La maldición de la familia Crain

«Un fantasma puede ser un montón de cosas. Una memoria, un sueño despierto, un secreto. Pena, enojo, culpa. Pero, en mi experiencia, la mayoría de las vecces son solo lo que nosotros queremos ver».

The haunting of Hill House o La maldición de Hill House, salió a la luz en 2018 de la mano de la reconocida plataforma Netflix, para transformarse en una de las series de terror mejor valoradas hasta el momento. Aunque el nombre en inglés nos transporta a la típica caza representada en otros muchos títulos de películas o series, como Shadowhunters (2016) o Hunters (2020), la traducción española nos traslada a una maldición que, por definición, es un mal que nunca se va, que se hereda, que te caza.

Todo comienza, haciendo honor al cliché que acompaña al género de terror, en una casa encantada y con la nueva familia que la habita. Pero en este caso, no se trata de un encantamiento fantasmagórico como vemos en The Conjuring o Expediente Warren (2013) o en la temporada Murder House de la famosa serie American Horror Story (2011). Si no que es más bien una alegoría, al estilo de Stephen King, que representa una oscuridad más común de lo que creemos, que nos acompaña a todos, dentro de cada uno, a partir de los clichés que más conocemos y somos capaces de identificar.

De hecho, el reconocido escritor King ha descrito la serie de Netflix como una genialidad. Y es que en realidad se trata de una adaptación, dirigida por Mike Flanagan, de la novela con el mismo título de 1959 de Shirley Jackson. Ésta no es la primera pieza audiovisual que se basa e intenta plasmar la mencionada novela, pero sí es la primera vez que se hace en formato de serie.

El primero que quiso llevar las palabras de Jackson a la pantalla fue Robert Wise, director de los clásicos West side story (1961) y Sonrisas y lágrimas (1965), en 1963 y bajo el nombre de The haunting. El segundo fue Jan de Bott, artífice de Speed ​​(1994), que en 1999 decidió crear una nueva adaptación de la obra, pero en este caso, obvió por completo la profunda disertación psicológica de los personajes, que es lo que, finalmente, y referenciando a Stephen King, hace tan grande la obra de Jackson.

En esta nueva adaptación, de 2018, nos encontramos ante una gran fidelidad en casi todos los aspectos importantes de la novela, aunque no en el origen de sus personajes, ya que cambia el grupo sujeto de investigación científica por una familia numerosa. Así, Flanagan capta el espíritu misterioso del thriller psicológico que ya nos presentaba Jackson en su obra.

El director de otras adaptaciones como El juego de Gerald (2017) de Stephen King combina magistralmente dos estrategias narrativas que se han visto últimamente en el panorama cinematográfico. Es capaz de montar en paralelo el presente y el pasado, contando una historia totalmente lineal, aunque no de forma temporal; y también de presentar un único arco argumental, repetido en cada capítulo, desde el punto de vista de los distintos personajes que conforman la historia. Así, al mismo tiempo que el espectador valora las diferentes versiones que existen de un mismo hecho, es capaz de entender qué experiencias del pasado han llevado al presente más inmediato.

De este modo, la serie desarrolla a cada uno de los personajes, en este caso, de la familia Crain, centrándose, sobre todo, en los hermanos. Así, asistimos a diferentes formas de entender y afrontar un mismo hecho, la muerte de Olivia Crain, la madre de la familia, y el trauma y los fantasmas que esto desencadena en cada uno de ellos.

Esto aparece acompañado de una banda sonora original compuesta por Newton Brothers, capaz de crear el ambiente de suspense y terror necesario y que pide la trama. Aunque también aparecen canciones de artistas como Paula Abdul, Alison Wonderland o Patty Griffin. Y también de la fotografía de Michael Fimognari, que funciona a partir de una paleta cromática de tonos eminentemente fríos, capaces de crear la atmósfera de thriller que se observa.

Aun así, esta tonalidad invernal tiene mayor presencia en el presente, contrariamente a los colores más cálidos que acompañan al pasado. Cabe destacar también que, a diferencia de las piezas audiovisuales de terror a las que estamos acostumbrados, The hounting of Hill House, no presenta oscuridad, sino frialdad. No se trata de escenarios y de imágenes oscuras o terroríficas, sino que son frías y escalofriantes. Así tampoco se busca, en ninguno de los recursos utilizados, el susto fácil, sino que se quiere crear el mal cuerpo generalizado en toda la serie, compuesta por 10 capítulos.

Además, y concretamente, debe hacerse especial mención al capítulo 6 y al magistral plano secuencia que le acompaña, que, aunque presente cortes cuando se cambia el escenario temporal, demuestra un gran trabajo de equipo muy bien llevado a cabo. Y también a las increíbles transiciones que podemos observar, a partir de hechos cotidianos de los personajes, cómo abrir una puerta, coger un brik de leche o cerrar una lámpara.

Sobre la trama en sí, y la forma de narrarla, existen dos interpretaciones posibles, provocadas por una duda constante. Teniendo en cuenta todo lo que vemos nosotros, junto con los hermanos Crain, hay momentos en que el espectador puede interpretar la historia como la de una casa que alberga los espíritus de la gente que ha vivido y muerto allí. Sin embargo, la otra forma de ver la serie, y que en esta crítica se considera la más acertada, es la de entender el terror, los fantasmas y la casa encantada como una alegoría de la vida, y de la oscuridad que ésta puede contener y contiene.

Así, mientras los más fieles a lo que ven, interpretarán el papel de una Nell u Olivia Crain, siempre ignorantes ante lo que realmente hay, pero no observan. Quienes miren un poco más allá, observarán cómo, en realidad, se trata de los fantasmas de los que habla Steve en la frase que se encuentra al inicio de esta pieza. Y la habitación roja estrella, que presenta gran importancia en la trama, no es más que el lugar donde se acumulan estos traumas. Un lugar en el que todos han estado de alguna manera, pero sin darse cuenta, como dice Nell al final: «Estábamos todos, siempre hemos estado». Es decir, fantasmas que siempre han acompañado a los miembros de la familia, pero nunca han sido capaces de ver ni afrontar.

De hecho, el ejemplo paterno que reciben los niños no es más que una traba más en el camino de la superación. Una madre que teme que sus hijos salgan al exterior y éste les devore, acaba consumiendo su felicidad. Un padre sobreprotector que guarda muchos secretos y esconde muchas verdades, acaba adentrándolos dentro de la oscuridad más negra. Y así, cada hermano tiene distintos fantasmas que, poco a poco, los van consumiendo; hasta que otro hecho, otra pérdida, les abre los ojos y, finalmente, son capaces de avanzar hacia una próspera recuperación.

«Hill House, nada cuerda en soledad frente a las colinas, acumuló oscuridad en su interior». Y es que esto es Hill House, la oscuridad acumulada por cada uno de los personajes y de nosotros mismos, los malos sentimientos y las culpas que tenemos todos, los fantasmas que nos forman.

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