El testigo anónimo

A los escritores, poetas y lectores, por siempre y para siempre

“Existen tantos átomos en una sola molécula de tu ADN como existen estrellas en una galaxia promedio. Somos, cada uno de nosotros, un pequeño universo”. Neil de Grasse Tyson

Desde el gran estruendo que generó el instante eterno que se amplificó en mundos, galaxias y constelaciones, siempre hubo alguien dando testimonio de la obra de los Hacedores, como consta en cada una de las más de mil religiones auténticas, ya sean las que tienen libros sagrados como la Biblia, el Corán, el Popol Vuh, la Torá, el Talmud, los Upanishad, el Bhagavad Gita, el Kojiki, el Zend-Avesta, el Granth Sahib y/o el Tipitaka, el libro fundacional del budismo theravada cuya traducción significa Cesto de Discursos (hermoso nombre que representa llevar bajo el brazo la palabra divina), incluso en las religiones animistas, de los pueblos indígenas, que recontaban sus cosmogonías de abuelos a nietos, existía alguien, sin nombre conocido, que, sin ser Dios, lo sabía todo.

Dios, que es uno y todos los dioses a la vez, necesitaba de un testigo para dar fe de su obra; el Formador, el que se creó a sí mismo, le concedió a ese espectador anónimo la potestad de la palabra, le dio la facultad de nominar la esencia del caos, para que su trabajo inaugural y sus quehaceres posteriores, instituyendo la ley cósmica de los Universos forjados por su omnipoder, fueran salvados del olvido y narrados por la eternidad en la memoria de la escritura; espectador privilegiado que, primero lo hizo oralmente, generación por generación, hasta que a algunos pueblos les fue dado el don de la escritura, entonces el Supremo nos legó los signos para interpretar los pensamientos, porque sabía que toda creación parte de la energía de la idea, Dios mismo es la Gran idea.

Ese ser incógnito, narrador de lo eventual y de lo permanente, que puede identificarse con el Gran alfarero, ser su voz y que, sin embargo, también puede hablar en nombre de lo que ve, expresar su propia voz y la de los protagonistas de la Creación; esa persona, semidiós o simple mortal, fue cronista de los celos y lujurias divinas, de las mundanas peleas entre dioses y estaba en el Paraíso cuando la Divinidad les dio el soplo de vida a Eva y Adán, hechos de barro, de maíz o paridos por el sol y la luna, con el tiempo se fue transformando en contador de los sucesos de la jornada, en el brujo que leía la ventura en el vuelo de las aves, que fascinaban a la tribu con el poder y la magia de sus palabras evocadoras, algunas recién inventadas, palabras fecundas que parieron otras; ser que miles de años después pudo pasar de la elocuencia de la oralidad ignota a la prodigiosa poeta Enheduanna, sacerdotisa acadia que vivió en el siglo XXIII antes de Jesús, el Cristo, y escribió, entre otras maravillas, las primeras alabanzas a las deidades usando la escritura cuneiforme en tablillas de arcilla; luego vendrían otros y otras escribas, siempre historiando, poetizando, enalteciendo el lenguaje como la mayor invención del ser humano, desmitificando su origen divino o exaltándolo, trasmutando de la devoción celestial a la devoción de la palabra o al fanatismo de ideologías y/o ídolos de elocuencia arrolladora.

Han pasado infinitas vueltas al sol, innumerables eclipses y ocasos, y ese alguien sigue contando la vida en el planeta, su evolución, sus catástrofes, sus grandes civilizaciones, relatando amores y desamores legendarios; así como evidenciando sus miserias, porque en esta vida y en la otra (¿quién sabe?) siempre habrá algo aguardando para que lo escribamos, porque el Universo, totalidad de espacio y tiempo, fue creado para ser escrito; el ser plural continúa escribiendo bajo distintos nombres, llámese Gilgamesh, Homero, Safo, Lao Tse, Matsuo Basho, Dante Alighieri, Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Rabindranath Tagore, Sor Juana Inés de la Cruz, Gabriel García Márquez, Alejandra Pizarnik, Adela Zamudio, Yolanda Bedregal o Fernando Pessoa, el bardo de Lisboa, que al ser muchos poetas a la vez es la confirmación de esa repetición atemporal, todos fueron y son el mismo cronista que estuvo en todas las creaciones y relató lo que escuchó y lo que vio: “Y dijo Dios…”.

Ese escritor fue el sacerdote que imaginó futuros apocalípticos y concibió profecías; fue el historiador que informó de ciudades convertidas en cenizas al paso de ejércitos que arrasaron pueblos en nombre de Dios, de cada uno de sus dioses, que persistieron en dar cuenta de urbes transmutadas en necrópolis después de inclementes bombardeos ordenados por hombres que se creyeron dioses; fue el primer bibliotecario de Alejandría, así como discípulo de Aristóteles que contradijo al maestro; fue el científico anotando sus hallazgos y el médico sus recetas; el dramaturgo narrando epopeyas domésticas, el periodista que va tras la noticia, el juglar cantando amores escandalosos; el escritor de discursos para políticos y el rebelde que confesó secretos inconfesables; la joven que escribe cartas de amor y las quema para evitar la represión de sus padres y el adolescente enamorado que firma sus cartas como “alguien que te quiere”, misivas escritas con honda emoción; el estudiante que se desvela escribiendo su tesis, aun sospechando que no servirá para nada; el místico que redacta sus imágenes oníricas y sus delirios esotéricos; el anciano que, antes de salir a la calle, hace un inventario de sus pérdidas, o el melancólico joven ilusionado con publicar su primer poemario; el ser humano que transformó en poemas las formas de la naturaleza y la materia de sus sueños; al que le fue dada la palabra y la hizo suya comiendo del árbol del bien y del mal y  le arrebató a los dioses las claves para descifrar los misterios de la Creación; el iconoclasta que hizo suya la palabra y la llevó más allá de la realidad y del conocimiento; el aeda que solo podía mirar a través de los versos y que fue Odiseo convertido en Nadie, que hizo del retorno a su hogar una leyenda inolvidable; del poeta que hizo de la poesía la historia íntima del Universo (recordemos poiesis que en griego es creación), del cuento la prolongación fantástica y evocativa de la realidad, de la novela la búsqueda de la esquiva condición humana y del ensayo la revelación de las leyes y de la razones del Universo y sus múltiples posibilidades, acaso otro de los nombres de la Divinidad.

Escritores que saben que los temas son y serán los mismos, que asumen el riesgo de escribirlos a su manera, porque saben que son parte de un destino colectivo. Testigos de la vida que transparentan las sombras de la Historia, en cuyas imágenes conocemos espacios geográficos nunca imaginados o conversamos con personajes entrañables que hicieron del libro su verdadera patria; escritores que se convierten en el tío de la familia que viene a contarnos fábulas, mentiras/reales que colman nuestra necesidad de vivir en la ficción.

Esos escritores que son todos y son ninguno, que son ese alguien que te susurra algo al oído y que nunca sabrás quien fue, son los que, nos acompañan a descubrir el ritmo del Infinito, porque como dice la poeta Maya Angelou: “Todo en el Universo tiene un ritmo, todo baila”; los escritores son los músicos del lenguaje cuyas composiciones nos hacen bailar en la sintonía de sus obras; esos filósofos que nos recomiendan que, cuando miremos el Universo, laberinto de constelaciones, lo hagamos con los ojos cerrados, porque el más asombroso de los multiversos está en nosotros mismos y se expande cuando amamos sin cálculos ni medida, cuando consagramos nuestras acciones a la humanidad y reconocemos que las estrellas están en nuestras manos, abiertas a la amistad; cuando lo hacemos, si lo hacemos, vamos encontrando nuestro ritmo interior para bailar con la comunidad.

Los escritores escriben desde siempre, porque son creadores, lo hicieron desde antes de inventar la escritura; ahora mismo, mientras usted lee, está presente el testigo de la Creación, el sin nombre, el narrador omnisciente, que escribe a través mío y a través de todas y todos los escritores; así fue desde el inicio del fuego inmemorial del origen, pasando por el invierno ancestral de la era del hielo y será así hasta que las primaveras dejen de florecer; porque los libros que ellos escriben/escribimos, son homenajes a aquellos que escribieron en la efímera arena, en las sombrías cavernas, en los muros secretos de las misteriosas pirámides, en los artísticos cántaros de barro cocido, en las delgadas cortezas de los árboles o en los suaves cuerpos de sus parejas; todos los escritos del mundo entero, de cualquier época, son apenas oraciones del interminable libro que el Universo, mientras continúa su expansión, compagina en el vacío del espacio, inconmensurable océano cósmico; la misma persona/alguien/nadie, arquetipo del escritor, que, en este preciso instante, del anno domini o año del Señor del 2022, es también usted que lee este texto, porque leer también es escribir, leemos y escribimos para ser, y cuando leemos un libro revivimos a todos los escritores, peregrinos de las geografías y errantes de las eras, que existieron y proyectamos a los que existirán por siempre jamás. Al abrir un libro cumplimos con nuestro destino de seres de palabras, pléroma de nuestra naturaleza humana.

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