La fetichización del ´otro´ en el fotoperiodismo y la COP26

Uno de los principales motivos que hace problemática a la mirada occidental es que, debido su posición histórica privilegiada en una jerarquía de poder, ha tendido a naturalizar aquello que percibe. En otras palabras, es una mirada a la que se le ha infundido una falsa objetividad, cuyas representaciones (parciales y sesgadas) se han tomado erróneamente como universales, reflejo cristalino de lo ´natural´. Esta observación sirve para dilucidar que análisis críticos como el de Edward Said en su famoso libro ´Orientalismo´, no están tan centrados en denunciar a las ´representaciones en sí ´- la capacidad de crear ficciones- como el que esas representaciones se interpreten como realidades objetivas.

 Dicho esto, hay que reconocer que tales perspectivas críticas también se focalizan en la problematizar de manera específica el contenido de la representación ´del otro´, subrayando la forma en que su caracterización se forja en base al deseo interesado del que mira: un deseo de definir más su propia identidad por oposición y, sobre todo, de dominar a lo diferente. Esto queda ilustrado en que la atribución histórica de valores como la ´sensualidad´, ´irracionalidad´ y ´violencia´, compartida por casi todas las regiones no-occidentales al ser representadas, muestre una perfecta complementariedad con los adjetivos definitorios de lo occidental, que por oposición se ha auto- reconocido como ´racional´, ´moral´ y ´civilizado´.  

Por otro lado, el que debatamos la representación del ´otro´, ya nos indica una asimetría entre la identidad del que mira y la del que es representado, entre dominante y el oprimido en el contexto de la supremacía histórica occidental. La identidad del oprimido se distingue por cobrar una corporalidad y especificidad en la representación; la identidad de la parte dominante se deduce como ´lo ausente´: aquello que no está representado y que no obstante es el principio estructurante de lo visible (Foucault,1966). Esta última observación nos sugiere que el ´oprimido´ tiende a experimentar una relación intrínseca con lo sensible o lo representado, lo que nos suscita la siguiente pregunta: ¿puede éste apropiarse de su representación, mediante su auto-representación, para ser reconocido? ¿O esta apelación a la representación, aunque sea como medio a la liberación, siempre posiciona al que recurre a ella en un lugar de inferioridad?.

Intentaré responder a esta pregunta comparando dos formas en las que en la actualidad grupos sociales históricamente ´oprimidos´ acceden a la representación: a través del fotoperiodismo y su auto- representación en plataformas de justicia internacional, tal como la hemos visto estos días en la cumbre del cambio climático celebrada en Glasgow (COP26).

La diferencia fundamental que distingue a nuestros objetos de análisis es que, como ya indica la palabra ´auto- representación´, en el segundo caso, el sujeto oprimido se habría reapropiado de su representación. Así pues, bajo el objetivo del fotoperiodista, el sujeto carece casi de total autonomía, en cuanto a que está a la merced y a la disposición más o menos dialogante de aquella que sostiene la cámara. Además, desconoce el consumo y proyección que tendrá su imagen. Por el contrario, en el contexto de una conferencia internacional, enfrentado a otros representantes iguales, el sujeto es supuestamente responsable tanto de su iniciativa de aparecer ante el mundo como la forma de hacerlo.

Problematizar el fotoperiodismo artístico es necesario e interesante una vez asumimos la sospecha de que puede ser la forma contemporánea en la que Occidente naturaliza sus representaciones ´del otro´. La condición de actividad liminal entre lo artístico y lo informativo de éste, su simultáneo compromiso con la justicia (de dar visibilidad a la injusticia) y con crear un producto estético que comercializable, subrayan la naturaleza ambivalente de actividad foto periodística. La aspiración estética subyacente en el fotoperiodismo queda reflejada en su tendencia a bañar de manierismo sus ´capturas de la realidad´. Algunos teóricos como Allan Sekula identifican esta propensión embellecedora con una voluntad de recuperar ´aquél aura´- originalidad y capacidad de culto- que Walter Benjamin señaló como inherente al arte antes de la irrupción de la época de la fotografía y la reproductibilidad técnica. El efecto directo de la combinación de esta estetización de la imagen con una creciente definición fotográfica es que la realidad nos parezca más real que nunca a pesar de ser una construcción elaborada. Las imágenes seducen al espectador, proporcionándole una mayor capacidad de identificación con lo representado y quizás un mayor deseo de consumirlas; así pues, vemos que el fotoperiodismo manierista/estilizado es altamente comercial. A lo que esta reflexión apunta es la posibilidad de que hoy en día opere la misma fórmula que antaño hizo que calarán como verdaderas representaciones de lo no occidental. Apelando al tecnicismo (cámaras de alta definición) y compromiso moral de dar visibilidad a través del que supuestamente representa al otro, la mirada occidental vuelve a reconocerse como objetiva en sus representaciones. Esta ilusión de objetividad vuelve a camuflar el deseo de definición propia y búsqueda de autorrealización que tienden a teñir la representación del otro (el voyerismo, la autoconciencia de Occidente como opuesto a la infantilización de otras regiones), así como la economía desigual entre el Sur Global y el Norte Global- basada en la exportación de productos primarios e imágenes sensacionalistas del primero al segundo- en la que se inscribe.

Al hablar de ´auto- representación de minorías en plataformas de justicia internacional´ me refiero principalmente a aquellas minorías étnicas y naciones poscoloniales que, tras años de invisibilidad y opresión, se les es otorgado un reconocimiento de igualdad a nivel representativo en instituciones internacionales, incluso haciéndoles partícipes de una discriminación positiva en compensación de su discriminación histórica. Así pues, vemos como en las asambleas diarias de la ONU o conferencias de cooperación internacional como lo ha sido COP26, grupos étnicos o países pequeños de reducida influencia internacional, no sólo tienen una representación garantizada como iguales al resto de países, sino que su presencia es especialmente impulsada. Debemos contemplar la posibilidad de que su enfatizada presencia tenga la mera función de reafirmar y legitimar a las plataformas organizadoras, entre cuyos ideales fundacionales suele figurar la inclusividad de los más débiles. Para descartar esta escéptica línea de pensamiento, deberíamos comprobar que evidentemente su representación no es meramente simbólica, sino que sus demandas son tomadas en serio. La limitada capacidad de influencia que grupos de este tipo han gozado en la COP26 nos indica lo contrario. Recordemos que uno de los principales retos de la conferencia fue acordar dar apoyo mínimo a tales comunidades mediante la construcción de infraestructuras que les protejan de las inminentes amenazas medioambientales. Su impotencia resolutiva contrasta con la visibilidad que se les dio en los medios. No hay activista que fuera a la conferencia que no se hiciese una foto con las representantes de los pueblos indígenas amenazados por la deforestación en el Amazonas. Una de las imágenes más emblemáticas de la COP26 es la del ministro de Tuvalu dando su discurso desde el mar para enfatizar en un tono desesperado la vulnerabilidad de su país frente al cambio climático (Fotografía de este Ensayo). Estos ejemplos no sólo insinúan el que el recurso a la representación no sólo puede que sea sintomático de una falta de reconocimiento real, sino como las representaciones de estos grupos – aunque reapropiadas- suponen infalibles objetos de comercialización para los medios de comunicación occidental.  Aun cuando la representación ha sido apropiada, ésta no siempre consigue desprenderse de su tendencia a ser fetichizada, inscribiéndose en una economía de la información/ imágenes movilizadas por intereses occidentales. Nuestra discusión insinúa que ser una identidad extremadamente representada continuara siendo correlativo, en muchas ocasiones, a seguir oprimido, mientras se perpetúe aquella relación desigual en la que Occidente consume imágenes (así como energía, productos manufacturados) que el resto del mundo produce.

Bibliografía

COP26: los pueblos indígenas llaman a acabar con la ‘guerra contra la naturaleza’ – National Geographic en Español (ngenespanol.com)

Allan Sekula: Desmantelar el documental, reinventar la modernidad.

Focault, 1966, Las palabras y las cosas.

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