¿Nos estamos desquiciando?

No sé si solo seré yo, pero últimamente experimento verdadero pavor al incorporarme a una rotonda. No veo en ella carriles ni vehículos, sino arena y gladiadores. Porque la circunferencia se ha convertido en una especie de circo romano y parece que me dirijo a luchar por mi propia supervivencia; tal es la agresividad que percibo. Y también me sucede cuando hago la compra, porque me resulta angustioso que no avance la cola de la caja, si quien va delante se ha demorado con una devolución o con una bolsita de zanahoria rayada, en la que no se lee el código de barras.

Vamos tan acelerados, que ni siquiera y aunque el sol expanda sus prodigiosos colores sobre el lienzo del atardecer; los apreciamos. Y lo que es de condena, de cadena perpetua, es que ese tiempo del mágico e inigualable ocaso, que vilmente traicionamos, se lo podamos estar dedicando a una burda y ya decadente aplicación llamada Tik Tok.

Vamos tan sumamente  acelerados, que ya ni comemos, tan solo nos alimentamos, devorando compulsivamente. Olvidándonos del placer que supone estar en torno a una mesa, saboreando familia, amistad y todo lo demás.

Vamos tan estresados, que incluso la cabeza se nos separa del cuerpo al terminar el día, porque aunque nos hallemos rendidos, tendidos sobre la cama; ella sigue corriendo en un maratón sin final. Corre y corre hasta que ingerimos un diminuto pero poderoso asesino, que la deja a ella KO y a nosotros atontados; hasta la jornada siguiente.

Tal vez sea esta la vida que deseamos, o quizá, la que no nos quede más remedio que vivir. Tal vez si existe oportunidad y la razón sea, que transitemos tuertos, por un camino de abundante adocenamiento, consumismo y soledad; que la pandemia, lamentablemente, haya logrado intensificar.

Pero en todo caso y sin lugar a dudas, es una vida que nos aleja de la felicidad. Porque lo hace de nuestra esencia que es libertad, y de la humanidad que supone ser humano. Porque en todo caso, es una vida que nos acerca a un materialismo, que escribe con minúsculas y letras desgastadas la palabra satisfacción.

Cierto es que, en parte, necesitamos de ese materialismo; pero hasta cuándo y hasta dónde. Cuándo, por ejemplo, comprar un nuevo bolso o reloj ya no supone felicidad, porque nos resta aliento de vida y genera desasosiego en nuestra alma. Dónde terminan nuestras reales necesidades, y comienzan nuestras inquietantes renuncias. Las que nos rompen en pedacitos, nos deshacen como azucarillos en el café; nos arrebatan el brillo.

Por eso hay veces en las que es mejor echar el freno. En seco. No dejarse devorar por la inercia o por el torrente de la multitud, del poder, de la influencia o de la actualidad. Porque hay veces en las que es imperativo mirarse. Detenidamente. Para localizar nuestras alas. Y en eso no puede ayudarnos ni Google; ni nadie. Porque solo nosotros sabemos dónde se encuentran esos muñones raquíticos que no hemos dejado crecer ni desarrollar. Al nacer nos dotaron a todos de tal capacidad, pero casi ninguno hemos aprendido a volar.

Y hay clases para ello. Pero no las buscaremos en las escuelas de parapente del barrio o de la ciudad, sino que deberemos lanzar la mirada como si de una piedra se tratase; mucho más lejos.

Para reflejar nuestro rostro en las aguas cristalinas de esos lugares que denominamos pobres, países del tercer mundo, pero que paradójicamente y en muchos aspectos; lo son del primero. Porque a pesar de sus injustas carencias, de sus padecimientos, no se han perdido como nosotros, ni se han abandonado. Porque en lo verdaderamente esencial; no se han deteriorado.

Y es que de ninguna manera han supeditado el valor de la verdad, del cariño, de la hospitalidad, de la generosidad, de la naturaleza, el del tiempo; ni el de nuestro tamaño y papel en el universo.

Viven en chozas, no tienen qué llevarse a la boca, los niños juegan con cualquier desecho; pero nos enseñan. Vaya si nos enseñan si estamos dispuestos. Lecciones determinantes para nuestra existencia.

Son ellos quienes en su sencillez, bondad y proximidad a nuestros orígenes, tienen muchas de las respuestas a las preguntas que nos torturan. Que como forajidos nos asaltan y como dagas nos traspasan cada día, en el metro, en un videochat, o en un sofá de lleno de silencios.

A veces el corazón nos duele y no es por desamor, es por desatino; es por nuestra locura.

1 Comentario

Deje su comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here