“La invención de la naturaleza”, el mundo que nos legó Humboldt

«Wulf demuestra que Humboldt fue un auténtico visionario, cuya perspectiva es hoy más pertinente que nunca.»

Booklist

Algunas de las joyas bibliográficas de mi biblioteca son regalos de mis amigos, libros traídos desde distintos países, algunos difíciles de encontrar en Bolivia. Hace unas semanas la escritora Gigia Talarico llegó de Santiago de Chile y me trajo una obra titulada La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, (Madrid: Taurus, 2017. 498 páginas), magnífica biografía del genio que fue Federico Guillermo Enrique Alejandro Freiherr von Humboldt (1769-1859), naturalista, geógrafo, humanista y explorador alemán, que bien podría ser considerado padre de la ecología y de las ciencias de la naturaleza en general, es decir un polímata, quizá el último de los polímatas, en toda la acepción del término que define a los filósofos clásicos que dominaban varias disciplinas científicas, su autora es Andrea Wulf, escritora e historiadora británica, nacida en Nueva Delhi, India, en el año 1972 .

En esta biografía, considerada por algunos como novela, Wulf demuestra que von Humboldt fue el creador de una nueva forma de entender la naturaleza que persiste hasta el día de hoy, ya que habló de ecosistemas sin usar, todavía, esa palabra, afirmaba que el planeta era «un conjunto natural animado y movido por fuerzas internas», más claro aún: «En esta gran cadena de causas y efectos no puede estudiarse ningún hecho aisladamente». Con esta perspectiva, inventó la red de la vida, el concepto de naturaleza que conocemos hoy y también alertó del posible cambio climático provocado por la devastación de los humanos en el planeta. Advierte Wulf: “Al enumerar los tres aspectos en los que la especie humana está afectando el clima, mencionó la desforestación, la irrigación descontrolada y, quizá lo más profético, ‘las grandes masas de vapor y gas’ producidas por los centros industriales. Nadie antes de él había analizado así la relación entre la humanidad y la naturaleza”. El término ecología fue inventado por Ernst Haeckel, discípulo de Humboldt, en el año 1866: “La ciencia de las relaciones de un organismo vivo con su entorno”

La ciencia y el arte

Humboldt era un científico amigo de poetas y artistas como Goethe, Chateubriand y Schiller, entre muchos otros, que alguna vez afirmó que «las descripciones de la naturaleza de Goethe eran tan verdaderas como los descubrimientos de los científicos», por eso Wulf, abre su libro, con una prosa poética de Johann Wolfgang von Goethe: “Cierra los ojos, aguza los oídos y, desde el sonido más leve hasta el más violento ruido, desde el tono más sencillo hasta la más elevada armonía, desde el grito más violento y apasionado hasta la más dulce palabra de la razón, es la Naturaleza la que habla, la que revela su existencia, su fuerza, su vida y sus relaciones hasta el punto de que un ciego al que se niega el mundo infinitamente visible puede capturar la infinita vitalidad a través de lo que oye”.

En la contratapa del libro de Wulf se lee: “Humboldt fue un intrépido explorador y el científico más famoso de su época. Su agitada vida estuvo repleta de aventuras y descubrimientos: escaló los volcanes más altos del mundo, remó por el Orinoco y recorrió una Siberia infestada de ántrax. Capaz de percibir la naturaleza como una fuerza global interconectada, Humboldt descubrió similitudes entre distintas zonas climáticas de todo el mundo, y previó el peligro de un cambio climático provocado por el hombre. (…) Convirtió la observación científica en narrativa poética, y sus escritos inspiraron no solo a naturalistas y escritores como Darwin, Wordsworth y Goethe, sino también a políticos como Jefferson o Simón Bolívar. Además, fueron las ideas de Humboldt las que llevaron a John Muir a perseverar en sus teorías, y a Thoreau a escribir su Walden. Andrea Wulf rastrea la influencia de Humboldt en las grandes mentes de su tiempo, a las que inspiró en ámbitos como la revolución, la teoría de evolución, la ecología, la conservación, el arte y la literatura”.

Los reconocimientos

Apunta Wulf en el prólogo: “Aunque hoy están casi olvidadas fuera del mundo académico —al menos en el mundo de habla inglesa—, las ideas de Alexander von Humboldt siguen dando forma a nuestro pensamiento. Y aunque sus libros acumulan polvo en las bibliotecas, su nombre persiste en todas partes, desde la corriente de Humboldt que transcurre frente a la costa de Chile y Perú hasta docenas de monumentos, parques y montañas en Latinoamérica, como Sierra Humboldt en México y Pico Humboldt en Venezuela. Una ciudad en Argentina, un río en Brasil, un géiser en Ecuador y una bahía en Colombia llevan su nombre. Existen un cabo Humboldt y un glaciar Humboldt en Groenlandia, y cadenas montañosas en China, Sudáfrica, Nueva Zelanda y la Antártida. Hay ríos y cataratas en Tasmania y Nueva Zelanda, así como parques en Alemania y la rue Alexandre de Humboldt en París. Solo en Estados Unidos, llevan su nombre cuatro condados, trece ciudades, montañas, bahías, lagos y un río, además del Parque Estatal Humboldt Redwoods en California y los Parques Humboldt en Chicago y Buffalo. El estado de Nevada estuvo a punto de llamarse Humboldt cuando la Convención Constitucional debatió su designación en la década de 1860(37). Casi 300 plantas y más de 100 animales llevan también su nombre; entre ellos, el lirio de Humboldt en California (Lilium humboldtii), el pingüino de Humboldt en Sudamérica (Spheniscus humboldti) y el feroz depredador llamado calamar de Humboldt, de 1,80 metros, que vive en la corriente de Humboldt. Varios minerales le rinden tributo —desde la humboldtita hasta la humboldtina—y en la Luna existe una zona denominada Mar de Humboldt. Tiene más lugares designados en su honor que ninguna otra persona”.

Humboldt era un joven ávido de conocimiento, que recorría el mundo cargado de aparatos como barómetros, termómetros, sextantes, un horizonte artificial y un cianómetro que servía para medir el azul del cielo, lo cual me parece muy poético: “La naturaleza y el arte están estrechamente unidos en mi trabajo”, le escribió a Goethe. Recordemos que Humboldt recorrió Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba, México y Estados Unidos entre 1799 y 1804; Wulf retrata a Humboldt como crítico al colonialismo que apoyó el proceso de independencia de América latina, que reprochó a Estados Unidos por no abolir la esclavitud, pese al concepto de libertad de su declaración de independencia; así mismo confirma que la política y la naturaleza eran sus grandes obsesiones, en una carta que le escribió a James Madison, secretario de Estado de Jefferson, le dice: “después de haber contemplado el espectáculo de los majestuosos Andes y la grandiosidad del mundo físico, pretendo disfrutar con el espectáculo de un pueblo libre”. Para Humboldt los recursos naturales eran la riqueza de las naciones.

Para escribir esta colosal obra, la autora, no solamente rastreó los libros de y sobre Humboldt en bibliotecas del mundo entero, sino que hizo una buena parte del recorrido geográfico que el naturalista exploró: Entre los muchos viajes, con apenas treinta años, Humboldt con su amigo Bonpland estuvieron en Sudamérica, “mirasen donde mirasen, siempre había algo nuevo que captaba su atención”; en Ecuador Wulf ascendió el Chimborazo como lo había hecho su biografiado para, desde casi 600 metros de altura mirar el mundo y darse cuenta que todo estaba conectado. Los diez años que pasó Wulf estudiando, siguiendo y desentrañando el pensamiento, los experimentos, las amistades, los libros y la vida misma de Humboldt dieron como resultado una obra que, desde su publicación en el año 2017, La invención de la naturaleza está entre los mejores libros de la década.

Para decirlo en palabras de Wulf: “La invención de la naturaleza sigue la pista de los hilos que nos conectan a este hombre tan extraordinario. Humboldt influyó en muchos de los mayores pensadores, artistas y científicos de su tiempo. Thomas Jefferson le llamó «una de las mayores joyas de la época». Charles Darwin escribió que «nada estimuló jamás tanto mi entusiasmo como leer la Personal Narrative de Humboldt», y dijo que no se habría embarcado en el Beagle, ni concebido El origen de las especies, sin   Humboldt.  William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge incorporaron el concepto de naturaleza de Humboldt a sus poemas. Y el más venerado autor de Estados Unidos de textos sobre la naturaleza, Henry David Thoreau, halló en los libros de Humboldt una respuesta a su dilema de cómo ser poeta y naturalista; Walden habría sido un libro muy distinto sin él.  Simón Bolívar, el revolucionario que liberó Sudamérica del poder colonial   español, llamó   a   Humboldt «el   descubridor   del   Nuevo   Mundo», y Johann Wolfgang von Goethe, el poeta más grande de Alemania, declaró que pasar unos días en compañía de Humboldt era como «haber vivido varios años».

El libro está dividido en cinco partes, un epílogo, agradecimientos, créditos de las ilustraciones, notas, una extensa bibliografía y un índice analítico muy útil a la hora de investigar o releer algunos temas. En esta reseña y por la extensión del libro de Wulf me referiré solamente a algunas partes o capítulos específicos.

El Chimborazo y Simón Bolívar

El volcán Chimborazo, una de las montañas más altas del mundo, cuyo nombre significa “Nevado candente”, fue una especie de puente sensorial entre Simón Bolívar y Alexander von Humboldt, al primero le hizo soñar con la libertad y la autodeterminación de los pueblos y, al segundo, le amplió su visión del mundo, la naturaleza y el universo.  Ambos, grandes protagonistas de su época, amaban la escritura y escribían de forma esmerada. En “Delirio en el Chimborazo”, prosa poética escrita por Bolívar en 1922, confiesa: “Yo venía envuelto en el manto de Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo. Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt; seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial, el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes. Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales, ha surcado los ríos y los mares, ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; (…) Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo”.

Se conocieron en París en 1804, Bolívar retornó a América con el delirio febril de liberarla del yugo español bajo el influjo de las ideas de la libertad y el contrato social. En el Capítulo “Revoluciones y naturalezas. Simón Bolívar y Humboldt”, Wulf afirma que “Bolívar era un hombre de acción, pero también creía que la palabra escrita tenía el poder de cambiar el mundo. En campañas posteriores siempre viajaría con una imprenta, que llevó por todos Los Andes y a través de las vastas planicies de los llanos”, ojalá hubiera sido y éste sería un mundo gobernado por filósofos y poetas, al contrario, es uno gobernado por oradores demagogos. Humboldt intentó ayudarlo escribiendo cartas a los gobernantes norteamericanos, sin éxito alguno. Bolívar afirmaba que Humboldt “era la mayor autoridad sobre Sudamérica” y destacaba su libro “Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España”, en el que destruye los mitos y prejuicios europeos respecto a los pueblos indígenas de América y hace énfasis en las antiguas civilizaciones que encontró en sus recorridos por las hasta entonces olvidadas provincias latinoamericanas; amén de distinguir prodigiosas lenguas originarias con la capacidad de elaborar conceptos abstractos y filosóficos, sin duda alguna que Humboldt poesía un conocimiento enciclopédico. Ambos personajes amaban la naturaleza, Bolívar alguna vez escribió: “La naturaleza es la infalible maestra de los hombres”.

El Cosmos de Humboldt

En el año 1834, el genio alemán, quiso reunir en un solo libro lo que sabía del cielo y la tierra; quería incluir galaxias, nebulosas, líquenes, yerbas, paisajes, etnias y artes en general, “la naturaleza en sí”. Lo llamó Cosmos, o ensayo de una descripción física del mundo, “Kosmos del griego κόσμος, que significa belleza y orden”. Sostiene Wulf: “reclutó a un ejército de ayudantes científicos, clasicistas e historiadores, todos expertos en sus propias áreas. Humboldt estaba a cargo del panorama general, mientras que sus ayudantes le proporcionaban los datos específicos que necesitaba. Él tenía la perspectiva cósmica y ellos eran las herramientas en su gran estrategia”, él, personalmente, supervisaba todos los datos que le llegaban cada día desde diversas partes del mundo, todos los científicos colaboraron con el maestro que, según sus discípulos, no dejaba cabo suelto. Uno de sus ayudantes recuerda que, incluso, tenía datos sobre cocodrilos citados en la poesía hebrea. Una curiosidad: a la atmósfera la llamo Luftmer: “Océano aéreo”, poético como ninguno o cuando afirma que la “geografía es escribir la tierra”.

Sostiene Wulf que, a sus sesenta cinco años, “Humboldt seguía siendo un enigma para mucha gente. Por un lado, podía ser soberbio, pero al mismo tiempo reconocía con humildad que le quedaba mucho por aprender”, actitud socrática, diría yo.  Charles Darwin que lo visitó en cierta ocasión para aprender del sabio, afirmó que cuando empezaba a hablar era “aluvión de palabras” y solo quedaba escuchar. En el año 1845 salió el primer tomo de esa monumental obra que cambiaría definitivamente nuestra concepción de la naturaleza y hasta 1862 los cuatro restantes. El libro está dividido en tres partes: Los fenómenos celestiales; luego viene la Tierra y la Vida orgánica. Humboldt llevaba a sus lectores a un viaje desde el espacio exterior hasta la Tierra, y luego desde la superficie del planeta hasta su núcleo interior; en el libro habla de la Vía Láctea, y el sistema solar, migraciones de seres humanos, explicaba de plantas y animales, en fin…de cuánto poblaban los cielos, los mares y la tierra. En cada una de las partes remarcaba la importancia de los sentidos, una especie de viaje por la historia a través de la mente de los seres humanos.

El libro fue un éxito de ventas y de críticas, Edgar Allan Poe le dedicó su libro Eureka, su propio intento de explicarse el universo, “el más sublime de los poemas”, según el gran escritor y Walt Whitman se inspiró en Cosmos en su Canto a mí mismo. El escritor Julio Verne se inspiró en sus descripciones para la serie de novelas Viajes extraordinarios. No sé si el poeta boliviano P. Neftalí Morón de los Robles leyó a Humboldt o si intuyó su sabiduría cuando en su poema “Autorretrato” afirma que él es “un macrocosmos hecho de microcosmitos”.

“Poesía, Ciencia y Naturaleza: Henry David Thoreau y Humboldt”

En este capítulo Wulf se ocupa de la notable influencia del científico alemán sobre la obra de Henry David Thoreau, escritor, poeta y filósofo norteamericano de gran autoridad en los temas de derechos humanos y civiles; Thoreau afirma que no hubiese podido escribir su libro Walden o la vida en los bosques, si no hubiera leído a Humboldt. En el artículo “Naturaleza, ciencia y cultura en el bicentenario de Henry David Thoreau”, Antonio Casado da Rocha aclara: “Como seguidor de Humboldt, Thoreau quería que la ciencia fuera poética, que la literatura pudiera hablar del mundo natural tanto como del social, y encontraba en la naturaleza intuiciones morales (lo que entonces llamaban la higher law o “ley superior”) desde las que criticar al sistema económico vigente[1]”.

Por su lado Wulf anota: “Lo que el alemán había observado en todo el mundo, Thoreau los veía en su ciudad. Todo estaba entrelazado. En invierno, cuando llegaban los cortadores de hielo al estanque para preparar y transportar trozos de hielo a destinos lejanos, Thoreau se acordaba de quienes iban a consumir en lugares remotos, en el calor abrasador de Charleston o incluso en Bombay, Calcuta. ‘Beberán en mi pozo’, escribió y el agua pura de Walden acabaría ‘mezclada con las aguas sagradas del Ganges. (…) Walden fue el mini-cosmos de Thoreau”.

Colón y Humboldt

Muchos escritores e investigadores han comparado a Alexander von Humboldt con Cristóbal Colón, a propósito de estas afirmaciones Laura Dassow Walls, Profesora de la Universidad de Notre Dame en Indiana, EE.UU., señala: “Colón descubrió riquezas materiales que llevaron a la servidumbre; Humboldt, descubrió una riqueza de conocimiento que llevó a la liberación». Según Simón Bolívar “Humboldt es el verdadero descubridor del Nuevo Mundo”.

Entender la naturaleza

Humboldt es de esos autores clásicos de los que se refieren con mucha frecuencia otros escritores e historiadores, tanto que, por esas referencias, creemos haberlos leído porque sus pensamientos ya son patrimonio de la humanidad; sin embargo, debo reconocer que no he leído ninguna obra completa de Humboldt, leí artículos suyos y obras en los que lo citan abundantemente y, por supuesto, que leía y leo la famosa Revista Humboldt; el libro de Wulf me despertó la curiosidad por leer algunas de sus obras completas.

Hoy, año del Señor 2022, a 253 años del nacimiento de Alexander von Humboldt, leer esta magnífica biografía suya, en una época de debate medioambiental es imprescindible. Andrea Wulf cierra su prólogo afirmando que lo escribió para “redescubrir a Humboldt y devolverle al lugar que le corresponde en el panteón de la naturaleza y de la ciencia” y después de leerlo puedo afirmar que cumplió su cometido a cabalidad, en sus páginas encontré que mi concepción del mundo y la naturaleza viene de sus enseñanzas, él afirmaba que debemos sentir la naturaleza para entenderla y eso es lo que intento hacer en mi poesía.  

Epílogo

¿Realmente hemos logrado entender la naturaleza? En el epílogo de su obra Wulf señala al respecto: “Humboldt hablaba del ‘mal comportamiento de la humanidad (…) que perturba el orden de la naturaleza’. Hubo momentos de su vida en los que se sentía tan pesimista que describía un futuro desolador en el que la humanidad acabaría por expandirse hacia el espacio y sembrar su mezcla letal de vicio, codicia, violencia e ignorancia en otros planetas. La especie humana podría volver estériles y dejar devastada incluso esas estrellas lejanas –escribió en 1801– igual que estaba haciendo ya la con la tierra”. Yo quiero creer que todavía estamos a tiempo de salvar la naturaleza y de salvarnos a nosotros mismos.


[1] https://culturacientifica.com/2017/07/10/naturaleza-ciencia-cultura-bicentenario-henry-david-thoreau/

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