Sobre la Adoración de los Magos de Giotto

El nacimiento de Cristo es una de las escenas más representadas en el arte desde que en el año 313, tras proclamarse el Edicto de Milán, finalizaran las persecuciones contra los cristianos. Al principio la Navidad se celebraba el 6 de enero y las primeras representaciones solían captar por tanto el momento de la adoración de los Reyes Magos. En el año 354 el Papa Liberio trasladó la fecha al 25 de diciembre para que coincidiera con la festividad pagana del solsticio de invierno, relacionando de este modo a Jesús con el Sol que ilumina el mundo. Aunque las pautas de representación del nacimiento variaron, el momento de la adoración de los Reyes Magos continuó entre los preferidos de los artistas.

Una de las imágenes de la Natividad más conocidas e interesantes del arte universal es La Epifanía o Adoración de los Magos de Giotto, pintada en Padua entre 1304 y 1306. Forma parte del conjunto de pinturas al fresco que realizó en la capilla construida por Enrico Scrovegni para expiar los pecados de usura paternos, la usura estando prohibida en una Italia que, a raíz del culto franciscano a la pobreza, llegaba a negar a quienes la practicaran los últimos Sacramentos.

Giotto pintó la capilla después de terminar los frescos de Asís, que supusieron el gran laboratorio para sus futuros logros. Para pintarla se instaló en Padua, famosa en aquella época por su prestigiosa y culta universidad y por el clima de espiritualidad franciscana proveniente de la basílica de San Antonio. Todos estos bagajes se unieron en los frescos de la capilla Scrovegni, una de las cumbres del arte europeo.

Al entrar en el recinto llama la atención el azul de uno de los cielos más hermosos que se han pintado -y al que ninguna reproducción llega a hacer justicia- que alude a un espacio infinito vinculado a lo sagrado. Este enorme cielo domina no solo la bóveda de la

capilla sino también las escenas representadas en sus muros, mayoritariamente evangélicas, dotando al espacio de una ligereza e ingravidez sorprendentes. Bajo el espacio celeste, Giotto introdujo en las escenas de la capilla nuevos aspectos que cambiarían el rumbo de la pintura, anunciando el paso de una sociedad teocéntrica a otra antropocéntrica en la que el hombre sustituía a Dios como centro del universo. El hieratismo medieval cede en ellas  ante un nuevo naturalismo a partir del carácter narrativo de las escenas, la intensidad emocional de los personajes, el volumen de las figuras y la introducción de la perspectiva, liberando el revolucionario pintor con sus frescos al arte de los rigores medievales para llevarlo a las puertas del Renacimiento.

Giotto se basa en el Evangelio de san Mateo (2, 9-11) para representar La Adoración de los Magos: «Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino; y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.»

Siguiendo la iconografía antigua, Giotto representa tres reyes blancos de tres edades diferentes con regalos ante el niño, la Iglesia católica aún no habiendo dictado que fuesen de tres razas diferentes. En realidad la Biblia tampoco menciona que los Reyes Magos fueran tres ni que fueran reyes, refiriéndose a ellos simplemente como magos. Pero esta imagen forma parte de la tradición cristiana desde hace muchos siglos, posiblemente por la cita del Libro de los Salmos (72, 11): «Todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las naciones» y porque fueron tres los regalos que le hicieron: oro, como símbolo de dignidad real al ser el más precioso de los metales; incienso, como símbolo de divinidad al ascender tras ser quemado; y mirra, como símbolo de humanidad al ser utilizada para ungir los cuerpos en la sepultura. Lujosamente ataviados, Gaspar y Baltasar observan de pie al niño mientras Melchor, en gesto de humildad, se arrodilla, se despoja de su corona y vacía sus manos, un ángel guardando su ofrenda.

La Virgen María aparece como Reina del Cielo con vestimentas reales a diferencia de San José, a quien muestra con expresión de recogimiento y con un ropaje casi tan austero como el de los camelleros que, centrados en su labor de cuidar a los animales, sus rasgos, actitudes y atuendo traducen la habilidad de Giotto para sugerir no solo el rango social de sus personajes sino también su personalidad.

Culmina la escena la Estrella de Belén surcando el intenso azul celeste que domina la capilla. Giotto la pinta con estela, es decir, como un cometa. Aunque hoy esta particular representación es habitual, hasta entonces la estrella de Belén había sido representada como la estereotípica estrella de puntas, siendo este fresco el que varió la idea colectiva del episodio bíblico. Parece evidente que se trata del cometa Halley, que asombró Italia cuando atravesó su cielo en 1301, pocos años antes de que el artista pintara la capilla.

La Agencia Espacial Europea no pasó por alto la pintura y en 1986, en su primera misión de gran alcance, envió una sonda al cometa Halley a la que bautizó «Giotto». La misión fue un éxito, logrando la Giotto atravesar el misterioso cometa que, siglos antes, había retratado su homónimo guiando a los Magos en la capilla Scrovegni.

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