Ciudades imaginarias, sueños y pesadillas de escritores

La ciudad como representación de los sueños y pesadillas de los seres humanos que las crearon siempre encierran otras ciudades; las ciudades, a lo largo de la historia, fueron construidas por innumerables seres humanos, incluso existen urbes que se erigen sobre otras ciudades. Muchas de las ciudades reales han inspirado a otras imaginarias que, sin embargo, pueden ser más reales que las que existen o existieron.

Numerosos escritores han recreado ciudades verdaderas y les han dado un carácter mítico, hay referencias de ellas en la Biblia y en todos los libros sagrados. En la actualidad existen ciudades como París, New York, México, Buenos Aires y otras como la Barcelona del escritor Carlos Ruiz Zafón dotadas de imaginarios fantásticos. Otros escritores decidieron crear sus propias metrópolis, podemos encontrar descripciones de ellas en miles de libros por todo el mundo. Por ejemplo: Amaurota, capital de la isla Utopía (1516) imaginada por Tomás Moro, su nombre significa “sin muros”, haciendo referencia a la libertad en una época en la que las grandes ciudades de Europa estaban amuralladas. En esta isla todas las ciudades tenían la misma extensión, así como casas y granjas, el mismo diseño. Entre otros territorios de la imaginación tenemos a La Mancha e Ínsula Barataria, imaginadas por Miguel de Cervantes en El Quijote (1605). O la extraña Mildendo, la capital de Liliput, la isla de ficción de Jonathan Swift (1726).

Italo Calvino escribió un libro para contar de urbes poéticas con nombre de mujer,Las ciudades invisibles(1972), y para hacer creíble sus historias recurrió a un personaje real, Marco Polo, quien le va contando de las urbes a Kublai Kan, rey de los tártaros. Veamos algunos ejemplos: “De dos maneras se llega a Despina: en barco o en camello. La ciudad se presenta diferente al que viene de tierra y al que viene del mar”. “De la ciudad de Zirma los viajeros vuelven con recuerdos bien claros: un negro ciego que grita en la multitud, un loco que se asoma por la cornisa de un rascacielos, una muchacha que pasea con un puma sujeto con una traílla. En realidad, muchos de los ciegos que golpean con el bastón el empedrado de Zirma son negros, en todos los rascacielos hay alguien que se vuelve loco, todos los locos se pasan horas en las cornisas, no hay puma que no sea criado por un capricho de muchacha. La ciudad es redundante: se repite para que algo llegue a fijarse en la mente”.

Otros ejemplos: Vetusta fue el nombre que Leopoldo Alas Clarín fantaseó para la historia de La Regenta (1884), inspirada en la ciudad de Oviedo. La Tierra media (1930) es el continente concebido por la gran imaginación de JRR Tolkien, allí entre montañas, ríos, lagunas y abismos tenemos a la Comarca de los Hobbits, Gondor, Rhovanion, Mordor, Bahía de Hielo de Forochel, Minas Tirith o la Ciudad de los reyes, (que para mi hijo Luis Antonio ‒experto en este tema‒ es la más hermosa de las ciudades de la Tierra Media), y muchas otras ciudades que pudieron existir como Petra, que nadie cree que existe hasta que la visita.

El fabuloso Atlas de los lugares literarios, de Cris F. Oliver, libro que es un compilado de lugares literarios reales e imaginarios, presentado como una guía de viajes, lo usamos en mi familia durante la pandemia para hacer turismo sin salir de casa. Fue interesante descubrir que algunos lugares (libros) los conocíamos toda la familia y algunos, solamente uno de nosotros, quien explicaba a los demás cómo era ese lugar o ciudad. Recorrimos treinta lugares, ciudades, islas, países, continentes e ínsulas. Lugares como Narnia, La Tierra Media, El País de las Maravillas o incluso Hogwarts. Lugares como Panem de Los Juegos del hambre, la isla de El señor de las moscas, el Londres de Sherlock Holmes, El Asteroide B 612 de El Principito, Camelot, Terramar, Ingary, Liliput, Gotham City y muchos otros, descubrimos que cada uno de nosotros poseía sus propios mundos y viajamos por universos fantásticos. En ese libro, Oliver escribe, entre otras, la ubicación de Ciudad Esmeralda, la capital de Reino de Oz: “Justo en el centro de la región, en el punto preciso en que las diagonales de los distintos países se cruzan, se encuentra la mítica Ciudad Esmeralda, desde cuyo palacio han gobernado monarcas tan dispares como: un farsante de corta estatura, un espantapájaros sabio o una princesa perdida”.

Juan Carlos Onetti, escritor uruguayo, inventó la ciudad de Santa María, en la novela El Pozo (1939) y luego siguió siendo escenario de sus más grandes obras, como Juntacadáveres, mi favorita; alguna vez dijo que Santa María es una libertad literaria basada en Montevideo. El escritor español Luis Mateo Díez inventó sus propios lugares y pueblos, en una entrevista “habla de su génesis y características y de todo lo que puede implicar una comarca imaginaria: ‘Desde las estaciones provinciales acoté un espacio, una ciudad de provincias que no se nombraba, podía ser León. Y ese espacio no era inocuo, creaba una necesidad. Había un intento de tener una geografía personal, y esa geografía dio origen a otra, imaginaria, un territorio global provinciano. A estas alturas, toda mi obra se ha desarrollado ahí, con ciudades que yo llamo de sombra: Ordial, Balma, Armenta, Doza, Borenes…’”[1].

El italiano Umberto Eco en la novela Baudolino, escribió sobre Pndapetzim un espacio citadino extraño, habitado por monstruos humanoides del bestiario medieval de lo más insólito. Gabriel García Márquez produjo las calles y patios de Macondo, una de las ficciones urbanas más reconocidas en Latinoamérica, junto a Comala de Juan Rulfo. En la magnífica y mágica Cien años de soledad (1967) este pequeño pueblo fundado por José Arcadio Buendía es descrito así: “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

En muchas novelas los pueblos, ciudades y urbes son también protagonistas de la obra, en Pedro Páramo de Juan Rulfo, Comala asume ese rol: “Hace calor aquí”. Antes de bajar para entrar a Comala, Abundio responde: “Sí, y esto no es nada”. El aire mueve el calor que luego se compara con el del pueblo: “Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Ni siquiera ventea un poco, es el calor del infierno. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija, concluye Abundio”.

Jefferson es la capital del condado de Yoknapatawpha, territorio donde transcurren algunas de las novelas del gran William Faulkner. El imaginario condado nace en la novela Sartoris (1929). En un artículo sobre Faulkner publicado en el periódico Clarín, de Buenos Aires, titulado: “Faulkner; el hombre que inventó un mundo”[2], Márgara Averbach, Sylvia Iparraguirre y Hernán Ronsino afirman: “Tiene sentido que yo no supiera cómo salir de ese mundo: una vez que se entra en Yoknapatawpha es muy difícil encontrar la salida. Y, por otra parte, ¿para qué buscarla si en el fondo uno no quiere irse, si todavía queda demasiado por explorar?”, esta afirmación sirve para todos los lugares inventados por los escritores.

Otro de mis escritores favoritos es H.P. Lovecraft creador de la sombría ciudad de Arkham, donde sitúa sus relatos de horror, escribí un cuento en su homenaje, en su biblioteca se encuentra un ejemplar del Necronomicom. Stephen King, escritor de prolífica imaginación, construyó con sus palabras la ciudad de Castle Rock, que se inaugura oficialmente en la novela The Dead Zone (1979).

En este artículo no puedo dejar de mencionar al fantástico libro Breve guía de lugares imaginarios deAlberto Manguel y Gianni Guadalupi, en la contratapa se lee: “Impulsados por la añoranza de lo desconocido, Alberto Manguel y Gianni Guadalupi han reunido en esta Breve guía de lugares imaginarios, ordenadas alfabéticamente, las más destacadas creaciones a las que, a lo largo de la historia, ha dado vida la fantasía, desde Homero hasta Michael Crichton o J. K. Rowling, pasando por las obras del ciclo artúrico, Las mil y una noches o los relatos de Verne, Tolkien, Borges, Calvino, Chatwin o Rushdie”.

Alberto Manguel[3] afirma: “La geografía imaginaria, al contrario de la que catalogan enciclopedias y atlas, es infinita. Sus islas existen en un mar sin límites y ocupan un espacio eternamente generoso. Permiten crear sociedades perfectamente eficaces y perfectamente atroces, lugares donde todo es posible (según reglas secretas y rígidas) y donde podemos vernos a nosotros mismos como otros, en nuestra humana condición de eternos náufragos. Si el explorador requiere un paraíso, lo encontrará en este mundo de infinitas islas aún por inventar”, he aquí una pequeña muestra de ese prodigio que documenta cientos de ciudades y lugares imaginarios:

Poliglota, de autor anónimo, es una Isla del Mar Rojo donde vive una versátil raza de individuos llamados políglotas. Esta gente habla todos los idiomas del mundo, deja tan estupefactos a los extranjeros que, por casualidad llegan allí, que les resulta fácil capturarlos aprovechándose de su sorpresa. Luego se los comen crudos. El nombre de Futura, ciudad creada por MarieAnne de Roumier Robert en su obra Les Ondins, conte moral (1768), viene de la pasión de los habitantes por el futuro. A pesar de sus innegables deseos de paz, las especulaciones de los habitantes siempre terminan en disputas interminables. Ciudad sin sol, ciudad subterránea situada en algún lugar de Bayowda, Nubia cuyo autor es Albert Bonneau, 1927.

Entre los pueblos indígenas de Moxos, en Bolivia, existe un lugar que es buscado desde hace siglos, que bien podría ser un “estado del alma”, la Loma Santa, un lugar sin mal, un paraíso en el que todo es armonía. Luis Mateo Díaz afirma que sus comarcas literarias también son “estados del alma”, sin embargo, el sentido es otro: “Me da seguridad, sé dónde estoy, aunque sean territorios ominosos, con mucho sentido de perdición, de extravío, soledad, sonambulismo. Ser dueño de un espacio, eso supura atmósferas, algo que me interesa mucho, que las atmósferas físicas destilen lo que pueden ser atmósferas morales”.


[1] https://www.elmundo.es/cultura/2015/12/13/566c5269ca4741597e8b4668.html

[2] https://www.clarin.com/edicion-impresa-n/william-faulkner-aniversario_0_H1-ejvf3vmx.html

[3] https://elpais.com/cultura/2013/12/16/actualidad/1387204205_063539.html

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