Más vale lo malo conocido… o no.

Las secuelas de series antiguas son como las películas de navidad de Antena 3. Un momento para sentarte en familia al calor del fuego y decir: dios mío qué malo, dios mío qué cringe y mírala qué mayor y mírala qué operada y qué anticuada. Sin poder despegar un ojo. El ritual se legitima por la antigüedad del contenido. Si en los 90 yo podía decir según qué cosas sobre el largo de la falda de Carrie, ahora ya me sale automático. A nadie se le ocurriría comentar así una serie actual como Community o Sex education, pero la veda se abre con Las Chicas Gilmore, Friends o Sexo en Nueva York. Como si el tiempo no hubiese pasado.

No puede negarse que la incertidumbre pandémica reforzó el consumo de nuestras series de siempre. El tiempo libre (de los que pudieron permitirse parar), el auge de las plataformas en streaming y, sobre todo, la necesidad de certezas, hicieron que todos volviésemos a Stars Hollow o al Central Perk. Porque al final, en el maravilloso mundo de la ficción, Lorelai siempre termina con Luke, Rory siempre consigue su tan ansiado trabajo de reportera, Mónica siempre tiene a sus gemelos y el mundo, temporada tras temporada, gira hacia donde tiene que girar. Pero no es solo eso.

Volver a los primeros dosmil implica volver a medir con nuestra vara de siempre. No cuestionar las relaciones, no analizar el comportamiento de cada personaje hasta la extenuación. Si Carrie se arrastra por un tío que la deja plantada en el altar diremos: qué romántico; si Logan fuerza a Rory a elegir entre su carrera profesional y su relación pensaremos: pero fue el mejor novio; si Rachel tiene que renunciar a su sueño por volver con Ross gritaremos: ¡Por fin! Y nuestra pequeña Bridget Jones interior, siempre a dieta, se permitirá sentarse a llorar engullendo esa tarrina de helado que asociamos al descanso y a las amigas. Porque bastante tenemos con la pandemia mundial como para encima sentirnos culpables por disfrutar de esa representación del amor romántico noventero ahora casposo, sí, pero aún terriblemente interiorizado.

Ahora bien, una cosa es defender estos pequeños oasis atemporales a los que volver y otra muy diferente querer que la historia continúe en pleno 2021 desde la misma postura acrítica y desfasada. Ni la nostalgia ñoña del reencuentro de Friends, ni el utópico final de Las Chicas Gilmore, ni mucho menos la distopía geriátrica de And Just Like That tienen sentido más que para explotar un poco más la necesidad de seguridad colectiva que experimentamos durante el confinamiento.

El ‘bug’ termina de producirse cuando uno de los actores de nuestras míticas aparece envuelto en una polémica de agresión sexual, véase Chris Noth (a.k.a Mr. Big) después del estreno de And Just Like That. Y así, de golpe y porrazo, aterrizamos en nuestra realidad que es aún machista y aún patriarcal. Que mata y que viola. Pero, sobre todo, que se ve reforzada por los discursos y las dinámicas de poder que existen dentro de la industria del entretenimiento. 

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