Sobre las carreras vocacionales, los “believers” de la meritocracia y otras minucias

Este artículo iba a desgranar punto por punto lo nuevo de Sexo en Nueva York, pero un apagón en Carrickanuroo (Leitrim, Irlanda) me tiene escribiendo a la luz de las velas, sin internet, ni posibilidad alguna de ver lo nuevo de S.J.Parker. Lo que viene a continuación va un poco de esto, del “Yo soy yo y (haré lo que me permitan) mis circunstancias”

A los que crecimos escuchando cómo nuestros padres construían la clase media a base de horas extras mal pagadas y pocas horas de sueño, la posibilidad de estudiar desahogadamente viviendo en casa durante 4, 5, 8 años (o los que hicieran falta) se nos presentó como un regalo. Un privilegiado punto de partida para poder dedicarnos a aquello que realmente nos gustaba. En España, la media de edad para decidir el campo al que quieres dedicar tu vida profesional (que en el sistema actual es tu vida entera) son los 17 años y, a mí personalmente, me gustaba no estudiar matemáticas. Scarlett Johansson dice en Vicky Cristina Barcelona no saber lo que quiere pero tener claro lo que no quiere. Siguiendo esta filosofía y aproximadamente un millón de decisiones erróneas después, puedo decir, ya con los estudios terminados, que no me encuentro en mejor posición que mis padres antes de trabajar todas sus horas extras y renunciar a sus tan preciadas horas de sueño. Ojalá las hubiesen dormido.

La meritocracia es como creer en Dios. Al principio todo tiene sentido: haces la comunión y la confirmación o el equivalente universitario, vas a misa de vez en cuando y piensas en el futuro tan apacible que te espera en el reino de los cielos (a.k.a mercado laboral). No obstante, un día enciendes la tele ya crecidito, con 16 o 17, y aparece en las noticias el Huracán Katrina, o la crisis de los refugiados o igual Spotlight, y lloras. El equivalente a un creyente que ve su primera película sobre abusos infantiles cometidos por la Iglesia, es un estudiante universitario en su segundo año de carrera. Vamos a dar primero de margen porque con la emoción y la fiesta puede que se te pase por alto lo perverso del sistema, pero en segundo ya si que no hay excusa posible. En segundo ya descubres la verdadera Santísima Trinidad:

Padre: no vas a aprender nada que te vaya a servir de cara a encontrar, mantener o ejercer ningún tipo de trabajo en el mundo real

Hijo (de): sin saber muy bien cómo, algunos de tus compañeros ya tienen prácticas o incluso empleos en las mejores empresas del país (“sin saber cómo” es un eufemismo de contactos que a su vez es un eufemismo de dinero)

Espíritu santo: el tiempo perdido. Ya vas por la mitad. ¿La vas a dejar ahora?

La vocación la pierdes en algún momento entre segundo y tus primeras prácticas. En mi caso fue un mix entre que me censurasen artículos en el periódico de la universidad “para que me fuese acostumbrando” y un par de cosas que pasaron en unas de mis prácticas de las que no puedo hablar debido a los acuerdos de confidencialidad.

Sin pretensión de lloriquear ni de decir que pase nada por tener que trabajar de lo que sea como hicieron nuestros padres (a ninguno se nos caen los anillos, de hecho, es que al final no queda otra que trabajar de lo que salga cobrando una miseria) hay que decir que esto de que todo fuese una estafa piramidal es un problema.  Ya no sólo porque nos hayamos creído todos clase media y ahora estemos desorganizados, sin sindicatos fuertes, sin conciencia de clase y tragando con unas condiciones laborales bastante precarias. Sino porque la caída del mito meritocrático y el desengaño con la cultura del esfuerzo hacen que el entendimiento con las generaciones anteriores se vuelva imposible. Porque si ellos pudieron ¿por qué no puedes tú también? Si encima partiste de una posición mejor, si encima tienes estudios, si encima te lo han dado (y pagado) todo. La culpabilidad y la crisis de identidad que enfrentan las generaciones que tienen que presentarse ahora desengañadas y sin vocación cuando el trabajo se ha configurado socialmente como principal seña de identidad es desoladora.

Porque antes podías limpiar baños y al menos te quedaba la dignidad de hacerlo para proporcionarle a tu descendencia unos estudios que se tradujesen en un mejor trabajo que se tradujese en un mejor futuro. Porque ahora es todo malvivir y con la cabeza gacha porque encima es tu culpa por no haber sabido aprovechar el sacrificio de los que trabajaron muchas horas y dejaron de dormir muchas otras para que tu aprendieses a vivir (y supuestamente a cobrar) mejor.

Deje su comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here