Nostalgia de dar por hecho

Dicen los que viajan que echan de menos la casa y los de la casa que se asfixian, que no pueden más, que se van a conocer (algo del) mundo. Últimamente pienso mucho en que viajar es como emigrar desde el privilegio, como decir: sí, me voy. Con la boca pequeñita y la cabeza siempre en la posibilidad de volver. Y te puedes ir una semana o diez años que la vida que dejaste te espera y te prepara un tupper de lentejas cuando vuelvas porque te has quedado bien flaco, porque ahí fuera no se come bien.

Pienso esto mientras consumo historias dramáticas como Encanto o Belfast en las que los personajes se ven arrancados de su cotidianeidad y en las que la familia como ente dador de identidad se deforma para encajar el drama del hogar perdido. En la mejor escena de Belfast, el abuelo le dice al nieto: “Tu eres Buddy de Belfast, donde todos te conocen”. Pero ¿quién es Buddy en Inglaterra donde nadie le conoce? Ese tío que sale en Harry Potter seguramente, ese actor famoso, a quién le importa. Buddy en realidad es ese niño irlandés que se vio forzado a emigrar porque su barrio se convirtió en un campo de batalla donde protestantes y católicos se abrían la cabeza.  Buddy en realidad es ese niño al que sus abuelos querían mucho. Y ahí queda este documento gráfico en blanco y negro para dar buena cuenta de ello.

Cuando viajas integras la historia, cuando emigras la recuperas, y eso siempre implica una deformación. Si la identidad se construye a partir del relato que uno se cuenta a sí mismo y a los demás, el trauma y el desarraigo deben necesariamente dulcificarse a través de la nostalgia. Que no es mentir tampoco, es añorar. Y de repente sí, tus padres se gritaban y se tiraban platos a la cabeza, pero en el fondo se querían muchísimo y montaban escenas a lo Dirty Dancing en el pub local. Y de repente sí, tu abuela es una loca manipuladora que tiene al pobre bruno Bruno adiestrando ratones detrás de una pared, pero mira cuánto quería a abuelo y cómo salvó a sus trillizos de un destino fatal.

La familia, ese cajón desastre que uno no quiere entender hasta que llega el momento de explicar. Porque a toro pasado uno cuenta y coloca y, vamos a decirlo, se inventa, al gusto. A toro pasado todos los dramas absurdos, todas las desgracias patéticas, encierran un sentido o peor aún, un aprendizaje. Así cuando la abuela vuelve a admitir a Bruno en la familia, los Madrigal ya han aprendido que casita no se les caerá encima si permanecen unidos, así cuando la pobre abuela de Buddy se queda sola en Belfast se la puede ver en primer plano susurrando: “no mires atrás”. Dulcificar el maltrato, justificar el abandono.

Lo bueno de la ficción es que permite recrear la escena en la que lo bueno se daba por hecho. En una especie de catarsis para el creador, la nostalgia se trasforma en Realidad, en horarios infantiles, canciones lentas y muertos resucitados. Se puede encontrar en Belfast y en Encanto algo verdaderamente genuino a pesar de la manipulación. Son honestas amando su mentira, tanto que pretenden quedarse a vivir en ella.

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