The Lost Daughter

Qué poco se presta a la crítica esta película, que casi parece que no le puedes decir nada malo, que es como una amiga que se porta mal y a la que no le quieres decir nada malo, porque eso es juzgar, porque ya bastante jodido lo tenemos como para encima andarnos juzgando, también en el arte. Quiero plantear esto un poco como el tren de pensamiento que tienes en una situación muy desagradable que es desagradable aposta. Sentirte bien por sentirte mal. Como llorar en un funeral. The lost daughter es como la mujer desnuda del Festival de Cannes. Le miras las tetas manchadas de bandera de Ucrania y la sangre en la entrepierna y piensas: mira, esto es importante y piensas: mira qué vergüenza, pero qué vergüenza aún peor no estar haciendo nada. El otro día hablaba con mi jefa, que es la madre de los niños que cuido, sobre las ganas que tenía de estamparle la cabeza a su hijo contra el suelo. Dos días más tarde me contaba que no sé qué señora se había muerto y que qué pena, que qué iban a hacer ahora su marido y su hija enferma y su hijo sin dinero. Hay una escena de Come, reza, ama en la que Julia Roberts intenta encontrar su palabra entre «hija», «esposa» y «novia». Qué terror. Pero qué terror aún más terrorífico cuando la palabra es «madre». Para los japoneses, las cosas no existen sino en relación con el entorno. El individuo no existe porque siempre es un conjunto de relaciones. Pero si tu palabra es madre, esto es literal. El sujeto en cuestión no existe si no lo alimentas, se muere de inanición, se lo traga la tierra.  Si hubiese que metacategorizar el cine de nuevo, yo fusionaría el género «películas de madres» con el de «aliens». Y fusionaría también el género de «películas sobre hombres que triunfan en la vida» con el de «madres que abandonan a sus hijos». Solo para ver cómo molesta el individualismo ególatra cuando lo protagoniza una mujer.

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