El caso de Philomena Lee y los conventos para madres solteras en la Irlanda de los 60

En la pequeña ciudad de Roscrea (Tipperary, Irlanda) no hay quien no haya oído hablar de la abadía de Sean Ross. Este convento ahora rehabilitado para atender a personas con diversidad funcional, fue a mediados del siglo XX y hasta casi entrado el XXI, una casa de acogida para madres solteras. O lo que es lo mismo, un lugar en el que sus familias podían depositarlas desentendiéndose así del problema. Allí las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, trataban de limpiar el alma de las jóvenes madres a base de trabajo forzoso, partos sin asistencia médica y adopciones exprés para aquellos norteamericanos que pudiesen pagarlas.

En hora y media de conversación en el interior de uno de estos chalets con granja adjunta que pueblan Roscrea, sale el tema dos veces. La primera a raíz de la reciente muerte de aquella mujer que nació y creció en la abadía. Trabajando primero en la lavandería, después en la guardería. La pobre andaba siempre enfadada. La segunda a raíz de la película Philomena, ahora disponible en Netflix Irlanda.

Como Eva tras morder la manzana, Philomena Lee dio a luz con dolor para redimirse de sus pecados. La joven de 18 años fue internada por su padre en la abadía de Sean Ross tras tener relaciones fuera del matrimonio en el año 1952. Allí dio a luz a su primer hijo, allí vio cómo las monjas se lo vendían a los americanos. Tras 50 años de búsqueda Philomena descubrió que su hijo, Anthony Lee, en realidad fue Michael Hess, abogado y asesor legal del partido republicano en Estados Unidos. El rencuentro nunca se produjo, o al menos no en vida. Philomena Lee no pudo más que visitar la tumba de su difunto hijo en el mismo convento de Roscrea donde comenzó la pesadilla y donde el mismo Hess pidió ser enterrado.

El verdadero Michael Hess visitando Sean Ross en busca de su madre

La película, dirigida por Stephen Frears, es una adaptación del libro The lost child of Philomena Lee del periodista Martin Sixmith publicado en 2009. No obstante, la historia que recoge no es solo la de Philomena, sino la de muchas otras madres que fueron internadas por sus familias en diferentes Hogares para Madres y Bebés repartidos por todo el país.

De izquierda a derecha: Philomena Lee y Judi Dench (la Philomena de la ficción)

En nuestro chalet de Roscrea vieron Philomena desde el conocimiento de causa. Una de las mejores amigas de la dueña, sesenta años recién cumplidos, se salvó por muy poco de tener que dar a su primogénito en adopción. Si consiguió permanecer junto a su hijo fue ni más ni menos que por la generosidad de un hombre, que se casó con ella recogiendo el testigo que su padre dejó al depositarla en el convento. Triste, misógino, pero cierto. En la sociedad del momento, esta era la única manera.

Al parecer, Philomena caricaturiza perfectamente a la madre irlandesa prototípica. Fuerte, convencida, católica y muy familiar. Los valores cristianos por excelencia, véanse el perdón y la redención, están presentes en su carácter y en las decisiones que toma a lo largo de toda la película. Hay una escena especialmente potente en la que Philomena perdona a la hermana Hildegarde, una de las monjas responsables, no solo de dar en adopción a su hijo, sino de impedir que pudiese reunirse con él mientras este aún vivía. Es magistral cómo se trata el tema de la religiosidad de la protagonista porque en ningún momento se nos presenta como una mujer mayor devota y plana que no tiene la capacidad de pensar más allá de sus creencias, aunque la historia y el imaginario colectivo den pie a ello. Es más, Philomena Lee se retrata como una mujer de mundo que sabe que ha hecho todo lo que podía hacerse por encontrar a su hijo y que encuentra consuelo en saber que él también la estuvo buscando. Su templanza y la dignidad con la que enfrenta la situación hacen que el enfado del periodista Martin Sixmith con la hermana Hildegarde casi parezca una rabieta, algo infantil e inútil cuanto menos.

Philomena es tan pragmática como devota y es precisamente su fe, su tranquilidad frente a la muerte, lo que hace que el fatal desenlace no se haga tan insoportable.

La película personaliza la revisión de la historia que la sociedad irlandesa ha llevado a cabo en los últimos años. Desde 2010, cuando la periodista Catherine Corless comenzó a publicar artículos contabilizando los bebés muertos en diferentes Hogares para Madres y Bebés de Tuam (Galway), se han dado pasos para compensar, si es que se puede, las atrocidades cometidas en diferentes centros religiosos de todo el país. A raíz de las investigaciones de Corless, que contabilizaban un total de 796 bebés fallecidos en un solo convento de Tuam, se abrió una comisión de investigación que hasta el momento ha conseguido el perdón institucional y la promesa de compensación económica por parte del gobierno a las familias afectadas. En enero de este mismo año, el primer ministro irlandés pidió disculpas por “este capítulo oscuro, difícil y vergonzoso de la historia irlandesa”. Así mismo decretó: “Como nación, debemos enfrentar la verdad sobre nuestro pasado”. Ya no solo por los actos cometidos por las monjas que residían en los conventos sino por el uso que la sociedad hizo de estos espacios como estercoleros de mujeres “impuras” cuyo castigo fue no volver a ver a sus hijos, bien porque estos morían en el parto, bien porque eran dados en adopción de manera forzosa.

Catherine Corless viendo el discurso a los supervivientes del primer ministro irlandés

En la película, Philomena le explica a Sixmith cómo firmar el contrato de adopción fue su única opción. Ya no solo porque estaba convencida de que este era su castigo por “pecadora”, sino porque realmente no tenía un colchón económico con el que garantizar el futuro de su hijo ni el suyo propio. El contrato, con el que la mujer asegura tener pesadillas recurrentes, reflejaba su conformidad con el trámite, así como la prohibición de volver a buscar a su hijo. A esta última cláusula se acogieron muchas de estas monjas para negar el contacto entre hijos y madres biológicas una vez vendidos los niños a sus nuevas y brillantes familias americanas.

Es descorazonador ver cómo una y otra vez Philomena repite que ella no hubiese sido capaz de darle un futuro así a su hijo. Tan de madre y tan duro de escuchar. Hay una frase del colectivo activista español Territorio doméstico que reza: “desde la pena nada, desde la dignidad todo”. La historia de Philomena Lee, su desenlace y el revisionismo histórico que gracias a su testimonio y al de tantas otras madres se ha llevado a cabo en los últimos años tienen esta esencia. Al final de la película Sixmith anuncia que no va a publicar la historia de Philomena por considerarla algo íntimo. Esta le ruega que lo haga porque la historia “debe conocerse”. Porque es la única manera de dignificar algo que nació de la vergüenza, la única forma de honrar el relato de la pena.

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