El poder es mío

Sobre la duna y contra el cielo azul se recortaba la silueta de un hombre desnudo, calzado con unas ajadas botas de caña alta, protegido del terrible sol con un sombrero de ala ancha tramado manualmente con tiras de hoja de palmera.

Al límite de sus fuerzas blasfemaba contra su mala suerte y la perra época que le tocaba vivir.

 Perplejo y anonadado, contemplaba el oasis muerto, cuyas aguas fueran claras como la lluvia. Se preguntaba como había podido mutarse en aquella especie de masa amorfa emanando hedor a trapos putrefactos, a rata muerta, que enrarecía el aire. Se dejó ir por la movediza pendiente de arena hasta el pie de la duna, al borde del agua muerta.  Tenía una sed insufrible.

El hombre, al que llamaremos Snuk, se sentó abatido. Estaba harto de huir. Pensó si no sería lo mejor llegar a un acuerdo con su pertinaz persecutor, pero, al recordar la agresividad que en repetidas ocasiones le había mostrado, desechó la idea. Le pareció evidente que semejante carroña   intentaría liquidarle al menor descuido.

A pocos kilómetros hacia el sur existía un bosque de almácigos donde se podría camuflar, agenciarse un arco o una matraca. Comer, y encontrar agua. El cuerpo apenas respondía a su voluntad de proseguir. Ayudándose con brazos y piernas, reptó hasta la cúpula de la duna, donde tuvo que tumbarse cara al cielo para, respirando hondo para serenar el ritmo de su corazón. Permaneció largos minutos en esta posición, boqueando, aunque menos de los necesarios por temor a dar ventaja al otro, que, además de poseer una reserva de agua, era más fornido que él.

A gatas, jadeando como un perro, dirigió la mirada a lo lejos, donde un puntito oscuro avanzaba. Sobresaltado, pretendió serenarse diciéndose que solo existía en su retina, aunque en el fondo de él mismo creía que el infatigable tipo de siempre seguía teniéndolo a sus talones. Rodó por el lado opuesto de la duna y aceleró la marcha hacia el sur. Exhausto alcanzó la primera fronda del bosque, el contacto físico con el frescor de los helechos le revivió, el riachuelo que corría entre ellos calmó su sed y, su hambre, las plantas comestibles y los deliciosos frutos silvestres al alcance de la mano.

Buscó un escondrijo para pasar la noche en seguridad. Entre dos gruesos troncos y unas rocas se durmió rendido, enroscado sobre el mismo como un armadillo.

Despertado por los primeros rayos de luz y el piar de los pájaros madrugueros estimó de prudencia encaramarse a un árbol para otear lo más lejos posible. Minutos después, había conseguido convencerse de su soledad y, con la esperanza de que el otro se hubiese perdido, descendió, no obstante desconfiado.

Una rama, a golpe de cuchillo, la transformó en lanza. Otra más corta y gruesa le sirvió de cachiporra. Viéndose armado, el mundo le pareció menos complicado y su enemigo no tan grande.

Al cabo de una semana de falsos sobresaltos y libre de angustias paranoicas, comenzó a sentirse verdaderamente bien hasta, por momentos, descuidar ciertas precauciones elementales.

Sentado en un claro, comiendo un puñado de moras de zarzal, tomó la determinación de continuar hacia el oeste y convertirse en el jefe de la zona, atravesaría el bosque torciendo a la salida, hacia la izquierda, para despistar, aunque lo consideraba innecesario, pues lo más probable era que las alimañas estuvieran relamiéndose con los restos de su rastreador, calcinado por los 50 grados a pleno sol y el aire ardiente de su camino equivocado.

Se atrevió a sacar de su bota la cajita de cartón, pensó en el lejano día que tuvo la suerte de encontrarla entre los escombros de una ciudad arrasada. Una desbandada de mirlos asustado le precipitó a ocultar su preciado objeto. Cogió la lanza y corrió para perderse reptando en la vegetación y allí se quedó quieto, tenso, respirando apenas. Al final de casi una hora de angustia se rio de sí mismo, volvió a sentarse en el claro del bosque y a sacar la cajita de su escondrijo. En la palma de la mano la observó, dejando vagar la imaginación hacia el futuro, Tenía el Poder en sus manos. Comunidades enteras se habían mutuamente masacrado por lo que él guardaba y protegía con tanto celo.

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