El desafinado Canto a la Alegría

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Acabo de regresar de Oslo tras una jornada trágica, y mientras el resto de pasajeros dormitaba en el avión, yo reflexionaba sobre esa frase que a veces nos parece utópica y que dice: “no sabes lo que la vida te depara a la vuelta de la esquina”.

A mí me ha deparado un atentado terrorista, vivido casi en primera línea. Frente a mi hotel.  Una barbarie absolutamente insospechada, imprevisible e injustificable.

Horas antes, hacía cola para entrar en el Festival del Orgullo de la capital. A reventar. De gentes de todas partes del mundo. Plenas de alegría, enriquecedoras en diversidad y libertad; en colores. Un camino a seguir demostrando que cada uno hemos nacido para ser quienes somos y no un fantasma de nosotros mismos, atenazado por culturas, política, religión o tradición. Todavía hay quien no se ha dado cuenta, de que, si no podemos mirarnos en un espejo y reconocernos, no conseguiremos ser felices. Y de que el mundo sin personas felices, no puede avanzar ni construir nada bueno.

Desayunando en el hotel vi cómo se depositaban las primeras flores. Me conmocionaron los abrazos, las lágrimas y las muestras de dolor; todos sinceros. Y la esquina de llenó de gente, de policía y de periodistas. De manifiestos, y hasta de una pacífica y multitudinaria manifestación espontánea, que por motivos de seguridad fue disuelta, como también fue clausurado el Festival.

Con un incesante presentar de duelos y depositar flores, llegó la noche. Esa que no es tal por estas latitudes, durante un mes de junio en el que no oscurece. Velitas encendidas sustituyeron a las flores y se espaciaron las ofrendas y los rezos.

Y fue entonces cuando llegó el funeral más hermoso, porque toda la manzana se invadió con música. ABBA, Gloria Gaynor, Olivia Newton – John, y muchos otros.  Con estruendo, los decibelios salían de las ventanas de los edificios, mientras la gente y sus mejores galas, entraba por las puertas sin cesar. Nadie quería dormir, porque todos querían bailar, y al hacerlo, despedirse.

También se despedía el cielo esta mañana regando las flores. Llovía, cuando arrastraba mi maleta por la calle camino de la estación.

“Hemos de componer un nuevo himno a la alegría”; pensaba, en el que todos tengamos cabida. El que todos y todas, podamos por siempre cantar.

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Cristina Maruri

Fotógrafa y escritora. https://cristinamaruri.com/
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