El pintor mago

Cansado de vivir en la ciudad, más bien harto, alquilé una casita rústica en un pueblecillo, entre la ciudad de Foix y Toulose. Zona boscosa hábitat de jabalíes, ciervos, zorros y aves. Sitio ideal para el sosiego y la paz de alma, para pintar, para escribir, para reflexionar. Lugar donde instalé mi estudio con gran sorpresa de mis amigos y relaciones, incapaces de comprender mi súbito anacoretismo.

—Te vas a morir de aburrimiento, tío — me sentenciaban los amigos.

—No tengo tiempo para aburrirme. Si me acontece, ya os llamaré a la mesa con una buena cerveza y mejor vino, no perderemos nuestras viejas costumbres. No os preocupéis, necesito encontrarme conmigo mismo, es todo. —mi respuesta contentó a unos pocos. Pero Alicia, mi modelo, con la que llevaba durmiendo desde hacía seis meses, se cogió un buen berrinche. Los tacos que soltó me produjeron asombro, nunca me lo hubiese imaginado, me apabullaron y de golpe me quitaron las ganas de seguir con ella.

¡Dios!—exclamé con el corazón en taquicardia. —Si ahora que estamos aún en caliente reacciona con tanta inmadurez y agresividad, prefiero no pensar en un después.

Tres días más tarde, liberado de Alicia, cargué muy temprano mi furgón hasta los topes y abandoné mi apartamento con el móvil en modo silencio.

Mi nuevo lugar de vida estaba rodeado de castañeros, un afluente atravesaba el minipueblo de 150 habitantes y una laguna de aguas color esmeralda era plataforma de paso para aves emigrantes. Los olores y el silencio embriagaban. Apenas instalado me puse a pintar y a dibujar la explosión de imágenes expresionistas brotadas de mi pasión por la mineralogía y la botánica.

Una noche, ya entre sábanas, sonó el móvil que había olvidado sobre la mesita de noche. Lo cogí con fastidio al reconocer el número de Alicia.

—¡Hola! —siguió un largo silencio — ¿Estás ahí?.

—Sí, quiero pedirte disculpas por mi reacción visceral de hace tres semanas.

—Vale, gracias, pero mi decisión es firme. No te molestes por lo que voy a decirte: … Nuestra relación de amistad y cama ha sido perfecta, pero no me basta este tipo de complicidad. En cuanto nos cansemos de la sexualidad y del erotismo, no quedará otra cosa entre nosotros. Y además tu descarga emotiva del otro día, me rompió muchos esquemas. Por tanto, sigamos amigos y nada más. ¿De acuerdo?

—¡Vete a tomar por saco!  —Fue su respuesta añusgada, pero contundente y cortó.

—¡Joder! No me imaginé que pudiera ser tan ordinaria. En fin, mañana será otro día. —me acurruqué bajo el edredón y en un par de minutos roncaba como una marmota.

Al día siguiente, serían más o menos las ocho de la tarde, estaba arrellanado en un sillón enfrascado en la lectura de las Aventuras de Arthur Gordon Pyn, la única novela de Edgar Allan Poe, cuando llegó a mis oídos el ruido del motor de un coche que se aproximaba a mi casa a campo traviesa, única manera de hacerlo.

—Espero que pase de largo, — mascullé Pues no pasó, se detuvo justo delante de la puerta. Oí un portazo y enseguida dos timbrazos.

—Un momento, por favor, ya llego. —abandoné mi poltrona y abrí la puerta que daba al jardincillo delante de la casa. A pocos pasos ante mí una elegante dama, alta y muy guapa, con una niña de ojos azules, blanca como un pétalo de rosa y cabellera rubia en bucles, sonreían. Me pregunté si eran reales.

 —Disculpe, maestro. Estamos de viaje camino de Alemania. En el pueblo Más de Azil, en el Museo de la Prehistoria, participando en una visita guiada. Una persona mencionó su nombre recordando que usted había expuesto sus obras de arte en el museo, debe ser un amigo suyo porque sabía dónde tenía su actual estudio…Y como nos cogía de paso y a mi hija le encanta el arte pues…

La dama hablaba con un acento peculiar y una voz que asocié al terciopelo.

—Pase, señora —invité un poco anonadado por su empaque.

—Espero no molestarle, es un poco tarde para visitas. Permítame que me presente. Soy rumana. Mi hija se llama Viorica y yo Madame Crina Kovacs.

Encantado. Mi nombre es Frank Saile —dije extendiéndole la mano. Al sentir la suya en la mía, me sorprendió su fuerza y su tamaño.

La niña examinaba con mirada de adulto los cuadros colgados en las paredes del estudio o puestos en caballete, iba de uno a otro sin aspavientos. Se volvió hacia mí…

—Es usted excelente, señor Frank  —me dijo con aplomo y sonrisa incluida. Me alegra que mi mamá haya cambiado su itinerario para traerme aquí.

—¿De verdad te gustan, Viorica?

—Por supuesto… Y puede usted llamarme Campanilla, que es la traducción de Viorica.

Yo estaba sorprendido por el desparpajo natural de la niña y su evidente inteligencia superdotada. Su madre sonreía.

—De acuerdo, te llamaré Campanilla, como el hada amiguita de Peter Pan.

 Abrí una carpeta que había dejado sobre la mesa de trabajo y le dije:

—Pues si tanto te gustan voy a hacerte un regalo.  — Viorica me miró con cara de asombro. — Elige entre estos cinco dibujos el que más te guste.

—¿Puedo, mamá?

—Claro que sí. Es un regalo que te hace este buen señor.

 —Bueno, empezaré por rechazar los que menos me agraden. Uno, dos y tres. Estos los aparto, me quedan dos y de los dos elijo el de matices naranja.

—¡Adjudicado! — dije, bromeando con voz engolada y el dedo índice en alto.

En ese instante una gran mariposa nocturna entró por la ventana abierta a la espalda de Campanilla y se posó en la punta de mi dedo. Campanilla me miró con asombro. Yo fingí como si fuera algo absolutamente normal.

—Se llama Gran Pavón nocturno y también Saturnia Pyrie —precisé. Y, como dirigiéndome a la mariposa, dije: —“Ya ves que tengo una visita importante. Hoy no podemos hablar, vuelve mañana “.Hice un leve gesto con el índice y la mariposa se fue como si me hubiese comprendido.

A Campanilla le costaba creer lo que acababa de ver.

—Le has caído bien a esta Saturnia, me ha dicho que te regale el otro dibujo. —Lo cogí y se lo di. Su madre me miró con ojos de gratitud, las mejillas se le habían puesto sonrosadas.

—Gracias, señor Franck. Ha sido usted muy amable. Me hubiese gustado comprar una de sus obras, pero estoy muy corta de dinero. Y ahora tenemos que irnos porque el viaje es muy largo.

Al salir “Campanilla” me dio un beso y su madre un caluroso abrazo.

Afuera les esperaba el coche con su conductor uniformado. Entraron en él.

Pese al ruido del motor oí a Campanilla diciendo:

—Mamá este artista es también mago ¿verdad.

—Por supuesto.

—¿Tú crees que podría hacer que papá vuelva?

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