Cincuenta años de la Capilla Rothko

Antes de que el año acabe me gustaría rendir homenaje en su cincuenta aniversario a uno de los monumentos más emblemáticos del siglo XX, la Capilla Rothko de Houston.

Inaugurada en 1971 como primer centro del mundo ampliamente ecuménico, nació como espacio espiritual y de meditación para todas las personas, independientemente de sus credos -o la ausencia de estos-. Con el tiempo se ha convertido a su vez en sede de intercambios culturales, religiosos y filosóficos internacionales, foro para la defensa de los derechos humanos y, también, museo para su artífice, Mark Rothko.

La capilla fue patrocinada por John y Dominique de Menil, matrimonio de filántropos, mecenas y coleccionistas de arte contemporáneo. Habían quedado fascinados por lo que un artista en libertad podía ofrecer a un espacio religioso tras haber contemplado la Capilla de Matisse en Vence y la Capilla de Le Corbusier en Ronchamp, y decidieron encargar a Mark Rothko un conjunto pictórico para una capilla en Houston. Conocían bien al pintor y admiraban la capacidad de sus abstracciones para la introspección. En efecto, como expresionista abstracto americano, su obra subrayaba el carácter expresivo del arte a partir de la interiorización individual alejada de referentes externos así como la profunda vivencia entre obra y observador. Rothko aceptaría encantado aquel encargo aunque solicitando intervenir también en el edificio, con el objetivo de crear un marco que potenciara el valor trascendental de su pintura.

Lo primero que llama la atención de la Capilla Rothko es la sencillez del conjunto. Su primer arquitecto, Philip Johnson, planteando una obra monumental más que un espacio minimalista para la meditación, entró pronto en desacuerdo con el pintor, debiendo concluir el edificio Howard Barnstone y Aubry Eugene. El resultado es un pequeño edificio de ladrillo tostado de una sola planta con forma de cruz griega rodeado por una arboleda. Frente a él un espejo de agua sobre el que se eleva una escultura de acero dedicada a Martin Luther King, Broken Obelisk, de Barnett Newman, parece estar flotando. Dos pesadas puertas negras dan el acceso al interior de la capilla, un silencioso espacio octogonal de paredes claras, sin ventanas, sumamente austero, que deja todo el protagonismo a las pinturas de inmenso formato que ocupan cada una de las ocho paredes y absorben al visitante que penetra el espacio. Una claraboya en lo alto del edificio permite la entrada de la luz natural; a pesar de que Johnson advirtiera que con el tiempo perjudicaría la conservación de las pinturas -lo que en efecto pasó-, Rothko insistió en su instalación pues solo la luz natural podía modificar la percepción visual de las tonalidades de sus pinturas mientras eran contempladas, algo que consideraba fundamental para facilitar la meditación. Ocho austeros bancos de madera conforman todo el mobiliario de la estancia.

En total son catorce los lienzos que pintó para cubrir las ocho paredes, tres trípticos y cinco pinturas individuales. Rothko estuvo trabajando sin descanso en ellos desde que recibió el encargo en 1964 hasta 1967. En una carta a su mecenas hablaba sobre cuánto valoraba este encargo, pues la capilla le había abierto una

perspectiva que estaba más allá del que consideraba ser el límite de su pintura, superando incluso la idea de abstracción. Las catorce pinturas son extremadamente simples, consistiendo todas ellas en un enorme rectángulo casi negro al que de manera apenas perceptible incorpora sutiles variedades cromáticas y efectos de textura. Es tal su simplicidad aparente que algunos espectadores a primera vista encuentran la obra poco atractiva, y no es raro oír a algún visitante preguntando dónde se encuentran las pinturas al entrar en la sala. Y es que es solo a partir de su contemplación cuando de sus oscuras tonalidades emerge una realidad que va más allá de cuanto nos rodea y que nos guía al mismo tiempo a nuestro propio interior y al infinito, guiándonos, en definitiva, hacia lo divino.

A esta fusión entre arquitectura y pintura se uniría posteriormente la música. Los Menil encargaron a Morton Feldman, compositor y amigo del pintor, la obra Rothko Chapel, que debía inspirarse en el propio espacio de la capilla y sus lienzos, conformando el conjunto una obra de arte total en la que los distintos componentes artísticos no se combinaran, sino que se identificaran absolutamente entre ellos. Este reto musical, que difícilmente habría sido alcanzable para los compositores europeos del momento, centrados en la técnica compositiva en sí misma, sí era posible para los compositores americanos, que tendían a un enfoque menos técnico y más global, integrador y conceptual, posibilitando el contacto con otras vanguardias artísticas. Feldman compartía con los expresionistas americanos un lenguaje abstracto con el que aspiraba a la expresión pura. Su obra y la de Rothko coincidieron en la austeridad de medios, la simplicidad, el minimalismo, el estatismo y, sobre todo, la emoción espiritual. Tradujo la iluminación tenue del espacio para la contemplación en el silencio y las dinámicas en pianísimo. Los inmensos lienzos monocromos con sus sutiles variaciones los recreó en un prolongado y estático acorde coral reactivado por la entrada y salida de distintas voces de forma escalonada y apenas perceptibles. Estrenada en la propia capilla, la obra constituye una excepcional fusión entre artes visuales y música y, en cierto modo, un réquiem en homenaje al pintor.

Rothko nunca llegó a oír la música ni a ver las pinturas instaladas pues se suicidó poco antes de su inauguración. Pero desde hace cincuenta años permanece su obra fomentando la meditación, facilitando la comunión con la trascendencia y potenciando las altas aspiraciones en un espacio que rompe barreras, ya sea entre las artes como entre todos los seres humanos.

Deje su comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here