En la trinchera también la palabra

Desde La Ilíada o La Odisea los escritores han narrado la crueldad o el sinsentido de las batallas y las guerras. Paul Valéry manifestó que: “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran”. Suele ocurrir que, cuando se agota o no alcanza la palabra, surge el conflicto bélico. Ya en la Biblia se describe el primer odio fratricida, donde Caín –con una quijada- mató a su hermano Abel. Jenofonte (428-354 a C.) fue uno de los primeros en cambiar la espada por la pluma. Escribió Anábasis, donde relata el intento de invasión por parte de los mercenarios griegos, quienes cruzaron el Helesponto, ignorando que les esperaban las tropas del todopoderoso Artajerjes. Sin embargo, es en el siglo XX cuando se libran dos grandes guerras de alcance mundial: La primera y segunda Guerras Mundiales a las que hemos de añadir la Guerra Civil Española.

El poeta inglés Owen, quien apenas publicó cinco poemas en vida, murió en el frente, una semana antes de la firma del armisticio. El novelista y periodista francés Henri Barbusse, autor de la novela El fuego (Premio Goncourt), se convirtió en un antibelicista al concluir la guerra. Gerald Brenan se alistó a pesar de odiar la vida militar, siendo condecorado por su valor en el frente. Brenan está considerado como uno de los principales hispanistas del siglo XX. Llegó a España en 1919, dejando atrás amigos como: H. D. Lawrence, Virginia Woolf, Bertrand Russell o Morgan Foster, entre otros. Su vida transcurrió entre idas y venidas por los pueblos de las Alpujarras granadinas, Churriana y Alhaurín el Grande, localidad en la que vivió desde 1970 hasta 1987. Escribió obras como: El laberinto español, La faz de España o Al sur de Granada. Esta última fue llevada al cine por Fernando Colomo. La Gran Guerra –como también se la conoce- impulsó los primeros best-sellers, así como obras maestras del pacifismo. Figuran, entre otros muchos: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibañez; El retorno del soldado, de Rebecca West; Tempestades de acero, de Ernst Jünger; París bombardeado, de Azorín; El buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek; Los siete pilares de la sabiduría, de T. E. Lawrence; Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque o Adiós a las armas, de Ernest Hermingway. Es evidente que dejo muchísimas obras sin mencionar, como Sonámbulos, de Christopher Clark o Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline. Hubo también escritores que se negaron a participar en la guerra como Romain Rolland, quien dijo que: “Considero odiosa la guerra pero lo son más aquellos que la cantan sin hacerla”; o Hermann Hesse, autor de El lobo estepario o Siddharta. Por el contrario, Thomas Mann llegó a opinar que en tiempos de paz el hombre se deteriora. Al mismo tiempo que afirmaba que: “Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba.”

Maryse Bertrand de Muñoz afirmaba ya en 1968 que: “Más de quinientas obras noveladas [acerca de la Guerra Civil española] existen ya”. Podemos imaginar la ingente cantidad de obras que se han publicado desde entonces respecto al tema. La Guerra Civil es un anticipo de lo que acontecerá posteriormente con el auge del nazismo. En el libro A la orilla del camino, Jorge González Moore escribe que: “La guerra entre naciones conlleva a la desgracia, pero la guerra civil de una nación produce una ruina por cuanto divide familias y amigos. La paz posterior a la guerra civil es frágil producto del odio y la sed de venganza de sus participantes”. Fueron muchos los escritores y artistas que se vieron forzados al exilio: Antonio Machado, cruzó la frontera por el paso fronterizo de Els Balitres, acompañado de María Zambrano. Moriría un mes más tarde, con un último verso como canto al pasado y a la niñez: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Muchos se vieron obligados a partir, sobre todo a tierras de México: José Bergamín, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Francisco Ayala, María de la O Lejárraga, Manuel Altoaguirre, Rafael Alberti o León Felipe. Mención aparte, figura el capítulo inacabado –ad infinitum– sobre la muerte de Federico García Lorca. Así como la muerte por tuberculosis, en prisión, de Miguel Hernández, calificado como “genial epígono” por Dámaso Alonso. Una guerra que todavía suscita y genera numerosas obras literarias. Como la novela recientemente publicada por Arturo Pérez-Reverte, Línea de fuego; “una novela coral donde no hay buenos ni malos porque todos fueron víctimas”.

Otro tema muy explotado por la literatura –y también el cine- es la Segunda Guerra Mundial. Especialmente en lo relativo a la cuestión nazi y el holocausto. Citaré dos novelas, a mi modo de ver trascendentales, como Matadero cinco o la cruzada de los niños del escritor estadounidense Kurt Vonnegut. Quien vivió el bombardeo por parte aliada a la ciudad de Dresde. Una experiencia que le marcó y nunca olvidó y que, después de veinte años, reflejó en esta novela satírica, que narra la experiencia de un soldado llamado Billy Pilgrim durante el fin de la Segunda Guerra Mundial. La otra novela es Vida y destino, del autor Vasili Grossman. Se trata de una cuidada alegoría sobre la condición humana. Heredero de la mejor tradición rusa, los protagonistas de la historia luchan por sobrevivir al régimen stalinista y al exterminio de los judíos. En un entorno en el cual se libra la atroz batalla de Stalingrado, donde los ejércitos alemán y ruso se desangran. Su novela ha sido comparada con Guerra y paz o Doctor Zhivago.

Dijo el escritor francés Montesquieu que: “La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz”. La Primera Guerra Mundial comenzó el 28 de julio de 1914 y la Segunda concluyó el 2 de setiembre de 1945, con la rendición de Japón. Unos días atrás caía sobre Hiroshima la primera bomba atómica de la historia. Posteriormente lanzarían otra sobre Nagasaki. En medio, la Guerra Civil Española. Estos hechos acontecieron en apenas media década. De alguna manera, la humanidad no está preparada –o acostumbrada- para la paz. La violencia se puede generar a partir de una pequeña causa provocando, con ello, el efecto de la bola de nieve. Como sucede en la novela Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo, corremos el riesgo de despertarnos y percatarnos que carecemos de extremidades, inútilmente arrancadas en la batalla. Derrotados por la soberbia comprenderemos, de regreso o en el exilio, que sólo la palabra merecía la pena. Que todo lo demás –tanta violencia- suponía un vulgar gesto de arrogancia innecesaria.

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