Carta abierta a Irene Vallejo

Dos premisas iniciales:

1. No he leído, todavía, El infinito en un junco. Si uno quiere lanzarse a frase descubierta, la sinceridad debe ser sujeto y colocarse delante del verbo, predicando a renglón quitado en el desierto de las letras. No aludo como causa la falta de interés, sino la espera del tiempo idóneo, porque como los buenos vinos, los buenos libros deben abrirse y airearse en momentos especiales, oxigenándose de un entorno acogedor, y a ello espero paciente, seguro de que tal acontecimiento se dará próximamente.

2. No la conozco salvo por sus interacciones en redes sociales, la lectura de sus artículos y esas fotografías posadas que la acompañan. No he intercambiado palabra alguna con usted, ni siquiera virtuales. Por supuesto, tengo conocimiento de lo que se habla de sus obras.

Reflexiono sobre la idea de que, ahora que los escritores son el producto a vender y los libros son tan sólo el magnífico escaparate, Irene Vallejo es quizás la mejor y más codiciada mercancía que cualquier empresa podría exponer, y un espejo para los que, como yo, aspiramos a convertirnos en artículo mercantil. Lo que diga un personaje público, sus ideas, su manera de interactuar con los lectores, el titular que conlleva, todo ello junto, es el producto, envuelto en las palabras escritas que serán lo perdurable, el hecho inmaterial que se recogerá mágicamente en un conjunto de páginas que cabalgan pegadas a su lomo. Usted, como producto que los lectores consumimos, participa en este juego del mundo con la clase y el estilo de lo añejo, lo educado; lo hace más ameno, más tragable. Mejor, en definitiva.

Aquellos que amamos la escritura como forma de expresión no deberíamos dejar de lado la posibilidad de hacer de una historia particular, otra universal. No deberíamos desaprovechar la oportunidad de escribir-nos, de mostrar lo que provoca lo que otros redactan, o en este caso, lo que me ha hecho sentir una completa desconocida, que ha convertido su forma de ser en la bandera de presentación de su literatura, en su tranquila y sonriente forma de comportarse una muestra de lo que se puede conseguir siendo amable. Escribir-nos y demostrar-nos que somos humanos y que podemos ser un producto de calidad.

No la conozco, pero en una ocasión, acudió a recibir un premio al pueblo donde resido, La Rinconada, en Sevilla. No pude acudir en persona a aquella presentación, y me tuve que conformar con verla a través de su emisión en streaming, en la soledad de mi habitación, a pesar de la cercanía del evento. Me llamó la atención aquella personalidad tan cercana, antes de la vorágine en la que se ha convertido su junco y su extensión ilimitada. Hablaba con Fernando Iwasaki sobre libros anteriores, como El silbido del arquero, y sobre la rareza de las personas y su integración en los grupos humanos, poniéndose de ejemplo los centros educativos. No recuerdo mucho más de la conversación, pero quedó en mí la buena impresión, el regusto de haber presenciado algo diferente.

Aquel evento fue el inicio de lo que se llamó La estación de las letras, y venía usted a recoger un premio bien merecido. Yo también formaba parte de esa serie de actos, en mi caso como autor local que presentaba su modesta primera novela, El sueño de Bécquer. Somnografía de Ricardo Martín Reina. Desde entonces, cuando quiero fardar delante de incautos oídos, digo que una vez compartí cartel con Irene Vallejo.

Hace poco, en una entrevista leí que El infinito en un junco lo había escrito durante una estancia hospitalaria tras el nacimiento de su hijo. Quizás esa fuera la razón principal por la que decidí escribirle estas palabras. Curiosa la mente humana que hace del dolor materia creativa para alcanzar sus más bellas cotas. Porque más allá de haber formado parte de la misma lista en un encuentro de escritores, lo que siento que más me une a usted de manera emocional es el conocimiento temprano y antinatural de elementos como sonda nasogástrica o pulsioxímetro, en estancias de larga duración en edificios tan alejados funcionalmente de las bibliotecas. Le puedo decir que hasta el nacimiento de mi segundo hijo, evité que mis zapatos se impregnaran del olor del suelo hospitalario todo lo que pude. A partir de entonces, ha sido inevitable el transcurrir continuo por sus pasillos y, a la vez, el descubrimiento de la sanación proporcionada por la escritura mientras los transitas. Y porque sé, de buena tinta, del hilo invisible que une a los que somos padres que tenemos que soportar la incertidumbre de la salud de nuestros hijos. Y en su agradecimiento a la sanidad, al trabajo de los otros, en la paciencia para afrontar lo inimaginable, muestra el mejor brillo de su producto, como le decía al principio. Sirva esta carta como agradecimiento por servirme de inspiración, por obligarme a escribirle, por enseñarme que sigue existiendo la bondad pública.

Una aclaración final:

Deseo que la vida vuelva a juntarme en algún cartel con usted, en algún evento, en cualquier presentación. Que haya un saludo formal y un abrazo. Para ese momento, seguro habré leído El infinito en un junco, y ya no seremos dos absolutos desconocidos, por la simple existencia de esta carta que se deshila en párrafos ardientes que deshielan el siempre frío primer acercamiento.

Sin más, reciba de mi parte mi más sincera enhorabuena por su éxito y, sobre todo, por dejarnos observar su maravillosa forma de ser.

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