Sobre la 16 de septiembre

Los recuerdos que tengo de mi primera vez tienen poco que ver con el sexo. Ahorita que lo preguntas, y quieres la verdad y sólo la verdad, porque de eso se trata este juego ¿sabes qué veo? Calles. Sí, calles. Puedo recordar con exactitud las calles alrededor de ese edificio. Lo siento, pero es así. Por esas calles pasaba todos los días. Cuando inicie mi tercer año de secundaria, las bajaba corriendo, más o menos a las 12:30 de la tarde. Bajaba, apresurada porque el portón lo cerraban a la una.  No, todavía era virgen. Todavía no existía esa casa. Mejor dicho, sí existía pero no para mí. Todavía no la miraba como después lo hice al pasar en el camión.

Antes no me percaté de ella. No sabía cómo eran los muebles, ni la sala, ni qué guardaba su refrigerador. Por esa calle ¿la 16 de septiembre? Pasaban muchas rutas de camiones, cargados de gentes. Como todos los caminos hacia mi casa, la 16 estaba súper oscura. Corría. Sí, de regreso corría toda la subida. Hasta la punta. Varios de esos camiones me dejaban a un lado de donde vivía. Perdí mi virginidad a tres cuadras de mi casa. He soñado con esa calle varias veces. Espera, creo que ya te contado ese sueño donde voy a París, y esa pinche calle es la garantía que estoy ahí: por la empedrada, derechito, llegas a la Torre Eiffel, alguien me dice. Claro que no camino ni los 20 pasos, y ya no hay nada de París. Sé que a un costado está un edificio de departamentos; y adentro, en uno de ellos, estuve.

Primero, riendo, en confianza. Veíamos la televisión. Después, sólo era el ruido para despistar a los vecinos. Todo el interior del lugar olía igual que él: a encierro. Esa es otra cosa que recuerdo: el olor de la oscuridad, el del encierro. Porque nunca encendimos los focos; sólo era la luz de la televisión en mis párpados. Siempre apretados, cerrados. Sentía que así tenía chances de pensar; de parar, sentarme y decirle: sabes que, mejor no. Eran los nervios, la hora, la curiosidad, la cara de mi madre, todo se soltaba cuando volvía a cerrar los ojos.

 No, no recuerdo haber llorado, porque recordaría su voz consolándome. Diciéndome, si no quieres no, no te voy a obligar. No te voy a forzar; sólo hasta donde tú quieras. No, no te va doler. No, si hay maneras para, sólo que aquí no hay espacio. Y ya sabes, el ¿estás cómoda? No, no recuerdo cuándo me penetró. ¿Querer? Yo sólo quería llegar al punto final. ¿Me entiendes? Salir de ahí, saltarme esa parte de mi vida. Romper lo que había que romper. Sentir y decir eso era todo, buscar mis calzones en el piso; agarrar mi ropa y largarme, que me dejaran en paz. A veces pienso que lo sucedido en ese sitio, se quedó ahí para siempre.

No sé, no. No es drama. Entraba y salía, sin pensarlo mucho. Entraba y salía de ahí. Entrabamos y salíamos. Como los japoneses que dejan sus zapatos afuera, todas las tardes dejaba algo de mí entre el tapete y las macetas de la entrada. Algo que no podía perderse en esas paredes; que no sería dolor, confusión. Algo que me daría el valor de correr, de jugarle unas carreras a ese camión. De dejar atrás sus luces, de llegar a la cima de la 16. De mirar hacia arriba, al único poste de luz. De contar las esquinas que me faltaban para llegar a casa. Donde, antes de entrar, dejaba mi corazón agitado.

Después de eso, me dio por recordar a una maestra de la primaria. Era una maestra con el cabello lacio, pintado de rubio; se lo amarraba con dos colitas. A mí me pareció la maestra más hermosa que iba a ver en mi vida. Espera, esa maestra llevó un cuadro, no sé si de madera o cartoncillo, seguro era cartoncillo porque era blanco. Era un cuadro grande, con divisiones para las tareas y nuestros nombres a un lado. Ella, cada vez que hacías bien tus deberes, te ponía una carita de fomi color naranja. Una carita feliz, claro. Yo hacía mis deberes no tanto por la carita, como por ver su rostro lleno de felicidad. Falsa u obligada, ahí estaba ella dándome un poco de esa felicidad. Del placer por compartir algo. Así me sentí, justamente así me sentí. La carita de fomi estaba ahí, bajo el rotulo “Perder la virginidad”. Pero, ya ves, no hubo placer, menos felicidad, para compartir.

Deje su comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here