiores, la vida cotidiana y la búsqueda espiritual, y se transforma en acción si el libro es leído y comprendido; entonces se convierte en una onda imperceptible que intenta interpretar el caos. Cuando el orden definitivo suceda al caos, la literatura ya no será necesaria y nosotros, los seres humanos, no tendremos sentido y los mundos, los soles y las galaxias desaparecerán, no existirá nada y la nada es la negación de la palabra. Ese será el momento, cuando la Divinidad volverá a despertar y conjugará nuevamente los verbos, para que todo vuelva a existir. (Tomado de libro Tornaviaje, Editorial EOS Villa, Argentina, 2021)


[1] https://www.elnacional.com/papel-literario/de-permanencias-mudanzas-y-olvidos-algunas-reflexiones-en-torno-a-las-palabras/

[2] https://historia.nationalgeographic.com.es/a/asi-fue-descubrimiento-piedra-rosetta_7462/2

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