Los ríos de la tierra y del cielo

Fotografía: Sebastián Salgado
Fotografía: Sebastián Salgado

“Y el río remonta su curso, repliega sus velas, recoge sus imágenes

y se interna en sí mismo.”

Octavio Paz, El río

Hay un Mamoré

que va por las estrellas

de la Vía Láctea.

José Villar Suárez

Los ríos fluyen en tres dimensiones: en la tierra, en el cielo y en la tinta de los poetas; en este artículo navegaré por esas aguas pluviales, nominando los torrentes, sus cauces y sus desembocaduras en palabras.

Los ríos de la tierra

El río es una presencia constante e inmanente en la historia de la humanidad sea como alegoría y/o como acción. En mis clases de filosofía siempre me detengo en Heráclito de Éfeso (535 – 484 a.C.), porque me gusta su metáfora: “nadie se baña dos veces en el mismo río”, el eterno devenir, la constante transformación, tanto del universo, los mundos, la Tierra, la naturaleza y los seres humanos ya sea biológica, espiritual o de pensamiento.

Me gusta filosofar con mis estudiantes acerca del paso inevitable del tiempo, así sea medido en instantes, segundos, días, años, acontecimientos o siglos. La mutación era, para Heráclito, el logos, que también se puede traducir como la palabra o la razón del suceder, ya sea en nuestro interior o en el exterior. Para los escritores y poetas el tiempo de la escritura es el tiempo de la eternidad, es un río que hay que dejarlo fluir.

La metáfora del río tiene, además, para mí, especial significado pues nací en un pueblo de la Amazonía boliviana a orillas de un río.  Hasta su definición es poética: Río, corriente de agua que corre al encuentro de la mar oceánica; aunque, a veces, la mar está en nuestro interior y sale por nuestros ojos. Los ríos son la metáfora perfecta del cambio, prefiguran la esperanza del porvenir. Borges en su arte poética confirma la metáfora de Heráclito: “Mirar el río hecho de tiempo y agua/ y recordar que el tiempo es otro río, / saber que nos perdemos como el río/ y que los rostros pasan como el agua”.

Otro griego, Tales de Mileto (624 a. C.- a.C. 546), afirmaba que el origen de todas las cosas era el agua, el arjé (del griego ἀρχή, fuente, principio u origen), lo dijo hace miles de años y ahora sabemos que los seres humanos somos un 65% de agua; el poeta boliviano Raúl Otero Reiche, poetizó ese hallazgo en un verso: “Soy un río de pie”, tanto como constatación biológica como energética.

Los ríos fueron el sueño de los primeros navegantes y la pesadilla de los aventureros, por eso el poeta José Ángel Buesa nos dice: “El río es como un viaje para el sueño del hombre”. Ruta primera, ahora olvidada por las presuntuosas carreteras, las gastadas vías férreas y los invisibles senderos del aire, los ríos aguardan, pacientemente, que nos acordemos de ellos. A veces, se les ocurre sacudirse de su peregrinaje sin fin y nos recuerdan, violentamente, que fueron dioses reverenciados por los pueblos en cuyas orillas nacieron y desaparecieron civilizaciones que les cantaron a los ríos, reales o a imaginarios, recordemos, nuevamente a los griegos y los Oceánidas, que eran dioses fluviales y en especial al Estigia, donde sumergieron a Aquiles; el Leteo, “el río del olvido”, inventando por el hombre para que podamos vivir sin tener que llevar nuestro pasado a cuestas, el Aqueronte, “el río del dolor” que también está en el mundo de los vivos; el Flegetonte, “el río de fuego”, que Dante Alighieri lo hizo célebre y otros ríos de caudales y playas míticas y legendarias.

También están los ríos de los poetas, como el Sena que, para Giuseppe Ungaretti, era el río de la conciencia del mundo o el Serchio (un río de la Toscana) el de la memoria y el Nilo el de la formación y de la primera intuición de la vida. Así los poetas les cantaron a sus ríos, sean estos el Nilo, el Ganges. el Mississippi o el Yang-Tsze; sin embargo, para los creadores de la palabras los ríos, así sean pequeños y humildes, como para los habitantes de pueblos diseminados por los cinco continentes, tienen la misma importancia que los colosales y soberbios; el poeta portugués Fernando Pessoa lo revela: “El Tajo es más bello que el río que corre por mi pueblo/ Pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi pueblo/ Porque el Tajo no es el río que corre por mi pueblo”, que no enseñó el valor de lo nuestro por muy humilde y desconocido que sea.

En mis lecturas percibí que, algunos poetas de Europa, cuando hablan de sus ríos lo hacen en filosóficamente, los ríos, para ellos, son parábolas del tiempo y de la vida, son pensamiento, abstracción. En cambio, para los latinoamericanos, el río es la vida real y cotidiana, salvaje como en el caso de los poetas nacidos en la amazonia y criados en las húmedas llanuras y selvas tropicales. Por estos lados del continente americano los ríos semejan la madre que nos trajo al mundo. Juan B. Coímbra, escritor boliviano, se refiere al Mamoré, el río mayor de Bolivia con estas palabras: “el Mamoré para los benianos es la imagen de su sino turbulento y trágico”, refiriéndose a las anuales inundaciones de este coloso que da vida y muerte en la llanura verde esmeralda y, por eso, para algunos poetas bolivianos nacidos en la región amazónica, el territorio de los grandes ríos, el Mamoré es la columna vertebral de nuestro ser amazónico y de nuestra literatura, toda nuestra escritura está hecha con el agua de los afluentes del Amazonas, el río más grandioso del planeta. El poeta Arnaldo Mejía Méndez, también de esa región, escribió un haiku al respecto:“Eres mi río/palabra tras palabra/ bañas mis poemas”. Es tan intensa la relación, que los poetas nacidos en este espacio geográfico, tenemos con el río que, hace una década, compilé una antología titulada La poética de las aguas, en la que el denominador común era la corriente de agua dulce.

En América, el cronista-poeta Juan de Castellanos (Alanís, Sevilla, 9 de marzo de 1522 – Santiago de Tunja, Colombia, 27 de noviembre de 1607), escribió un monumental poema titulado Las Elegías de varones ilustres de Indias e Historia del Nuevo Reino de Granada. En el que, a manera de versos de la época, va narrando en épica escrita todo lo que veía, para él los ríos era las rutas para seguir buscando los tesoros imaginados en el Nuevo mundo. Acerca del río Magdalena, en un breve ensayo titulado Noticia de América en la Crónica   rimada    de    Juan de   Castellanos, Román López Tamés, anota una estrofa: “el Magdalena los indios se fueron extenuando por los caminos de Onda y Mariquita. La fatiga “ha consumido toda la grandeza / que restaba de aquellos remadores”, “donde un remero   y otro queda muerto / subiendo tanto tiempo por el río[1]«

Generosos, como siempre lo fueron, los ríos siguen cruzando nuestra Tierra, pensando en ellos y en los habitantes del país de las aguas, la patria de los Moxos, mi patria de nacimiento, para quienes el río era la razón de su existencia, me embarqué en esta nave que recorre las venas del mundo entero, incluido el universo y sus aledaños. Durante el gran tiempo, el tiempo de la creación para los pueblos indígenas de la Amazonía continental, que poseían una fantástica memoria oral, algunos como productos de un complejo entramado cosmogónico y otros como simples explicaciones de lo milagroso.

Los ríos voladores

En el cielo, como en la tierra, también fluyen ríos, visibles para los que quieran verlos. Hace algunos años me encontré con la explicación de un fenómeno natural que me pareció poético, la investigación explicó la magia de mi infancia sin quitarle lo prodigioso de su esencia, se trata de los «ríos voladores»: “Así se conoce popularmente a los flujos aéreos masivos de agua en forma de vapor que vienen del océano Atlántico tropical y son alimentados por la humedad que evapora de la Amazonía. Se encuentran a una altura de hasta dos kilómetros y pueden transportar más agua que el Amazonas. Estos ríos de humedad atmosférica, que cruzan la atmósfera velozmente sobre el largo Amazonas hasta encontrarse con los Andes causan lluvias a más de 3.000 kilómetros de distancia, en el sur de Brasil, Uruguay, Paraguay y el norte de Argentina y son vitales para la producción agrícola y la vida de millones de personas en América Latina”.[2]

Cuando afirmo que no le quitó la magia es porque recordé que, durante mi infancia, en mi pueblo, Santa Ana del Yacuma, con las grandes lluvias caían peces y anguilas eléctricas del cielo y uno podía pescarlos en la zanja de la calle o en algún pozo de nuestros patios. Esos peces, para mí, navegaban en los ríos del cielo y caían cuando el agua, que fluía arriba de las montañas, los valles y las llanuras, se volvía lluvia. Fenómeno que ya está testimoniado en varios lugares del mundo[3], cuyas explicaciones científicas aún son discutibles, prefiero la sobrenaturales que dan cuenta del mundo del cielo, esa otra realidad que navega sutil entre nuestros días. Recuerdo que, en cierta ocasión, siendo yo un niño asombrado por las sorpresas cotidianas, duendes y animales fantásticos, llovía tanto, pero tanto, que pensé que caería alguna sirena y me quedé esperándola para rascarle las aletas de su cola, aún la sigo esperando.

Volvamos a los ríos voladores o ríos del cielo como los llamé en algún poema, lo expertos afirman que incluso pueden volar a grandes velocidades: «Cuando un río volador se encuentra con los Andes, adquiere una velocidad mayor en su núcleo que constituye un low level jet, un chorro de nivel bajo, que es el que transporta mayor cantidad de humedad más rápido». Su importancia para nuestra sobrevivencia es fundamental y lo sabían y lo saben los pueblos indígenas de este territorio de bosques húmedos, altos árboles, fabulosos animales y fantástica flora.

Informes de científicos confirman que sin los ríos del cielo sería imposible la existencia de los ríos de la tierra, se complementan y se completan. En un artículo titulado Los “ríos voladores” de la Amazonía, Alan Forsberg, geógrafo que estudia y enseña cambio climático desde hace tres décadas aporta: “Los científicos han descubierto recientemente que una combinación de una «bomba biótica de humedad» y «ríos voladores» de la selva amazónica trae lluvias a Bolivia. A menudo se dice que la selva amazónica es el «pulmón del planeta», pero este bosque también funciona como el «corazón de la madre tierra» bombeando humedad del océano hacia el interior del continente y alimentando el gran sistema cardiovascular de los ríos, tanto terrestres (las venas) como atmosféricos (las arterias). Este corazón sólo hace eso gracias a la cubierta forestal casi continua desde la costa hasta el interior del continente. Así el bosque sirve como un acueducto hasta los Andes y mucho más allá. Es por ello que la deforestación constante en las tierras bajas del Oriente sería muy imprudente. Se necesita el bosque natural de la Amazonía para llevar el aire húmedo a los Andes y traer la lluvia. Si esta selva esté dañada y destruida, las arterias de los ríos voladores serán cortadas y el corazón de la madre tierra se romperá”[4].

Algunas deidades que cuidan el agua y los ríos

En las últimas décadas se ha fortalecido una corriente ecológica que busca preservar y conservar la naturaleza, para evitar mayores daños a nuestro planeta producto del cambio climático y otras aberraciones inhumanas. Las acciones de defensa también han fluido hacia la memoria colectiva de nuestros pueblos indígenas y sus cosmogonías, pobladas de seres mágicos que defienden la naturaleza. En Bolivia tenemos al jichi. Para los chiquitanos, de Bolivia, Ishi-tuursh, deidad del agua, que tiene el encargo divino de cuidar que las lagunas no se sequen y proteger a los peces. Si alguien lo mata, la laguna se seca inmediatamente como por arte de magia, dejando una mortandad de peces en el piso todavía húmedo. El Jichi es una inmensa serpiente o un dragón amazónico, genio tutelar, es un ser esencial en la cosmovisión animista de los pueblos orientales de Bolivia; su nombre glorifica la naturaleza.

Abuela Grillo. en el tiempo primigenio, cuando los animales y los hombres se confundían en las selvas y las pampas, apareció, entre el pueblo Ayoreo, la Abuela Grillo. De ella se dice que era la creadora de las lluvias y por donde pasaba nacían ríos, arroyos y lagunas y el agua fecundaba la tierra. Pero, sucedía que, a veces, la Abuela se descuidaba o se dormía y llovía en exceso provocando inundaciones que hacían enojar a las comunidades ayoreas que expulsaban a la Abuela de sus parajes. Un día la Abuela desapareció hasta que llegó la gran sequía y los ayoreos tuvieron que convocarla para que los visite nuevamente e hiciera llover, haciendo que la tierra vuelva a producir y los animales vuelvan a procrear. Entre la etnia Gwarayu, Abuelo es el nombre con el que se conoce al hacedor del mundo.

Yemayá o Jemanjá. Es la Orisha (divinidad) de la fertilidad en la religión yoruba de Nigeria. Originalmente está asociada con los ríos, el mar y en general con cualquier cuerpo de agua, además también la consideraban como un símbolo de fertilidad y maternidad. Su adoración llegó al continente americano en la época del tráfico de esclavos africanos[5]”.

¿El fin de los ríos?

Hoy, tercer mileno, los políticos, del mundo en general y de Latinoamérica en particular, se han olvidado de las corrientes de aguas dulces naturales que desembocan en arroyos, lagos, sabanas, humedales, y finalmente en el mar; solo les importa los de negro asfalto, este olvido nos cuesta el incesante deterioro en la calidad de vida; estamos destruyendo ecosistemas, paisajes increíbles, la biodiversidad es una estadística del pasado; la contaminación de los ríos crea enfermedades, pobreza y desplazamiento de innumerables grupos humanos;  en mi país, Bolivia, se han olvidado que por los ríos de la Cuenca amazónica y de la Cuenca del Río de la Plata también se hizo la patria.

Los que alguna vez nos bañamos en un río sabemos que lo que dijo Heráclito no solamente es cierto, sino que, es probable, que ya no lo volvamos a hacer si los gobiernos del mundo entero no hacen algo urgente para proteger estas inmensas serpientes de agua que bailan en las geografías continentales; estamos a tiempo de detener la contaminación que a la que los sometemos, tanto a los de la tierra como a los del cielo, por polución, por desechos químicos y aguas residuales, entre otros males provocados por nuestra desidia y ambición desmedidas.

No creo que sea el fin de los ríos porque ellos saben defenderse, la naturaleza puede ser cruel en su sabiduría de sobrevivencia, se le llama “fenómenos naturales”. Menos mal que existen instituciones como la Alianza nacional de ríos y cuencas de Costa Rica que, también, toman a la literatura para crear conciencia de la necesidad de preservar nuestros ríos:  https://www.riosycuencas.com/publicaciones/12371

Poetas y ríos, POEMA/RÍOS

Los ríos de la tierra nacen de las aguas de las lluvias, de las altas montañas, de manantiales y de lugares misteriosos como el alma humana. Ahora crucemos el río y vamos a la orilla de los versos, para no olvidarlos, para llevarlos en nuestros ojos, nuestra mente y nuestra piel, he seleccionado algunos poemas y/o fragmentos de poema/ríos:

Agua, Gabriela Mistral, Chile:

(Fragmento)

Hay países que yo recuerdo

como recuerdo mis infancias.

Son países de mar o río,

de pastales, de vegas y aguas.

Aldea mía sobre el Ródano,

rendida en río y en cigarras.

Romance del Duero, Gerardo Diego, España:

(Fragmento)

Río Duero, río Duero,

nadie a estar contigo baja,

ya nadie quiere atender

tu eterna estrofa olvidada,

sino los enamorados

que preguntan por sus almas

y siembran en tus espumas

palabras de amor, palabras.

Baladilla de los tres ríos, Federico García Lorca, España:

(Fragmentos)

El río Guadalquivir

va entre naranjos y olivos.

Los dos ríos de Granada

bajan de la nieve al trigo.

¡Ay, amor

que se fue y no vino!

Son los ríos, Jorge Luis Borges, Argentina:

Somos el tiempo. Somos la famosa

parábola de Heráclito el oscuro.

Somos el agua, no el diamante duro,

la que se pierde, no la que reposa.

Somos el río y somos aquel griego

que se mira en el río. Su reflejo

cambia en el agua del cambiante espejo,

en el cristal que cambia como el fuego.

Somos el vano río prefijado,

rumbo a su mar. La sombra lo ha cercado.

Todo nos dijo adiós, todo se aleja.

La memoria no acuña su moneda.

Y sin embargo hay algo que se queda

y sin embargo hay algo que se queja.

Poema 25, Mary Monje Landívar, Bolivia:

(Fragmentos)

Levántate ¡Vamos!

Dejaré en el río

la huella de tus besos

para que algo nuestro

platique eternamente.

La noche se baña en la ribera

y junto con el agua me alejaré cantando.

En el río

Lavaré el cansancio de tus brazos

y el triste color de mis ojeras.

El río, Javier Heraud, Perú:

(Fragmentos)

2

Yo soy un río

un río

un río

cristalino en la

mañana.

A veces soy

tierno y

bondadoso. Me

deslizo suavemente

por los valles fértiles,

doy de beber miles de veces

al ganado, a la gente dócil.

Los niños se me acercan de

día,

y

de noche trémulos amantes

apoyan sus ojos en los míos,

y hunden sus brazos

en la oscura claridad

de mis aguas fantasmales.

Amazonas, De Canto General, Pablo Neruda, Chile:

 (Fragmentos)

Amazonas,

capital de las sílabas del agua,

padre patriarca, eres

la eternidad secreta

de las fecundaciones,

te caen ríos como aves, te cubren

los pistilos color de incendio,

los grandes troncos muertos te pueblan de perfume,

la luna no te puede vigilar ni medirte.

Eres cargado con esperma verde

como un árbol nupcial, eres plateado

por la primavera salvaje,

eres enrojecido de maderas,

azul entre la luna de las piedras,

vestido de vapor ferruginoso,

lento como un camino de planeta.

Ser un río sin peces, Rosario Castellanos, México:

(Fragmentos)

Ser de río sin peces, esto he sido.

Y revestida voy de espuma y hielo.

Ahogado y roto llevo todo el cielo

y el árbol se me entrega malherido.

A dos orillas del dolor uncido

va mi caudal a un mar de desconsuelo.

La garza de su estero es alto vuelo

y adiós y breve sol desvanecido.

Rescate, de Alejandra Pizarnik, Argentina:

a Octavio Paz

Y es siempre el jardín de lilas del otro lado del río. Si el alma pregunta si queda lejos se le responderá: del otro lado del río, no éste sino aquél.

La creciente, Álvaro Mutis, Colombia:

(Fragmento)

Al amanecer crece el río, retumban en el alba los enormes troncos que vienen del páramo Sobre el lomo de las pardas aguas bajan naranjas maduras, terneros con la boca bestialmente abierta, techos pajizos, loros que chillan sacudidos bruscamente por los remolinos.

Si se nombra el río, Tallulah Flores, Colombia

(Fragmento)

No poseo absolutamente nada

que pueda igualarme a estos hombres hermosos

que asaltan ingenuos

la lengua oxidada del agua con sus cuerpos.

Los pescadores son ríos pequeños en el río

Geometrías tatuadas por la mugre de este siglo

que pasa y permanece en cada puerto,

en cada orilla coloreada por el agua:

un verde, un ocre, un rojo en la certeza

que sólo suelen dar las cosas vivas

y todo tan intacto.

Haiku, Matsuo Basho, Japón:

También mi nombre

se lo llevará el río

como a las hojas.

Haiku, Yosa Buson, Japón:

Qué felicidad,

cruzar este río en verano,

¡las sandalias en la mano!

El río y el Océano, Khalil Gibran, Líbano:

Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo, mira para atrás, para ver su recorrido, para ver las cumbres y las montañas, para ver el largo y sinuoso camino que abrió entre selvas y poblados; y ve frente a sí un océano tan extenso que entrar en él solo puede ser desaparecer para siempre. Pero no hay otra manera: el río no puede volver, nadie puede volver, volver atrás es imposible en la existencia. El río precisa arriesgarse y entrar en el océano. Al entrar, el miedo desaparecerá, porque en ese momento sabrá que no se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano…”

Oda al padre Yunga, Jorge Suárez, Bolivia

(Fragmento)

Te vi, de pronto, desde el mástil de oro

de un navío secreto. Solamente

mi corazón conserva este tesoro.

Yo el Capitán Azul, tú el Continente.

Bajo la paz del remontado cielo,

fue poblándose de águilas mi frente.

Todo fue entonces claridad y vuelo,

flamante rosa de la fantasía,

silabario sin fin del arroyuelo,

País-fanal, cuando eras todavía,

lejos de este extravío silencioso,

el único poema que leía.

Siddhartha, Hermann Hesse, Alemania:

(Fragmento)

¡Estás en decadencia!, se acusó a sí mismo, y seguidamente echóse a reír.

Al pronunciar estas palabras, miró al río, que también se deslizaba por una pendiente, siempre hacia abajo, sin dejar de estar alegre y de canturrear. Eso gustó a Siddhartha que sonrió amablemente al río. ¿No era el mismo río en el que había querido ahogarse, hacía ya tiempo, quizás unos cien años? ¿O tal vez lo soñó?

Y para concluir este artículo, acompañado con la voz melancólica del agua, los versos de Jorge Manrique que aclaran el propósito de nuestra existencia: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir».


[1] https://core.ac.uk/download/pdf/51385539.pdf

[2] https://www.bbc.com/mundo/noticias-41038097

[3] https://www.muyinteresante.es/naturaleza/preguntas-respuestas/por-que-se-produce-la-lluvia-de-peces-661490270130

[4] https://cambioclimatico-bolivia.org/index-cc.php?palabra=lluvia&cod_aporte=333#333

[5] https://www.iagua.es/noticias/conagua/deidades-mitologicas-agua

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