“La era de las pantallas”

¡Eureka!, somos la primera generación que al menos podemos vivir dos vidas. Cruzar la puerta para salir a la calle de un mundo real y también  asomarnos a un ventanal, para corretear por el universo, en ese mundo al que hemos bautizado como virtual.

Bien atrás hemos dejado grandes logros, que en su día nos sirvieron para satisfacer nuestras apetencias de descubrimiento. Inventos como la rueda, la luz, el timón, o las alas de un avión, fueron en un tiempo, motivo de júbilo por ser avances de gigante en la historia de la humanidad. Y sin embargo transcurrido dicho tiempo, se nos han quedado jibarizados, los sentimos incluso ridículos.

Cuántos han sido en realidad, veinte o veinticinco, los años los que distan del nacimiento de los ordenadores, desde los que hemos podido andar/teclear, para que una pantalla con cristal, se convierta en la superdotada e invencible cicerone de todo nuestro planeta y de los miles de millones que habitamos en él.

Porque no solo a través de nuestra inigualable amiga plana, accedemos a los más fascinantes paisajes de playas y montañas, a los más suculentos restaurantes, o a los más paradisiacos hoteles, sino que también nos ha posibilitado alargar nuestra mano y extender nuestra mesa, para que se sienten en torno a ella, un número infinito de comensales desconocidos.

Y es que la cara de la luz que supone poder ver con nuestros ojos de halcón cada rincón de un planeta que no lograríamos descubrir, aunque nuestra existencia se dilatara millones de años, trae consigo la cruz de la sombra, de nuestra absoluta ceguera, ante quienes se sitúan al otro lado de un cristal, que pocas veces resulta transparente, que muchas veces resulta traslucido y que tantas y tantas llega a ser opaco.

Porque tras él, escasamente son de utilidad los controles de seguridad que las diferentes aplicaciones y gobiernos se afanan en introducir, ya que en este mundo virtual, la impunidad corre mucho más veloz. Estableciéndose un paralelismo exacto con el mundo real, en el que la maldad con frecuencia resulta más abundante, visible y extensa que la bondad. Y la mentira crece con más profundas raíces y mayor fortaleza que la verdad.

Y hemos de ser conscientes de que no existe mayor peligro para el ser humano, que esta globalidad y liberalización virtual, que abarca, aglutina y mezcla seres de cualquier país, cultura, condición y/o edad.

Porque cubre con su manto intangible a condes y a mendigos; ancianos y niños. Y porque con su perfume embriagador e hipnótico de descubrimiento sin límite de gigas, ha convertido a la humanidad en hojas de papel. Nunca antes el rey de la creación fue tan frágil. Nunca antes estuvo tan expuesto al sunami de la indefensión, al tornado de la ausencia de privacidad. A la desnudez y dilución, que supone la pérdida de identidad.

Y en esto no hay primeros mundos ni terceros. Paradójicamente en mis  viajes compruebo, que existen móviles repletos de datos, incluso en el poblado más recóndito de una África endémica y hambrienta, en donde se lleva el alimento a los platos un día sí y tres no.

Porque al parecer no hay freno a nuestra codicia de navegación virtual, que inusitadamente se cotiza más que el arroz o la leche enriquecida para  bebés de ombligos prominentes.

Una codicia que nos castiga, porque en este nuevo mundo volátil, inmaterial, etéreo y difuso, en el que se embalsaman los sentidos de tacto, gusto y olfato; abundan los depredadores en busca de víctimas.

Nunca antes ellos fueron tan impunes ni ellas tan víctimas. Nunca el abuso y el terror, dejaron menos huellas. Nunca hubo tantas máscaras ni disfraces en un carnaval mundial, en el que frivolidad y superficialidad se coronasen reinas perpetuas sobre un pódium de mega datos, en el que no existen ni se consienten defectos. En donde se destierra y entierra lo que no vende o está de moda.

Es la era de las pantallas, de todos los tamaños, marcas y colores, para todas las necesidades, bolsillos y caprichos. Pantallas que nos liberan y a la vez nos encadenan. Porque con sus alas no siempre volamos; a menudo nos esclavizamos. Y nos enfermamos. Física y síquicamente. Obesidad, conjuntivitis, ansiedad.

Luces y brillos que son dañinos para un cuerpo y un alma, que se están acostumbrando a acercarse tóxicamente al mundo, mientras en verdad se alejan de él.

Supongo que en esta evolución no hay marcha atrás, aunque suponga retroceso. Mi esperanza se encuentra en el aprendizaje. En la mesura, la contención, y los límites. En ser capaces de arrojar el tridente que lleva el diablo virtual, al fuego; y no quemarnos nosotros en él. Ni nuestros hijos; autentica carne de su cañón. En esta batalla que no se libra en el campo sino en una nube, y que la humanidad necesita ganar para no quedar convertida en cargadores, ratones y chips. Para no quedar reducida a chatarra.

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