La fábula japonesa de la dicotomía humana

«Este lugar forma parte de un mundo distinto al tuyo, chico. Las bestias que lo habitamos podemos convertirnos en dioses algún día».

Dos mundos paralelos, dos posibles caminos a seguir, y un único trayecto vital. La cultura oriental japonesa, la del anime y el manga, nos vuelve a aleccionar con la moral y la ética que nos presenta, a partir de sus creencias más naturalistas y, me atrevería a decir, respetuosas con el resto de las criaturas.

Después de Los niños lobo, el director y animador japonés Mamoru Hosoda, volvió a la pantalla grande, en 2015, para presentar El niño y la bestia (Bakemono no ko); una tragicómica película animada que pretende enseñar, tanto al público infantil como al adulto, que todos los humanos pasamos por fases de vida similares, y que, por tanto, no estamos solos ante la oscuridad ni la dicotomía que, muchas veces, esto representa.

Pero, y a diferencia del orden al que estamos acostumbrados, esta pieza de anime apareció ante el espectador como la obra original de Hosoda. Sin embargo, esto en ningún momento ha impedido que los fanáticos de la lectura hayan podido disfrutar también de la obra. Gracias a Renji Asai, la adaptación al manga llegó en cuatro volúmenes, antes, incluso, de que la película se estrenara en la gran pantalla. Un trabajo colaborativo que permitió que toda clase de público pudiera disfrutar de la historia de Kyûta y Kumatetsu.

La trama es la misma, sea leída o visionada, y sigue la vida de Ren o Kyûta, un niño de nueve años que se queda solo después de la muerte de su madre. Es a partir de ahí, y del odio por los humanos que comienza a crecer dentro de él, que Kyûta acaba conociendo a Kumatetsu, una bestia sobrenatural. Y, sin planearlo ni pensarlo siquiera, se encuentra en el mundo al que pertenece la bestia, viviendo, comiendo y entrenando.

La diferenciación en el nombre del personaje principal ya nos muestra los dos caminos que éste puede tomar. Ren representa su vida en el mundo humano, en este caso en la ciudad de Shibuya, en el que ha nacido y crecido durante sus primeros nueve años. Kyûta es el nombre que le pone Kumatetsu, y muestra su faceta en el mundo de las bestias, en la ciudad de Jûtengai, donde ha madurado para llegar a ser un joven de 17 años.

Gracias a la presentación oriental de esta historia, acostumbrados a la veneración de animales y bestias, podemos observar una clara alegoría. Los humanos, como explica el personaje Iôzen desde el inicio, albergan una oscuridad dentro de ellos que, si en algún momento los consume, acaba transformándolos en monstruos. Por el contrario, las bestias de Jûtengai no sólo no presentan esta oscuridad, sino que, además, son capaces de reencarnarse en divinidades. «Hay una razón por la que nuestro mundo y el de los humanos deben permanecer separados. Los seres humanos son débiles, albergan tinieblas en lo más profundo de su corazón».

Así, la presentación de estos dos mundos paralelos tan iguales y diversos a la vez, no sólo deja clara la diferencia entre la pureza y tradición animal y la corrupción y modernidad humana, sino que también muestra como un adolescente de 17 años debe elegir, ante esta dicotomía, una de las dos vidas; siendo incapaz de convivir en ambos mundos a la vez.

Además, también vemos la reconocida relación, ya observada en otros filmes de cultura oriental como Karate Kid, entre maestro y discípulo. En este caso, Kyûta acaba siendo uno de los grandes guerreros de la ciudad de las bestias, convirtiéndose en el aprendiz de Kumatetsu. Igualmente, y como ya ocurría en la película de artes marciales mencionada, llega un momento en que, y como comenta el venerable en una escena, la línea entre maestro y discípulo se vuelve difusa: «¿Quién ¿es el maestro y quién es el alumno?». Demostrando así que, aunque uno tenga muchas cosas que enseñar y el otro que aprender, la educación siempre acaba siendo bidireccional.

En todo momento, como ya se ha ido mencionando, y nos centremos en la parte de la historia que sea, existe una dicotomía, muy humana. Una necesidad de escoger entre dos mundos, personas o caminos, paralelos, pero distintos. Sin embargo, hay que tener presente que no se trata de la lucha entre estos dos caminos, sino que, en todo momento, la lucha es contra uno mismo, y la dualidad que presentamos dentro de nosotros.

Si pasamos a comentar los aspectos técnicos de la animación, aunque de forma menos espectacular que las producciones de Studio Ghibli a las que estamos acostumbrados –estas quizás son más armoniosas y naturales, en el movimiento y la animación, a diferencia de la sencillez en la puesta en escena de la cinta en cuestión-, esta cinta mantiene un buen nivel artístico. Tanto en la creación y diseño de los personajes redondos, que mezclan animación tradicional con animación generada por ordenador, como en el doble escenario en el que se desarrolla la historia, que presenta un gran contraste entre el realismo y la creatividad y fantasía. Con unos efectos visuales y de sonido espectaculares, llamativos y que apoyan el momento de la trama representado; y una banda sonora compuesta por Masakatsu Takagi, con 27 temas muy melódicos y que acompañan, en todo momento, el hilo narrativo de la obra.

Una vez más, Hosoda vuelve a la gran pantalla, para presentar las problemáticas del mundo real, de forma fantástica y armoniosa. A partir de personajes simpáticos y que llegan a todo tipo de público, y con escenarios llamativos y espectaculares, nos enseña cómo hacer frente a los problemas más comunes y que, pase lo que pase, y nos sintamos como nos sintamos, nunca estaremos solos en esta obra que llamamos vida.

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