“Hablar de Pobreza”

Hablar de pobreza en pleno siglo XXI debería ser como hablar de la peste negra o el descubrimiento de la rueda. Debería ser algo casi prehistórico. Un hecho sólo conocido a través de empolvados libros, yaciendo para deleite de estudiosos en alguna prestigiosa biblioteca. Una época oscura y vergonzante hartamente superada. Una época que la humanidad deseara fuera olvidada.

Hablar de pobreza nunca y de ninguna de las maneras debería significar, que de camino al trabajo nos encontremos con un mendigo dormido sobre cartones a la entrada de un cajero. O escuchar en las noticias que un anciano ha muerto sólo en su casa, porque a nadie le importaba. Hablar de pobreza no debería ser que un niño no tuviera niñez, porque junto con su ilusión e inocencia, se la hubieran arrebatado las bombas de una guerra o los instintos animales de un cruel pederasta.

Hablar de pobreza no tendría que ser una mujer raptada, violada y obligada a casarse, para vivir maltratada como una esclava, tanto y tantas veces que incluso soñara con que la muerte se le adelantara. Ni significar bebés deformes con ojos saltones, cabezas inmensas y costillas marcadas, en una piel que se enfría porque se les escapa la vida.

Hablar de pobreza no debería suponer el terrible sufrimiento de unos padres obligados a  vender a un hijo. O hablar de monstruos capaces de comprar a un niño y despedazarlo, para poder usurpare la sangre, el hígado o el riñón.

Hablar de pobreza no debería ser solamente hablar de estrategias, cifras, reuniones y convenciones; porque hablar de pobreza es hablar de seres humanos. De gentes, de personas, de vidas; como la tuya y como la mía. No son peores, defectuosos, inferiores, ni culpables. Es no que no han tenido nuestra suerte. No existe otra diferencia. Por mucho que lo intentemos, no hallaremos excusa.

Por eso, seguir hablando de pobreza es hablar de la mayor vergüenza de la humanidad. De su incapacidad por amar. De su falta de empatía y generosidad. De una interminable derrota: el bien siempre pierde y gana el mal. De la trágica ironía que supone llegar a la luna y no exterminar el hambre y la sed. Agua, pan y paz.

Por eso, hablar de pobreza con mayúsculas, no es hablar de la suya sino de la nuestra. De la mezquindad y el raquitismo de nuestros corazones, que avanzan por un camino equivocado  y que nunca alcanzarán la felicidad.

Vale más una de sus sonrisas, aquellas que nos ofrecen los que nada tienen y todo lo dan, que  los dorados y estúpidos tesoros que en nuestra efímera vida nos ocupamos de acumular.

Hablar de pobreza en definitiva, es hablar del final más triste y humillante de la humanidad.

«Talking about Poverty»

A report by Cristina Maruri

Talking about poverty in the 21st century should be like talking about the Black Death or the discovery of the wheel. It should be something almost prehistoric. A fact known only through dusty books, waiting for the delight of scholars in some prestigious library. A dark and shameful period that has been largely overcome. A time that humanity wished would be forgotten.

Talking about poverty should never, and in no way, mean that on the way to work we meet a beggar sleeping on cardboard at the entrance of a cash machine. Or hearing on the news that an old man has died alone in his home, because nobody cared. To talk about poverty should not be that a child did not have a childhood, because along with its illusion and innocence, its childhood would have been taken away by the bombs of a war or the animal instincts of a cruel pedophile.

To speak of poverty should not imply that a woman was kidnapped, raped and forced to marry, to live abused as a slave, so much so that she even dreamed that death would come before her. Nor should it mean deformed babies with bulging eyes, huge heads and scarred ribs, in a skin that cools off because life escapes them.

Talking about poverty should not mean the terrible suffering of parents forced to sell a child. Or talk about monsters capable of buying a child and tearing it apart, so that they can usurp the blood, liver or kidney.

Talking about poverty should not only be about strategies, figures, meetings and conventions; because talking about poverty is talking about human beings. Of people, of individuals, of lives; like yours and like mine. They are not worse, defective, inferior, or guilty. It is just that they have not had our luck. There is no other difference. No matter how hard we try, we will not find an excuse.

That is why to continue to talk about poverty is to talk about the greatest shame of humanity. Of their inability to love. Of its lack of empathy and generosity. Of a never-ending defeat: good always loses and evil wins. Of the tragic irony of reaching the moon and not exterminating hunger and thirst. Water, bread and peace.

That is why to speak of poverty with a capital «P» is not to speak of theirs but of ours. Of the meanness and ricketiness of our hearts, which are going down the wrong path and will never reach happiness.

It is worth more one of their smiles, those that are offered to us by those who have nothing and give everything, than the golden and stupid treasures that in our ephemeral life we are busy accumulating.

To speak of poverty, in short, is to speak of the saddest and most humiliating end of humanity.

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