No hay pureza artística bajo Hollywood

Durante el Festival de Cannes de 1982, la habitación 666 del hotel Martinez fue testigo de un sesudo coloquio pre-apocalíptico. Lejos de lo que pudiera parecer, Room 666 de Wim Wenders no es una cinta de terror satánica, sino un documental que reúne a los mejores directores del momento en torno a la dramática pregunta: ¿está la televisión reemplazando al cine?

Así, sin artificios y a cámara fija, los 15 directores, se dedicaron a contestar un cuestionario cuyo trasfondo venía a decir: lo que nosotros hacemos es arte, lo que venga a partir de ahora, Dios sabe. El cambio de soporte auguraba la crisis del sector y el debate, con sus peros, aún sigue vigente en pleno 2021.

Si antes las amenazas eran la televisión, el lenguaje comercial y los elevados precios que favorecían las superproducciones de los grandes conglomerados, ahora tenemos las plataformas en streaming y la pandemia mundial.

Es cierto que resulta un tanto pretencioso analizar esto a toro (tan) pasado. Room 666 retrata un momento clave para el cine de la prehistoria, que para el nativo digital viene a ser todo mundo anterior a internet. Así que antes de empezar a meterme con los nostálgicos del “todo tiempo pasado fue mejor”, postura condenable en cine o en cualquier otra disciplina, me veo en la obligación de salvar el punto fuerte de la película: el drama de la pérdida del soporte.

Y esto sigue siendo un drama aun hoy en día. El ciclo “La muerte del cine”, que el pasado año tuvo lugar en la Filmoteca Española, reflexionaba sobre el libro homónimo de Cherchi Usai que a su vez podría ser una reinterpretación de Room 666. ¿Qué hacemos con la ingente producción audiovisual de los últimos años? ¿Cómo salvamos el deterioro de todo medio de almacenaje, ya sea la degradación del soporte físico o la pérdida inevitable de contenido en el digital? Sinceramente, ni idea.

No obstante, hasta aquí la vigencia de la película. Realmente, lo único que amenazaron tanto la TV en 1980, como Netflix en 2020 es el concepto romántico de cine.

Werner Herzog dice en Room 666 no estar preocupado porque: “Lo que se ve en el video no es la vida, la vida se ve en un contexto vital como es el cine” pero el que habla no es el director de Rescate al amanecer, es Totò que se nos ha atrincherado en el Cinema Paradiso y se ha puesto a cantar “no nos moverán”. Y lo entendemos.

En el imaginario colectivo la sacrosanta industria cinematográfica tiene un aura mágica derivada del metacine que nos encanta. El cine que habla de cine puede ser tu cine favorito, pero no es el único que existe. Es solo una idea más, una historia de las muchas que pueden contarse. Con la pandemia vimos que hubo películas que nunca llegaron a las salas de cine porque se quedaron en las plataformas de streaming (véase Mulan, por ejemplo) y no por eso dejaron de existir. Esto plantea problemas añadidos que también merecen su atención (como el cierre de salas o la pérdida de empleos), pero desde luego no implica la desaparición del cine. Simplemente es un cambio de formato.

Y ahora hablemos de Reservoir Dogs. Siempre es buen momento para hablar de Reservoir Dogs pero es que, además, Tarantino resume muy bien el paradigma de director que aporta. Porque tú puedes ser muy nostálgico y decidir que el cine ha muerto, o puedes coger y reciclar todo lo que sabes del tema para hacer películas nuevas que recojan la esencia que nuestro amigo Herzog creyó que se perdería con el declive de las salas.

Reservoir Dogs es una película de 1992 producida con 1,2 millones de dólares. Ríete tú ahora de los 10,3 millones que costó E.T que, según Spielberg, en el siglo XXI hubiesen sido 18. Esto no es solo una muestra de que se siguió haciendo buen cine, con referentes y relativamente alejado de la industria a partir de 1980, sino que es el germen de uno de los mayores fenómenos del XXI: El auge del cine de autor.

Room 666 hace mucho hincapié en que la industria cinematográfica y las productoras tendían a controlar cada vez más la parte artística de las películas, pero el cine de autor a partir de los 2000 nos viene a demostrar todo lo contrario. Quentin Tarantino, Thomas Anderson, Sofía Coppola, Lisa Cholodenko o Todd Solondz son claros ejemplos de cómo lanzar una carrera basada en la personalización del proceso creativo.

Sigue existiendo cierto debate sobre si puede encontrarse un equilibrio entre el cine como industria y el cine como arte. En si se pueden diferenciar ambos “tipos” de cine. Tarantino empieza con una producción independiente como Reservoir Dogs, que ve la luz casi de casualidad, y termina (de momento) con una superproducción hollywoodiense que pone en cartel a Brad Pitt y a Leonardo DiCaprio. Su marca se ha vuelto un reclamo comercial, pero esta deriva precisamente de sus propuestas artísticas inicialmente “alternativas”. Al final una cosa no podría existir sin la otra, al menos no de la forma en que la conocemos.

El conflicto recuerda a esta consigna de Twitter que reza “No hay consumo ético bajo el capitalismo” y sería algo así como “No hay pureza artística bajo Hollywood”. Puedes estar más o menos de acuerdo con las exigencias del cine “comercial” que al final, como autor, terminas pasando por el aro para poder vivir de ello. La pureza creativa no es demasiado compatible con comer de tu producción artística y nadie va a darte 666 latigazos por ello.

Si tuviera que rescatar una frase del documental sería: “Hay momentos buenos y malos para el cine” (Monte Hellman). El de ahora es un momento malo, por ejemplo, y aun así se sigue produciendo, se sigue consumiendo, hemos estado más de tres meses encerrados en casa viendo películas, buenas y malas. (La reivindicación del mal cine es un melón para abrir en otro momento). Nunca en la historia se había hecho tanto cine como ahora, y claro está que el mainstream está lleno de morralla, pero si el cine de serie b se consumiese en masa, dejaría de ser cine de serie b, perdería toda su esencia y ahí sí que igual podíamos hablar de muerte del cine.

Esto ya a título personal, Wim, si algún día haces un remake, podrías quitar el tenis de la pantalla, meterlos a todos en la habitación 666 y poner Chicas malas, a ver qué pasa. Si hay que pensar que el cine ha muerto para que Chicas malas pueda existir, que así sea.

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