Flashback 1936

Al inicio de la Guerra Civil, vivíamos en Madrid. Mi padre trabajaba en el Ministerio de Educación donde se organizaban grupos de niños para ser llevados a pueblos alejados de los bombardeos y entregarlos a familias de acogida hasta el término de los enfrentamientos. Mis padres pensaron que sería lo mejor para nosotras y, en consecuencia, nos enviaron a Valencia.

Una noche del mes de noviembre de 1936, mi hermana violeta, de seis años, y yo de ocho, cogidas de la mano, acompañadas de nuestros padres, nos dirigimos a la estación de Atocha. Sabíamos que nos separaban de ellos, sin embargo, expectante con lo que parecía una aventura, yo no sentía ni miedo ni pena, Mi hermanita se dejaba llevar, tranquila.  Un tren nos esperaba. Durante el camino mis padres se esforzaban por hacernos comprender que íbamos a separarnos solo temporalmente, que se trataba de unas pequeñas vacaciones porque ellos, por el momento tenían mucho trabajo. Que no nos inquietamos porque nos volveríamos a ver pronto. Mi padre, angustiado, no cesaba de repetirme que no soltara a mi hermana. Mi madre se esforzaba por no llorar. Cuando llegamos a la estación abarrotada de niños un tren con banderas republicanas en las ventanillas, esperaba. Nos instalaron en un vagón atestado de niñas. Después de besos y abrazos, mis papás nos dejaron con ellas, muchas lloriqueaban otras, con cara de susto, miraban alrededor y por las ventanillas. Mi hermana y yo nos acurrucamos la una sobre la otra y nos dormimos. Pero, bien entrada la noche, un desaforado griterío nos despertó porque un grupo de niños, algo mayores que nosotras, muertos de risa, habían invadido ruidosamente el vagón, chillando, soltando palabrotas, ordinarieces y haciendo claras alusiones al sexo se nos echaban encima. El energúmeno grupos de niños se sentían envalentonados ante la ausencia de vigilancia. Tras muchos ruegos y forcejeos, de mordiscos y patadas en las espinillas pude sacar a mi hermana al pasillo, justo cuando llegaba un controlador pegando gritos y sacudiendo cogotazos a los que se le ponían al alcance. La desbandada fue general. Mi hermanita lloraba aterrada. Por fin pasó la tormenta y mal que bien pasamos toda la noche en el vagón que olía a orina porque, de miedo, varias niñas se la habían hecho encima.

Llegó el tren a Valencia, cansino, lento resoplando, chirriando, envuelto en un humo oscuro. A la salida de la estación nos esperaban media docena de autobuses en los que nos hicieron subir, por separado. Yo me alegré porque los chicos me provocaban miedo.

El viaje pareció interminable ya que la caravana de autobuses iba entregando a los niños en sus destinos. A mi hermana y a mí, con un grupo de siete pequeños, nos dejaron en un pueblecito llamado Cárcer. Cuando descendimos una doble fila de hombres y mujeres, que iba desde el autobús hasta el Ayuntamiento, inquietó muchísimo. Violeta había vomitado   perdidas, lloraba bastante asustada y yo estaba a punto de hacerlo. Teníamos mucha hambre y sueño. Dos enfermeras no encaminaban a lo largo de la doble fila. De pronto oí a un hombre que decía:

Esta es para mí —sujetándome por un brazo. Rompí a gritar sin querer soltar a mi hermana, hasta que una afable voz femenina se dirigió a nosotras  

—Tranquilas os dejamos juntas por ser la primera noche, pero mañana cada una irá a su casa, aunque podréis veros todos los días.

 Estas palabras y el hecho de que el hombre tomara en brazos a Violeta y que la mujer me diera la mano me tranquilizó. Yo iba como sonámbula y mi hermana dormida.  Andamos en silencio a lo largo de un par de manzanas. El pueblo estaba absolutamente a oscuras, pero la luna llena nos aclaraba el camino.

—Como os llamáis —preguntó la mujer en tono cariñoso.

La peque, Violeta. Yo, Alicia respondí casi dormida, desfallecida de hambre y muerta de sed.

Cuando llegamos a la casa, nuestro hogar de acogida, se acercaron dos adultos, hijos del matrimonio, vasos de agua en manos, que bebimos con ansiedad. habían instalado lámparas de petróleo para recibirnos con buena luz. Eran chicos sonrientes que apenas entreví a través de mis párpados semicerrados por la fatiga. Se llevaron a mi hermanita para asearla ponerle ropa limpia y acostarla

A continuación, los padres me dirigieron al cuarto de baño, me quitaron toda la ropa y me metieron en una bañera con agua caliente. Enjabonaron y restregaron mi cuerpo con energía.  Pasé una vergüenza tremenda porque mientras me bañaban entraron los jóvenes, una pareja que trabajaba en la casa y una criada que pasó para recoger, con aires de repugnancia, mi ropa abandonada en el suelo. Me pusieron un camisón precioso y una bata. Me dieron pan con mortadela y me metieron en la cama, una cama que tenía sábanas limpias, algo maravilloso.

La familia constaba del padre, un hombre bajo y fuerte, la madre de unos 50 años, con el pelo entrecano, vestida de negro, y los dos hijos.

El más grande había estado en el frente donde fue herido en un codo. La herida nunca se cerraba. Había que curársela todos los días y llevaba el brazo en cabestrillo. El menor no había aun entrado en filas.

En atocha, ya subiendo al tren, mi padre me había entregado una tarjeta postal con su dirección y franqueada para que le comunicara en que pueblo estábamos. Es lo que inmediatamente hice nada más desayunar con todos, acompañada por el chico herido y cogiendo de la mano a Violeta que estaba preciosa con su reciente vestido azul pálido, y su pelo lavado y peinado con primor.

Mi padre venía a Cárcer los fines de semana para enseñarnos a leer y a escribir. Por la tarde nos llevaba de paseo por el pueblo. Una de las veces nos cruzamos con un señor mayor que le dijo a mi padre.

—¡Rojo! ¡Pobres niñas!

—Papá, que le pasa a ese señor.

—Nada, hija, que no es un señor

 Durante los tres meses en casa de la familia de acogida, mimadas y alimentadas muy cariñosamente, violeta estuvo siempre al cuidado de los dos hijos. Yo paseada con la madre por el pueblo. Un día me dijo que me había elegido porque me parecía mucho a su hija muerta a los ocho años.

En el mercado la gente comentaba que la guerra estaba perdida. veía muchas personas alteradas, hablando fuerte y discutiendo, rabiosos, pero yo no   comprendía nada de lo que estaba pasando.

Las cosas se precipitaron cuando llegaron varios camiones cargados de soldados y altos mandos del ejército republicano, y se instalaron, sin miramientos, donde mejor les convino, a la espera de órdenes.

En un chalé a la salida del pueblo que se llamaba Villa Rosa, vivía un oficial orgulloso de si mismo que repetía con frecuencia —No psareu y si paseu morireu —Una noche estaba escribiendo frente al gran ventanal que daba a la trasera del edificio, cuando le dispararon con una escopeta cargada con cartuchos de posta que se utilizaban para la caza del jabalí.

Cundió el pánico en el pueblo. Muchos jóvenes que habían sido llamados a filas huyeron a los montes. Las familias les llevaban comida, pero nadie se daba por enterado. Aparte de estos jóvenes, solo se marcharon del pueblo el cura y el médico que era un cacique, ambos para pasarse a la zona franquista. No se supo quien o quienes fueron los autores del asesinato. Mi madre presentía que, si no la mataban los fachas camuflados, lo harían las tropas franquistas cuando invadieran Cárcer, porque ella siempre estuvo implicada en actividades sociales y políticas de la República, como mi padre. La muerte violenta de este hombre aterrorizó al pueblo y determinó que mis padres decidieran huir a Francia por caminos diferentes y ya se encontrarían.

En complicidad con la familia de acogida, una noche se presentó mi madre en la casa. Nos despertó y nos vistió. Salimos sigilosamente. En la puerta nos esperaba una camioneta, conducida por dos jóvenes que parecían muy asustados y nerviosos.

—Por favor, dese prisa no vayan a descubrirnos, este pueblo ya no es seguro. Nada es seguro hemos perdido la guerra. —Le susurraron perentoriamente a mi madre.

Yo rompí a llorar inconsolable al ver en el portal a toda la familia de acogida enviándonos adioses plenos de tristeza.

La camioneta portaba en la parte de atrás una ametralladora. Y junto a ella nos acurrucamos las tres envueltas en unas mantas. Hacía mucho frío.

Teno susto de esa metallosa. —gimoteaba violeta castañeando los dientes.

—Si no la tocamos no nos hará nada —le contestaba muy llena de sapiencia — Mira al cielo, fíjate cuantas estrellas.

—Mamá falta mucho para llegar a Francia —pregunté ingenuamente.

—Ya llegaremos —respondió lacónica mi madre forzando una sonrisa.

— ¿Es un pueblo muy grande?, mamá.

— Si muy grande.

—¿Hay niños y niñas para jugar?

—Muchos.

—¿Podré tener de nuevo mi colección de cromos Viaje al centro de la Tierra y la de Dos años de vacaciones?

Desde luego.

—¿Los hombres malos también viven en Francia?

—También hay hombres malos en Francia, pero no son los mismo que hemos dejado atrás. No nos harán daño. —Me lo creí, cerré los ojos y me dormí, apoyada en mi madre que cobijaba en brazos a violeta-

—Teno susto de esa metallosa

En el cielo estrellado, se distinguía con claridad la Via Láctea.

Mi madre suspiró y con voz apenas audible y una leve sonrisa en las comisuras, dijo:

—Nos encontraremos con papá en la frontera.

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