“Gajes del oficio de gobernante”

En una ceremonia solemne que se realizó en la sede del Ministerio de la Defensa, unas antorchas alumbraban el acto militar del Zapfenstreich con el que se homenajeó en una anochecida y fría Berlín a Angela Merkel, pocos días antes del traspaso de poderes previsto para el 8 de diciembre de 2021, tras 16 años como canciller. Escasas son las ocasiones en que un gobernante recibe tan altos honores con homenajes de este tipo por su dilatada carrera al frente de un gobierno, y siendo alabado por camaradas y rivales políticos. Más raro todavía es el caso de Angela Merkel, no solo por ser la primera mujer canciller de Alemania, sino por haber encadenado cuatro mandatos, tantos como K. Adenauer, y uno menos que H. Kohl.

La mayoría de los gobernantes acaban como las historias de amor, mal, como norma general. Derrotados electoralmente, derrocados por una moción de censura, dimitiendo, perseguidos por la justicia, exiliados, o en el peor de los casos, asesinados. Son “gajes del oficio”.

El oficio de gobernante puede ser inaceptable, así le ha ocurrido al que era ministro de exteriores austriaco Alexander Schallenberg, hasta que el 11 de octubre le tocó hacerse con el cargo de canciller federal tras la dimisión de Sebastián Kurz, líder del partido conservador ÖVP desde 2017, investigado por la fiscalía anticorrupción. No siempre es fácil agarrar la patata caliente y mucho menos tragársela, aunque estos lances sean “gajes del oficio”.

En la República de Platón, la riqueza sería un impedimento para el estado justo que pretenda la felicidad de los ciudadanos, y por ello debe de alejarse a los gobernantes de la riqueza y remunerarles solamente con lo que necesiten para su manutención, ya que servir al estado es su más alta recompensa. Sin embargo, en las repúblicas y estados actuales, los salarios de gobernante o representante del pueblo son normalmente altos, (aunque algunos diputados honestos renuncien en ocasiones a dietas que consideran innecesarias), y, además, muy a menudo se invita la corrupción al festín. La siempre tentadora corrupción que confunde las almas racional, irascible y concupiscible, es una espada de Damocles. No solo deben los corruptos tener cuidado con la justicia sino también con la traición. No sucumbir a la seducción del ir más allá de lo legalmente permitido y velar por que la corrupción no se instale alrededor, le manche o le alcance, son “gajes del oficio” del buen gobernante.      

El oficio de gobernante y sus “gajes” pueden ser muy ingratos, basta con recordar a Mariano Rajoy, quien acaba de publicar su “Política para adultos”, ser agredido por un menor de edad, durante un paseo electoral en Pontevedra, una tarde de diciembre de hace seis años.

En una entrevista que se publicó en enero del año 2020, otro expresidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, confesaba al por aquel entonces recientemente elegido vicepresidente Pablo Iglesias, quien desempeñaba sus funciones de periodista del medio Público TV, la angustia que había sufrido en los años 2009 y 2010, en plena crisis económica, al tener que pedir al mundo 120.000 millones de euros para pagar las pensiones, a sabiendas de que podrían darse las circunstancias de que le dijeran que no. No podía imaginar aquel optimista Pablo Iglesias las adversidades a las que se enfrentaría el gobierno de coalición debido a la crisis sanitaria, ni que Pedro Sánchez tendría que pedir igualmente ayuda para combatirla. Son “gajes del oficio”.

Hay días en que parecen los amos del mundo y otros nos sorprenden haciendo pucheros; ahora hablan con criterio y categóricamente, ahora se tragan sus palabras; hoy se ponen de acuerdo en el desarme global o en tomar medidas contra la pandemia y mañana están de gira para alcanzar acuerdos diplomáticos o comerciales vendiendo armamento. Como ejemplo, Emanuel Macron, de los raros que renuncian a la pensión vitalicia de expresidente, en su caso prematuramente. En una gira por los países árabes ha logrado un contrato para vender 80 aviones de combate Rafal y 17 helicópteros Caracal a los Emiratos Árabes Unidos por una suma de diecisiete mil millones de euros. La industria francesa saluda con champán la buena nueva. ¿Existe otra manera de intentar revertir la balanza comercial o paliar el desequilibrio, más aún tras la pérdida del millonario “contrato del siglo” que les vinculaba con Australia? Horas más tarde, el propio Macron se reunió con el Príncipe de Arabia Saudita, Mohammed Ben Salmane, acusado del asesinato del periodista Jahmal Kassoghi, alegando que a la hora de pretender la estabilidad de Oriente Medio o de procurar la paz en el Líbano, se deben de mantener las relaciones y conversar con todos los actores. El opositor y candidato ecologista a las próximas presidenciales, Yannick Jadot, no ha sido el único en considerar el asunto de vergonzoso. Nunca llueve a gusto de todos, ser gobernante es sinónimo de ser criticado, preguntado, controlado y censurado; son “gajes del oficio”.    

Líderes de distinta índole; tradicionales, legal-racionales o carismáticos, Biden, Putin, Bolsonaro, Maduro, Boris Johnson y tantos otros, se enfrentan a los “gajes de su oficio”, o simplemente conviven con ellos, con mayor o menor poder para ejercer sus funciones y con más o menos correspondencia entre la política que ejercen y el sistema político que les legitima, en modelos en los que a veces no hace falta ser un dictador para firmar sentencias de muerte. A algunos como a Nicolas Sarkozy les persiguen los “gajes” incluso aunque ya no ejerzan, otros como Donald Trump, incendian el Capitolio y se van de rositas.

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