En la voz de Haruki Murakami

Debo reconocer que tengo un especial afecto por Japón, y ello se puede percibir en mi gusto por el haiku y la pintura zen. De hecho, he dedicado sendos poemas al país del Sol Naciente, por decirlo de alguna manera, sin haberlo conocido nunca.

Una mañana soleada de otoño, en la pequeña ciudad de Atlántida, me dispuse a buscar en la librería alguna novela o conjunto de relatos contemporáneos, temeroso ya de encontrarme con los consabidos paisajes europeos y decimonónicos que son parte de la cultura occidental.

Debo reconocer, muy a cuestas de mi ingratitud prosaica hacia la novela, que de un tiempo a esta parte me he embarcado en la poesía en lengua hispana, y no toqué ningún manuscrito relacionado a narrativa. ¡Hasta que llegó el genio de Haruki Murakami!. Y con él, hundí raíces en la narrativa contemporánea de carácter universal. Porque lo que Murakami narra son, entre otras, historias de un poeta amante del béisbol, un simio parlante que trabaja como masajista y un anciano que habla de un círculo con varios centros.

En efecto, su última obra traducida al español e intitulada “Primera Persona en Singular“, publicada por Tusquets Editores, es simplemente una de las más bellas colecciones de relatos jamás leídos por quien ahora escribe. Una apoteósica luz entre las tinieblas de la violencia, la fantasía pueril, o inclusive – porqué no decir – la consabida pluma de siglos anteriores.

La pasión e inusitado equilibrio entre la razón y la sinrazón, o para decirlo en otros términos, el carácter surrealista lleno de encantamiento del autor en sus relatos, despierta al lector insondables dudas y enigmas, pero también esperanzas profundas, y valores humanos de incalculable calado. Se trata, pues, de un volumen engendrado en el afán de soñar los laberintos musicales más recónditos como en Charlie Parker Plays Bossa Nova, o encontrar los vestigios de uno mismo bajo el título Flor y Nata.

Después de haber leído Flor y Nata extrañamente escuché un pajarillo en mi jardín. Me acerqué luego donde posaba el sol, y comprendí lo que mi espíritu dice y cree, ante los enigmas con que Murakami reflexiona. Increíblemente, luego de pensar en aquéllo, una nube gris posó sobre el sol y quedé en la sombra, todo lo cuál me hace presuponer al igual de Murakami que los centros del círculo están compuestos por nuestros deseos más cercanos o más remotos. En otros términos, por aquéllo que dicta el corazón.

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