Las vidas no vividas

Hablaba el otro día con mi amiga Marta sobre el duelo por las vidas no vividas. Igual que Carrie Bradshaw se preguntaba dónde iría todo su amor tras una ruptura amorosa, nosotras pensábamos en dónde irían todas esas versiones de nosotras mismas que nunca se materializarían por, en su momento, haber dicho que no, por tener otra cosa o simplemente porque no pudieron ser. No siempre que se cierra una puerta se abre una ventana, a veces solo se abre un vinito y se llora. Más allá de ver esto como un síntoma del FoMO o incluso como un daño colateral de internet y su abrumador abanico de oportunidades, lo cierto es que ya en el 63, Sylvia Plath, lo explicaba mejor que nadie:

«Vi mi vida desplegándose ante mí, mi vida como las ramas de la higuera verde […] En la punta de cada rama, como un grueso higo morado, pendía un maravilloso futuro. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era una famosa poeta y otro higo era una brillante profesora y otro higo era Esther Greenwood, la extraordinaria editora […] Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ése árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, lo higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.»

Angustiante ¿eh? El fragmento es de “La campana de cristal” su última y única novela que, para muchos, supuso la despedida final de la autora antes de meter la cabeza en el horno. Si bien es cierto que en su vida personal ella fue capaz de combinar varios de los higos: el de la famosa poeta, el de los hijos, el del hogar feliz (puede, por un tiempo) lo cierto es que, al final, siempre hay que elegir. Especialmente si eres mujer y más si vives en los años cincuenta, pero también ahora en nuestros “felices” 20.

El problema no es en sí mismo la imposibilidad de abarcar todas las opciones posibles en una sola vida que, siendo optimistas, bien te dejará desarrollar un par de objetivos existenciales. El problema, creo, es que no hay espacio para llorar por aquello que nunca seremos. Se nos niega el duelo porque llorar no es productivo, porque en “abrir un vinito y llorar” solo la compra del vinito genera beneficio. Y no solo eso. Se nos niega el duelo y se nos señala con el dedo por no haber encontrado “El Objetivo” así con mayúsculas. El fin último de nuestra existencia gracias al cual podremos desarrollarnos como seres humanos y que se encuentra, para sorpresa de nadie, en el trabajo.

En su brillante ensayo “No seas tú mismo: Apuntes sobre una generación fatigada” Eudald Espluga desarrolla toda una teoría en torno a cómo el capitalismo ha encontrado en el autoperfeccionamiento de sí, el culmen de la frase “el trabajo dignifica”. Ya no es solo que dignifique, sino que nos edifica, nos construye como personas. Así vemos por ejemplo cómo en los perfiles de redes sociales, porfolios de nuestra existencia digital, se anuncia en la biografía: “periodista, profesor, arquitecto”. Dime a qué te dedicas y te diré quién eres. Dime qué haces con tu tiempo libre y te diré cómo lo perfeccionas.

Pero elige.

Elige ser ser UNA cosa.

Y después de elegirla, dirige todos tus esfuerzos a hacer que se cumpla. ¿Y qué hay de ti? ¿Cuál es tu sueño americano? Me acuerdo de uno de los videos de Eva Porto, influencer de RRHH en Instagram, ejemplificando cómo mejorar tu currículum: “¿Limpiabas mesas? ¿O garantizabas la correcta salubridad del espacio de trabajo facilitando una experiencia óptima para el consumidor?” La misma lógica laboral se aplica a los hábitos humanos: “¿Duermes 8 horas? ¿O aprovechas el descanso nocturno monitorizándolo a través de tu smartwatch para mejorar tu rendimiento durante el día?” Es, francamente, aterrador. Y también muy cansado.

En su último artículo “Buscando semáforos en un CAPTCHA” la periodista Anna Pacheco plantea el duelo por las vidas perdidas como un “impulso narcisista y burgués”, seguramente lo sea. Ahora bien, el ideal igual estaría en que todo el mundo tuviese el tiempo y la capacidad material como para pararse a pensar en hacia dónde va la propia vida, en las oportunidades perdidas y en las ganadas. Que al final estábamos tan paralizados por tomar la decisión correcta que no nos dimos cuenta de que, en realidad, estaba siendo una decisión forzada.

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