Mi año de descanso y relajación (sic)

En la primera canción de Enredados, Rapunzel se pregunta: “y me pregunto, pregunto, pregunto, mi vida ¿Cuándo va a comenzar?” Muchos interrogantes son esos. Siento que hablo en nombre de una generación cuando digo que cada día me pregunto, pregunto, preguntaba lo mismo.

Eudald Espluga dice a propósito de Mi año de descanso y relajación: “la narradora rechaza cualquier tipo de trabajo, especialmente el trabajo minucioso y constante que le supone ser ella misma”

Un granjero de 20 años que conocimos el otro día en Gurteen (el pueblo más pequeño de los pueblos pequeños que existen en Irlanda) nos dijo el otro día: “esta es mi vaca, me la compré con mi primer sueldo, es mía”

A veces parece imposible que nuestros relatos coexistan con los del resto. Es más, en un mundo lógico, en una dimensión en la cual el sentido existiese per se y no fuese siempre concedido, en un universo paralelo de acontecimientos ordenados como los de la ficción, nuestros relatos jamás coexistirían. Pero esto es la vida. En la vida, las pandemias mundiales vienen precedidas por invasiones en las que occidente se vuelca generando el relato más racista de las últimas décadas, al mismo tiempo, una veinteañera algo narcisista se angustia por el no-futuro y la falta de expectativa laboral en su país.

En el relato de la realidad, nos construimos cual personajes para después mantenernos, como en los grupos, sujetando ese rol. No en vano la primera pregunta que te harán en una fiesta donde no conoces a nadie siempre será: “¿a qué te dedicas?”, o en su defecto “¿y qué estudias?” Con ventipocos la respuesta posiblemente sea: “a poner cafés” o, al menos en mis círculos, algo más bien poco práctico como: “filosofía”. Así, el responder te lleva inevitablemente a la justificación, a la no permanencia, a ficcionar lo que vendrá después. El tener la vista puesta siempre en el peldaño que toca, más conocido ahora como ansiedad, nos tiene a la espera de una estabilidad que, visto el mundo que nos está quedando, posiblemente nunca llegue. 

Si cogemos Las chicas Gilmore de referente milenial, podemos destacar como momento cumbre la escena donde Rory se derrumba tras terminar la universidad porque de repente siente que tiene un enorme abismo negro delante. No porque no sepa qué quiere hacer, eso tampoco lo sabía antes, sino porque ya ha terminado todo lo que se supone que “tenía qué hacer”. La agencia pasa a ser suya y, ahí, en ese momento de vacío e incertidumbre, empieza su vida porque, sorpresa, es la hora de conseguir un trabajo.

Y así nos va.

El melón de seguir considerando, no solo que el trabajo dignifica, sino que nos valida como personas con una vida propia no es solo una lastra social completamente anacrónica, sino casi una broma de mal gusto. La vida empieza cuando naces y se mantiene cuando dejas de ser productivo. Y si te tienen que cuidar eres igual de digno, y si has conseguido crear una red de cuidados y puedes pararte a descansar, pues eso que le tienes ganado al capitalismo. 

Sinceramente, a nadie le importa de qué trabajas ni qué estudias. Igual la fiesta no merecía la pena y tenemos que replantearnos ya hasta el ocio. Lo dice alguien que, desde el privilegio, ha empezado su vida apostando por el “descanso y la relajación”, o lo que es lo mismo, muy lejos de Madrid.

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