“La Cenicienta de los zuecos de goma”

Acababa de salir de las tinieblas, o como ella decía, del reino de Mordor. Porque tras tenebrosos meses, por fin había podido ver la luz. Regresar a la vida, después de un accidente de moto que por poco se la lleva, en instantes, a la otra.

Sus pasos todavía no eran firmes, porque los músculos no se habían recuperado, al igual que los huesos, que le crujían como los de una anciana a pesar de sus diecinueve. Pero la recuperación de músculos y huesos no era lo que a Violeta le había sanado el alma; eran sus ojos.  Concatenadas operaciones, para poder volver a ver con ellos.

Aunque lo hiciera con unas gafas atiborradas de filtros, en aquella mañana en la que caminaba pausada al borde el mar, mientras su corazón corría con la misma alegría que un niño hacia el recreo.

La primavera avanzada permitía los baños de sol y de sal, pero Violeta hubiera preferido una capa compacta de nubes grises, que como guardia pretoriana, impidiera traspasar aquellos rayos luminosos verdaderamente abrasadores, para sus renacidos ojos. Que además de con gafas, protegía con una interminable rayada pamela al más puro estilo monegasco, y que protestaba porque el resto de su indumentaria consistente en playeras y chándal; abochornaba su intrínseco glamour

El móvil sonó y aparecieron cuatro letras borrosas en la pantalla, que compusieron la palabra Toni. Y Violeta dejó que sonara, y sonara; hasta que se cansara.

Sintió dolor, que se impuso al de sus huesos y que se coronó en el pódium de los dolores. Suele hacerlo cuando proviene del amor, o más precisamente expresado; del desamor.

Cuando se comprueba que, en un tiempo pasado, se ha entregado el corazón a un cerdo. Y eso era lo único que veía con claridad, el desperdicio de sus más puros y sinceros sentimientos. El desperdicio de su feminidad, de su cuerpo; pero sobre todo de sus sueños. Así que ahora al cúmulo de sus dolencias, añadía la de la incredulidad hacia el sexo masculino, que entendía en aquellos momentos sería crónica; se convertiría en perpetua.

Esperaba que, tras más de una docena de llamadas, se diera de una vez por aludido y no volviera a molestarla. Mas temía que ante su silencio y conociéndole, se presentara en su casa, llamara a la puerta, le contara alguna milonga a su madre, y al regresar se lo encontrara sentado en el sofá del salón.

Le había apercibido: “mamá por favor no le abras, que no quiero volver a verle ni a saber nada de él”. Pero Toni era un tipo muy listo y su madre una mujer muy tonta.

Cuánto había madurado en los últimos meses, por poner la reflexión en positivo. Ya que en su fuero interno Violeta pensaba, en la frescura, inocencia e ilusiones, que habían salido volando como ella lo hiciera, de la maldita moto.

De eso no iba a echarle la culpa a nadie. Consciente y libremente se había montado y Toni no podía conducir mejor, ni estar más pendiente; ni más sobrio. Pero el destino es tan imprevisible como caprichoso, y aquel sábado quiso darse una ducha. Densa, copiosa e interminable, que convirtió la carretera en una pista de patinaje. Y patinaron y patinaron hasta que perdieron el equilibrio y chocaron. Contra un guardarraíl y una señal de velocidad, que había colocado en el preciso punto un destino, que además de ducharse, también quería divertirse.

Cuán cruenta manera de hacerlo; y qué injusta. Porque Toni se recuperó en semanas y ella pronto llegaría al año y todavía no se recordaba. Y habría partes y lugares de los que para siempre se olvidaría.

La melena hubo de ser cortada, su sonrisa exhibía física cicatriz y sus inconmensurables piernas ahora ya nunca se mostraban. Sentía tal vergüenza por ellas, que incluso había sustituido sus minimalistas y lenceros camisones, por pijamas XXL, marca blanca de supermercado.

Y Violeta dejó de mirarse hacia adentro para hacerlo hacia afuera, completamente convencida de que sería reconfortante. No se equivocó. El griterío, las toallas, los perros corriendo y la cola en los helados. Eran inconfundibles pruebas de vida. De la vida más viva, que le rodeaba y que ahora en gran medida podía volver a disfrutar. Y la paladeó. Incluso con mayor deleite que su helado de fresa; el niño de los ojos acompasados. Unos ojos que abría exorbitadamente, al mismo tiempo que la boca. Cuánto le brillaban.

Pero Violeta no habría de volver a lo mismo, así que, en lugar de suspirar; inspiró, lo hizo con cuidado. Porque aunque no fuera cierto y estuvieran bien soldadas, sospechaba sus costillas de cristal, y temía que al atiborrar sus pulmones de aire, pudiera constreñirlas y hacerlas nuevamente estallar.

En la aspiración, atravesaron sus fosas nasales un sinfín de mezclados olores, pero sobre todos ellos; el puro salitre del mar.

Qué placer experimentó, tras tanto tiempo de ausencia. De haberse visto privada de su infinidad y de su penetrante y salino olor.

Qué placer experimentaba al lanzar su mirada, mucho más allá del ventanuco de cortinas de flores decoloradas por relavadas, con vistas al muro de mortero beige con gigantescos chorretones; formando parte de un diminuto y mugriento patio. Aquel patio; junto con su habitación desconchada, fueron toda su vida durante trescientos veintinueve días. Y su madre, y un móvil en el que se repetían hasta la saciedad los boleros del mexicano Luis Miguel; toda su compañía.

“Jornada de Puertas abiertas” se leía en un cartel plastificado que con letras rojas se había atado a una verja blanca. “Puertas abiertas” se repitió Violeta en silencio. “Pura ironía, o tal vez presagio”; pensó. Abiertas para ella también, que durante tanto tiempo las había tenido todas cerradas.

Siempre había sido muy discreta, contundente en su timidez, pero al parecer aquellos rasgos de su personalidad se habían quedado atrás. Arrojados a la basura junto con las vendas, los antisépticos, los antiinflamatorios, los antibióticos, los jarabes, los colirios, las inyecciones y las gasas. Junto con la montaña de minutos que jamás volverían pero que estaba decidida, sea como fuere, a recuperar.

Por eso ni tuvo miedo ni lo pensó dos veces. No sabía qué se encontraría ni de qué se trataría, pero era tan novedoso hallarse una puerta abierta. Y tan esperanzador.

Una esplanada encementada, muchachos yendo y viniendo. Embarcaciones. Estrechas y alargadas. Con velas o carentes de ellas. Violeta nada de nautica sabía. Su vida se había desarrollado en la otra orilla. En la de las casas recubiertas del humo de las chimeneas. Las desprovistas de ascensor. Con suelo de sintasol que crujía y cocinas de bombona de butano.

Un hogar de cincuenta metros muy modesto, pero que era el único al que podía aspirar la pensión de viudedad de su madre y su sueldo de cajera de sustitución, en la tienda de ultramarinos del barrio.

No era saltarse una barrera sino aprovechar la oportunidad.

Así que Violeta se dispuso a recoger la suya en forma de tríptico, que una amable asistente le entregó mientras le decía: “bienvenida al Club Nautico de Velas Blancas”. Aunque dejara para más tarde el análisis de la información recibida, porque Violeta hubo de pararse a contemplar la belleza de la chica de la cálida bienvenida. Esbelta como ella, pero de tez clara y dorados cabellos. Con una largura próxima a la cintura y que brillaba al contacto con el sol. De blanco con una palomita, destacando en el bolsillo izquierdo de su camiseta y en azul cielo, un barquito como logo con el nombre del club.

La chica se marchó y Violeta se quedó estática; observando. Cayó en la cuenta de que todo en su derredor era bonito y estaba ordenado. Los barquitos, los remos, las rampas de embarque; incluso las boyas de amarre. Todo impoluto. Sin pensarlo, lo comparó con otro muelle, el muelle por el que pasaba a diario. Que abrigaba otro tipo de barcos. De madera; más grandes, toscos y gruesos. Pintados y repintados. Un muelle llenito de algas y de gaviotas ansiosas, a la espera de su cena. Un muelle que olía siempre a combustible y a pescado, y que exhibía por todas partes redes desordenadas. En montones o extendidas. Para secarse o repararse.

“Difícil escoger entre ambos”; pensó. “Pero estéril dilema”; también pensó. Porque ni habría de hacerlo, ni además la vida se lo permitía. A uno de ellos pertenecía y en el otro solo estaba de visita.

Y Violeta quiso perderse; y se perdió entre aquel revuelo de muchachos y barcos. De padres dando besos y de monitores ofreciendo consejos.

De reojo se miró en los cristales de una especie de tienda de repuestos y accedió a las naves situadas frente a ella, que daban cobijo a las embarcaciones más pequeñas.

Pero sin darse cuenta Violeta se fue alejando del bullicio, para quedarse completamente a solas, recorriendo uno a uno los pantalanes. Descubriendo y escrutando minuciosamente todos los barquitos, para acabar sentándose en unas pequeñas y apartadas escaleras a descansar.

Le dolían las piernas y el agua que humedecía rítmicamente los escalones; le llamaba. Nunca en su vida anterior se lo hubiera permitido, pero la nueva Violeta no consideró una desfachatez desprenderse de sus playeras y de sus calcetines, y meter pies y piernas a remojo; previo remangar también su chándal.

El contacto con el agua fue extraordinariamente benefactor, tanto, que dejó a Violeta a un milímetro de obtener placer. Pero no queriendo separarse a dos, Violeta allí permaneció. Incluso quiso acompañar la instrumental melodía del agua al chocar contra las piedras, e inició una canción. Con más semejanza a murmullo y a susurro, porque de su antigua timidez arrojada al cubo de la basura, todavía quedaban rescoldos.

 Y Violeta internamente agradeció a la nube que se había interpuesto entre ella y el sol, un poco de descanso de radiación lumínica, porque a pesar de pamela y gafas atiborradas de filtros, todavía se sentía medio murciélago medio vampiro.

Y entonces la nube le habló ¿necesitas algo? le dijo; y lo hizo en un tono y timbre tan celestial, que Violeta pensó que algún ángel se había despistado mientras volaba, yendo a parar a aquel solitario embarcadero.

Con guiños, dirigió su mirada hacia el foco de donde salía la voz, encontrándose con un hombre. Un castillo de hombre, a juzgar por su corpulencia, musculatura y altura. Un hombre que parecía un cisne por su cabellera blanca y que, sin duda para Violeta, estaba cercano a triplicar su edad.

Hablando de cercanías, el hombre se acercó, se agachó y nuevamente le formuló una pregunta ¿te apetece navegar?

La Violeta de hacía casi un año, hubiera antepuesto los sabios consejos de su madre “cuídate de los extraños”; antepuesto la razón, la timidez y la prudencia, pero la Violeta que remojaba sus pies en el agua, había aprendido que todas esas cosas no son sino retenedoras de vida. Una vida que se concede, como a un chiringuito la licencia en la playa, pero que a diferencia del chiringuito, dicha licencia puede ser revocada en cualquier momento.

Por eso, por toda la vida perdida y los sueños almacenados, las desilusiones sufridas, y la fantasía y la poesía, que aunque arrebatadas habrían de volver a renacer; Violeta asintió.

Lo hizo con el gesto, sin articular palabra y no hizo nada más; ni su ángel particular tampoco. Como si se entendieran en silencio. Como si hablaran sus silencios.

Y Violeta se mantuvo en el mismo lugar, mientras aquel hombre con voz celestial se desplazó unos metros. Hasta una pequeña embarcación biplaza de un rojo vibrante e intenso. Como suponía Violeta debía tener el color su corazón, que contra todo pronóstico, y barriendo de un plumazo los propósitos de no volver a tener sentimientos que no superaran amistad hacia ningún hombre; al parecer volvía a silbar la melodía del amor.

Y es que todo él dejaba estela. Su voz, su olor, su andar pausado y firme. Su corpulencia. La paz que transpiraba y que se expandía hacia todo lo que hacía y le rodeaba.

Y es que son muchas las veces que la vida nos sorprende, muchas para mal. Nos apena, nos condena, nos relega, nos preocupa y nos hace llorar. Pero hay otras en las que se vuelve generosa; con derroche. Sorpresiva; hasta lo inimaginable. Encantadora; como el sonido de la flauta mágica más afinada.

Con una cuerda atada a la quilla, el hombre fue arrastrando la cascara de nuez sofisticada, hasta el lugar en el que se encontraba Violeta, que le seguía con la mirada, aunque el resto de sus sentidos y a salvo su corazón; permanecían inmóviles. Tanto, que quien la observara desde lejos pudiera confundirla con una estatua. Una Sirenita ataviada con pamela y gafas.

Y el hombre-castillo, el ángel sin alas, llegó con su esbelta barca hasta Violeta, que sin poderlo evitar, notaba cómo palpitaba con intensidad su corazón. “Atrevido, no seas rebelde, no me descubras, le apercibía; sin que el corazón diera muestras de obedecerle, sino que muy al contrario incrementaba su rebelión.

Y el hombre tendió su mano, a la que Violeta se agarró con fuerza, para abordar la escuálida embarcación sin perder el equilibrio y terminar cayéndose. Una mano que inspiraba confianza y protección. Todo lo que Violeta necesitaba. Tal vez, lo único que llevara necesitando desde que su padre muriera.

Lentamente, con muchísimo cuidado y con recurrentes dolores en los huesos, Violeta ocupó su minúsculo lugar en la plaza posterior, extendiendo sus piernas los centímetros que permitía el habitáculo. Había un lugar reservado para los pies. Sobre el que se anclaban una especie de zuecos de goma con agujeros y hebillas.

Y fue entonces, cuando el que antaño fuera hombre-castillo, ángel sin alas, se convirtió en el príncipe del cuento y ella en la Cenicienta más afortunada. Porque con la mayor de las naturalidades, su galán de ensueño se arrodilló, y clavando la rodilla en el hormigón del muelle, se inclinó para introducir cada uno de los pies de la nueva y repentina princesa Violeta, en aquellos zuecos, que ahora también lucían como los más espléndidos zapatitos de cristal.

Fue un momento mítico, épico e inolvidable. De un romántico romanticismo, que solo se vio alterado por el pensamiento práctico, coqueto, errático y extemporáneo de Violeta: “Tranquila, no te preocupes, que tienes los pies impecables. Te pintaste las uñas ayer”.

Hablaba el sol que ascendía en el horizonte, hablaba el agua al contacto con los remos. Hablaba su espalda fornida, su cuello grueso, su nuca blanca. Hablaba la deliciosa brisa. Hablaba sin descanso el corazón de Violeta; tanto tiempo enmudecido.

Pero no se separaban los labios. De ninguno de los dos. El barco escuálido se adentraba en el mar y el sol seguía ascendiendo. De mientras, el sentimiento profundizaba en Violeta; echaba raíces.

No hay quien detenga al amor, ni quien lo comprenda. No hay quién sepa, cómo puede llegar a prender ese fuego sin astillas, desatar esa tormenta sin viento ni lluvia. Conseguir ese morir, en la más extraordinaria y dulce plenitud del vivir.

Nunca pudo calcular Violeta el tiempo real del trayecto, porque no pueden medirse los sueños. Fue de igual manera un instante y una eternidad, hasta que la pompa de jabón se rompió, con tres palabras que sonaron melódicas, pero resultaron demoniacas: “tenemos que regresar”, él le dijo.

La vuelta fue totalmente diferente. Ya no tenían el sol de frente, y el cielo se cubrió de nubes. Refrescó, la brisa se intensificó y las olas no ayudaban a los remos a navegar. El corazón de Violeta se puso triste y gris; como las aguas que surcaban.

Mas seguirían sellados sus labios. Los de ambos. No se articuló palabra alguna durante toda la travesía, ni al arribar al pequeño muelle desde donde una vida antes, según el corazón de Violeta, habían partido.

Y la cuerda arremolinada en la piragua se convirtió en lazo y en soga. Porque acabó apretando el anclaje del muelle para acercar la embarcación y facilitar el descenso de aquel príncipe de cuento, del que irremediablemente Violeta se había enamorado. Un príncipe que de nuevo se arrodilló, para aflojar las hebillas de los zuecos de goma y para extraer los pies de Violeta.

Y nada pudo hacer esta vez Violeta para no estremecerse, para que al contacto con su mano, no llegara un estímulo nervioso y erótico desde el pie hasta su cerebro. Tampoco pudo hacer nada Violeta para no tiritar, cuando mano con mano se volvieron a agarrar, porque su príncipe de ensueño le ayudó a pisar tierra firme sin caerse. Mas nadie, absolutamente, pudo salvarla de zozobrar cuando se despidieron.

“Me llamo Alberto y ha sido un placer” le dijo, mientras Violeta trataba de sostenerse, debido al dolor de sus piernas y a la flaqueza de éstas ante el arreciar implacable del amor.

No pudo encontrar palabras, por escondidas y por el seísmo experimentado, y ninguna sonrisa halló decente. Aunque consideró un éxito no desplomarse y poder alejarse con la dignidad requerida, en lugar de echarse irremediablemente a sus brazos.

Ha pasado mucho tiempo. Su pelo ha crecido y Violeta vuelve a llevar minifalda; tiene un hijo haciendo cola en el puesto de los helados y un buen marido buscando un lugar para aparcar. Es feliz. Pero no hay día que al pasear junto a la verja blanca y ver los barquitos no se sienta su Cenicienta.

Y Alberto, marqués de Montehermoso; ya no navega. Pero desde su silla de ruedas dirige la mirada a través de la ventana, hacia las pequeñas escaleras, en donde una vez calzó a su princesa.

FIN

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